La rifa del tigre

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Marcelino Perello 17/06/2014 01:43
La rifa del tigre

Este jueves se iniciará el reinado de Felipe VI de España. El nuevo monarca, el segundo con ese nombre en la línea sucesoria de los Borbones, será proclamado en medio de una atmósfera más crispada que solemne. Las cuatro manifestaciones republicanas convocadas para ese día en Madrid han sido terminantemente prohibidas y los  antimonárquicos han debido conformarse con un mitin en la emblemática, pero a todas luces exigua para tal circunstancia y propósito, Plaza del Sol. 

Realmente el reinado de Juan Carlos I termina de manera más bien triste. De manera precipitada y atropellada. Da un poco la sensación de naufragio. El alud de elogios y alabanzas “al hombre que hizo posible la transición a la democracia”, con la que es recibida su súbita abdicación, tanto en España misma como desde el mundo entero, no logran disimular el aprieto.

A pesar del momento sorpresivo y el modo intempestivo de anunciar la decisión de abandonar el trono, para los enterados y los analistas era, más que necesaria, obligatoria ya desde hacía unos dos años. Aunque el motivo oficial fue simplemente el de la “necesaria renovación” al frente del Estado, a nadie escapaba que la situación se había vuelto insostenible. Las dificultades y contratiempos, cada vez mayores, se acumularon de manera alarmante.

Los rumores sobre desavenencias muy serias con la reina Sofía se fueron abriendo camino y haciéndose públicas, primero en los círculos de la Corte y después más allá. El episodio de la cacería en Botswana, y la fotografía de su Majestad junto al elefante muerto y a la alemana viva, que alguien tuvo a bien —a mal— difundir, constituyeron más que un rasguño a la imagen, pública y privada, del soberano. Ese “me equivoqué” con el que se vio obligado a pedir disculpas, públicas y privadas, fue la señal inconfundible de que el desenlace era inevitable y cercano.

A ello se sumaron, inmediata y no sé si casualmente, una serie avasalladora de disgustos. Su salud física se deterioró de manera alarmante. Al mismo tiempo que heridas gravísimas se abrieron en el flanco pecuniario. Sobre las sospechas y acusaciones levantadas en su contra, de corrupción, abuso y malos manejos, cayó como una losa la información de que su fortuna personal ascendería a unos mil 800 millones de euros. La noticia —verídica o no, eso finalmente es lo de menos— recorrió las páginas de los principales rotativos del mundo, encabezados por Forbes y el mismísimo New York Times. Poco después, y sin tiempo para respirar, estallaron los cargos por fraude, al frente de la falsa empresa Noos, dirigidos a su propia hija, la infanta Cristina, y al esposo de ésta, Iñaki Urdangarin.

Sin embargo, los tres componentes que desencadenaron la debacle final fueron de orden menos personal y anecdótico. El primero, de carácter económico, es la terrible y persistente crisis que afecta al Estado español desde años atrás, que ha sumido en la miseria a un sector importantísimo de la sociedad, y que, a pesar de los discursos triunfalistas de Mariano Rajoy y su gabinete, no da signos confiables de remitir. La cifra de cinco millones de desempleados es abrumadora, insoslayable e insoportable.

Los otros dos factores son políticos, en la más dura acepción del término. La cuestión catalana se ha vuelto inmanejable. El auge inaudito del movimiento soberanista no da la impresión de poder ser absorbido. El referéndum del 9 de noviembre es imparable y la victoria de los independentistas se anuncia aplastante. Un relevo de la cabeza del Estado no suena ser un remedio ni bueno ni suficiente. Pero a todas luces es el único al que, parece, pueden y saben recurrir.

No obstante, el grano de arena que decanta la balanza y precipita la drástica resolución es la debacle electoral de los dos grandes partidos monárquicos, el PP y el PSOE, y el correspondiente y espectacular ascenso de los republicanos, en las recientes elecciones al Parlamento Europeo. Esperar más podría dificultar seriamente la sucesión e incluso periclitar el régimen monárquico mismo.

En estas condiciones, la investidura del nuevo monarca  se anuncia un tanto deslucida. No será coronado ni entronizado, sino simplemente  “proclamado”. Y no será en palacio o templo alguno, sino en el prosaico y plebeyo salón de plenos de las Cortes. Es decir, una como simple toma de posesión. Su padre, el rey saliente, no estará presente. Y decidieron que el coche en el que se trasladará a la Zarzuela, muy probablemente, sea cubierto. Y blindado.

Para atenuar resquemores aceptaron buscar opciones liberales limitando orquestaciones sobrecargadas, escogieron limarlas hasta obtener resultados no óptimos ni ideales mas ausentes de recursos escénicos superlativos. Vieron improcedente convocar a mandatarios extranjeros nobles o silvestres.

Imposible adivinar si tal investidura augura un reinado semejante, igualmente tenso, forzado y descafeinado. Pero el panorama para el joven Felipe no se presenta demasiado halagüeño. Ganar la rifa del tigre nunca es recomendable. Si los reyes, en las monarquías parlamentarias, son más bien ornamentales, yo no acabo de ver cómo cambiando el decorado conseguirán volver sostenible lo que, así desde lejos, se antoja insostenible.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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