Algo

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Marcelino Perello 10/06/2014 01:50
Algo

La fiesta se inicia. El gran circo está por abrir sus puertas. Como todo el mundo sabe, incluso aquellos que se esfuerzan en no saberlo, pasado mañana se inaugurará en el Estadio Arena de Sâo Paulo la vigésima edición del Campeonato Mundial de Futbol. A menos, claro, que a última hora la lona se derrumbe sobre la pista, eventualdad no por improbable imposible.

La cosa está que arde a pesar de que allá está por iniciarse el invierno austral. Dos días antes, mientras lee usted estas líneas, se estará inaugurando el Congreso de la FIFA, organizadora del evento, con la presencia de las 208 federaciones que la integran.

Tal es el clima, que la presidenta Dilma Rousseff no asistirá a la ceremonia de apertura de los trabajos del Congreso. Se trata de una ausencia rayana en el escándalo. El bollo no está para hornos. Por si fuera poco, los integrantes de la UEFA, es decir, los representantes europeos, presentarán una moción en la que se fijaría en 72 años la edad límite para ser elegido presidente de la FIFA. Se trata, a todas luces, de evitar que Joseph Blatter se postule en 2015 para su quinto mandato consecutivo al frente de la organización, pues entonces ya contaría con 78.

El káiser truena, en ambos sentidos de la palabra, y lanza llamaradas por los colmillos. “¡Quieren destruir a la FIFA!”, clama desesperado e indignado, mientras mueve todos los hilos a su alcance, que no son pocos, para asegurar los votos de sus incondicionales africanos y asiáticos. De manera que el miércoles, cuando se lleve a cabo la votación, se anuncia mucho más emocionante que el jueves —téngalo en cuenta, apasionado lector—, cuando en el estadio de al lado se inicien las patadas. Las otras patadas, mucho más inocuas.

Los mexicanos sabemos de corrupción. Que ni qué. Tenemos sobre esa materia amplia y larga experiencia. Se diría que difícilmente podrían sorprendernos y menos aún rebasarnos. Sin embargo, todo parece indicar que también en ese terreno saldremos perdiendo. Según el sociólogo y analista brasileño Jamil Chade, la FIFA es la institución más corrupta del mundo. En su propia y sombría escala de cloacas, del cero al diez, le otorga a la organización futbolística con sede en Zúrich una calificación de ocho. Las dos notas superiores, como en los temblores de tierra, son meramente hipotéticas.

Según el propio Chade, el número de operaciones secretas e irregulares, de pagos y cobranzas bajo la mesa que tienen lugar ahí es, aunque desconocido, enorme. La policía helvética ha detectado y penalizado un número considerable, pero aun así representa un porcentaje mínimo. Como mínimo es el número de operadores fraudulentos que han sido castigados. La mayoría, empezando por el propio capitoste, andan por ahí tan campantes. Ora sí que nada menos que los suizos nos ganan en trapacería; no sólo es pasmoso, es inadmisible. Eso ya calienta.

Hace 15 días, en este mismo espacio recordé, escandalizado, que la FIFA no paga impuestos. No los pagará en Brasil, pero tampoco en Suiza. Sus miliardarias ganancias están exentas de cualquier carga fiscal. Las razones de tan revoltante prerrogativa no deben preguntarse a la susodicha y privilegiada institución, sino a las autoridades de los países respectivos, que cada cuatro años le otorgan semejante gracia. Y es que el poder de Joseph I es inconcebible. Testigos presenciales relatan la deferencia abyecta  con la que personalidades políticas de la talla del mismísimo Bill Clinton, el Príncipe William o el Emir de Qatar, le han rogado les conceda, por el amor de Dios o de Alá, un Mundial.

En 2007, cuando Brasil presentó su candidatura para organizar la justa mundialista, el presidente de la Federación brasileña, Ricardo Teixeira, declaró que el Estado no gastaría un solo real en la modernización y construcción de nuevos estadios e infraestructura. Todo correría por cuenta de la generosa y sacrosanta iniciativa privada. Hoy, siete años después, el balance nos dice que, a la hora de la hora, de cada nueve reales invertidos, ocho han salido de las arcas del Estado brasileño. El balance del botín, no es preciso decirlo, será harto diferente.

El gobierno de Brasilia se convirtió de hecho en el patrocinador del evento. De fiador pasó a mecenas. Los acuerdos firmados con las compañías de toda índole involucradas constituyen verdaderos asaltos en despoblado. Se trata de engañifas en las que ni siquiera procuraron el decoro del disimulo. Desvergüenza entre alpina y tropical.

Primero incluyeron cláusulas herméticas amañadas, con artimañas consiguieron hallar alcahuetes y bloquear absolutamente todo escrutinio amenazador. Validaron incluso contratos apócrifos, mandaron incorporar en sus tarifas retroactivas el lucro logrado al tasar otros tantos alicientes laterales.

La fiesta se inicia. Y esta vez también pasará a la historia, no como la de hace 64 años. Pero ahora será diferente. Algo está sucediendo. 46% de la población del país más futbolero del mundo está en contra de que se celebre. Y, por primera vez en la ceremonia de inauguración del campeonato, no habrá discurso oficial. No se atreven. Algo está sucediendo.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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