FIFA S.A.

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Marcelino Perello 27/05/2014 00:31
FIFA  S.A.

Nunca he entendido el nombre de la FIFA. ¿Qué será eso de “Futbol Asociación”? Sin embargo, no sólo no entiendo ese acrónimo enigmático. Tampoco sé bien a bien lo que la propia FIFA es. Para algunos es una empresa, una máquina descomunal de hacer dinero. El corporativo multinacional y monopólico más grande del mundo, dejando atrás a las legendarias megaindustrias petroleras, automotrices o farmacéuticas, a las que otrora nadie les discutía el liderato.

Quienes así la ven y califican se equivocan. Es decir, digamos que no les falta razón, pero se quedan cortos. Sus argumentos y apreciaciones resultan parciales e insuficientes. La FIFA, más que internacional o multinacional, es una nación en sí misma. En muchos sentidos es un Estado, una especie de país extraño, sin lengua ni moneda propias y sin territorio definido. O más bien con el territorio diseminado por el planeta entero. En términos políticos, económicos y mediáticos la FIFA es un Estado muchísimo más poderoso que la gran mayoría de los que pueblan la Tierra.

El número de miembros —de alguna manera “confederados”— que lo conforman es de 208, muchísimos más que los que se agrupan en el COI y 15 más que en la ONU misma. Tiene sus propias leyes, por supuesto, y son ciertamente draconianas. Cuando entran en contradicción con las de algún otro país, son ellas, las de la FIFA, las que priman. Faltaba más.

Su régimen interno podría calificarse de “monarquía absolutista extrema parlamentaria” en la que incluso el propio sultán es elegido por ese sucedáneo de Asamblea de Representantes. Pero una vez investido, su palabra es ley indiscutible e indiscutida. Campea a su capricho por los dominios que le son propios y en no pocos de los que no lo son. A veces reúne en asamblea a sus califas y visires con tal de dar el consabido gatazo de las “decisiones democráticas”. A veces.

Su cohorte de aduladores es imbatible. Sólo piense, asombrado, divertido y escandalizado lector que de los más de 200 representantes nacionales, al menos 190 son incondicionales al monarca. Havelange o Blatter poseen más poder que cualquier otro mandatario del orbe. Jôao I, el Grande, fue el verdadero creador del Imperio, pero la potestad de Joseph I, el Magnífico, no conoce parangón. En sus dominios no se pone el Sol. Literalmente.

La manera de conservar y acrecentar su control es la de mantener bien cebados y satisfechos a sus acólitos. Para que se dé usted una idea, piense que Djibutí, Vanuatu o Macao tienen los mismos votos, es decir, los mismos derechos y atribuciones, que Alemania, Italia o el Reino Unido. Así que, con el menor pretexto, se organizan encuentros, convenciones o coloquios en tal o cual sofisticada y exclusiva estación balnearia o alpina. Los delegados de las Islas Caicos o de Timor Oriental son tratados a cuerpo de rey, alojados en hoteles y resorts con más estrellas que la Osa Mayor, rodeados de los más selectos caldos, opíparos manjares y vestales más opíparas aún. Así, a ver quién es el bueno que se les pone al brinco.

Las finanzas de la FIFA son un enigma mejor guardado que la receta del Kentucky. Ningún mortal conoce a ciencia cierta cuánto hay ni cómo se maneja. Se tiene únicamente una vaga idea de algunas cifras complementarias. Se sabe por ejemplo que su “caja chica”, repartida en varios bancos suizos, a nombre de beneficiarios distintos y fantasmagóricos, ronda los dos mil millones de euros. Y se sabe también que nada menos que 95% de sus ingresos proceden del jackpot cuadrianual de los mundiales. Nadie sabe ni aproximadamente cuánto se va a embolsar, por ejemplo este año, no tanto en Brasil sino sobre todo gracias a Brasil. Por cientos de conceptos y derechos diferentes.

En este punto preveo, sensato lector, que se llevará usted las manos a la cabeza. Procure no lastimarse. Pues lo que sí se sabe, escúcheme, es que por ley, por la propia y por la ajena, la FIFA no paga impuestos. Puesto que esto es increíble, le aconsejo que no me crea. De hecho ni yo mismo acabo de creérmelo.

El proyecto brasileño original nació deforme. La avaricia incontenible de Zurich se cruzó contranatura con el oportunismo enloquecido de Brasilia. Los intentos de moderar el vértigo inicial fracasaron estrepitosamente. Los primeros ensayos de rescatar del naufragio la aventura convocaron a un verdadero enjambre de zopilotes especuladores. Fue preciso reconsiderarlo todo.

Propusieron otra solución sin interferencias. La agenda anterior manejaba objetivos inmanejables necesitando tamaña estructura nunca seriamente alcanzable, así pues afinaron sus iniciativas omitiendo numerosos anteproyectos descomunales apresuradamente maquinados en negociaciones totalmente espurias. Los arreglos alcanzaron montos onerosísimos volviendo imposible concederles al menos el nivel tramposamente exigido.

El show más grande del mundo y de la historia está por comenzar en las esmeraldas y torturadas tierras del Gran Sertâo. El espectáculo sobre la grama cautivará a miles de millones. Pero el verdadero juego, mucho más sórdido, se dará en otra parte. El auténtico reino de la FIFA está fuera de las canchas.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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