La telaraña

El inconsciente no sabe de lógica y, por lo tanto, no la aplica.

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Marcelino Perello 21/05/2014 00:30
La telaraña

Que la condición humana es errática y contradictoria no es necesario argumentarlo. Salta a la vista y cada uno de nosotros tiene multitud de ejemplos a la mano, empezando por uno mismo, aunque nos empeñemos, tozudos, en negarlo. A final de cuentas, no obstante no nos queda otro remedio que rendirnos ante la evidencia. La actitud y la condición de hombres y mujeres no tiene nada que ver con la lógica. Se trata de dos dominios ajenos y distantes. Ya los griegos clásicos lo sabían perfectamente. ¡Qué no sabían! Ellos, que inventaron la lógica, también fueron los primeros en establecer la absurdidad e inconsistencia del espíritu humano.

Es el pensamiento mágico, místico y religioso, desde Santo Tomás hasta nuestros días, atravesando el interminable y sombrío túnel del Medioevo, el que pretende hacer coherente, a través de explicaciones sobrenaturales, lo que es incoherente por antonomasia. Habrían de pasar veinte siglos, ¡dos mil años íntegros!, antes de que, con la inaudita eclosión del Renacimiento, las antiguas verdades volvieran a salir a la superficie, y se refrendara la volubilidad inherente al sujeto. 

Hubo de transcurrir casi medio milenio más para que los forjadores del sicoanálisis, de la mano sabia sobre todo de Segismundo Freud y Jaime Lacan, sellaran de manera hermética y definitiva la gran certeza: el inconsciente no sabe de lógica y por lo tanto no la aplica. De ahí que el sujeto que lo posee, goza y padece, se vea irremisiblemente arrastrado por esa incongruencia capital y estructurante.

Ello es definitivo e indiscutible en los más convencionales de los comportamientos, pero se pone de relieve y se cargan las tintas en aquellos que rompen los esquemas considerados “normales” y estándar. Es el caso, entre otros, de aquellos que optan —si es que optan— por la homosexualidad. Su condición es harto ilustrativa e invita a considerarla y analizarla. Los primeros interesados en tal reflexión deberían ser obviamente los propios homosexuales, pero es común que se nieguen a emprenderla. Tal negativa, no por natural es menos sorprendente, y constituye todo un síntoma. A nadie nos es fácil escudriñarnos en el espejo, y ellos no son la excepción. Los espejos mienten. El único que decía la neta era el de la bruja de Blancanieves. La verdad es un cuento para niños.

Son varias las paradojas en las que se ven atrapados los gays, independientemente de su género de fábrica. Me referiré aquí únicamente al caso de los hombres, para facilitar el discurso, pero  mis disquisiciones podrían aplicarse de manera casi idéntica, es decir simétrica, al de las mujeres. Es preciso no perder de vista, sin embargo, que tal simetría tiene sus asegunes serios, y que tal como afirma la gran Simona de Buenver, las connotaciones y el
desequilibrio síquico y social que rigen las relaciones entre ambos sexos en el mundo buga no podían no proyectarse en el terreno de la homosexualidad.

Así pues, el primer problema irresoluble al que se enfrenta el gay es el de decidir si le gustan los hombres hombres, bien varoniles acá, o bien si los que lo atraen son otros homosexuales similares a él. En el primer caso se verá irremisiblemente condenado a la frustración, pues a los machines y machotes en principio no les gustan los gays. De ser así, el mantener relaciones eróticas y amorosas con otro homosexual no vendría a ser sino una especie de sucedáneo, de triste consolación. El amante se ve reducido a la condición de olisbos.

De todos modos es esta una situación que debe ser discutida con más cuidado y que abordaré en el siguiente capítulo de esta serie. Hoy sólo le adelanto que es relativamente común el caso del buga, bien respetable y straight él, que se permite mantener relaciones homosexuales de manera permanente y frecuente. Era la norma en la antigua Élade de la que hablo al principio y sigue siendo relativamente habitual en los países árabes de hoy. Incluso en México, la práctica del tan acendrado “albur” indica sin ambages que lo macho no quita lo meche. Sospecho que los “heteroflexibles” proliferan más de lo que aparentan. La discreción es sin duda una virtud, pero a menudo es también un engaño.

Sin embargo, la paradoja real es otra y se inscribe firme y directamente en el terreno de la ontología. Es una cuestión filosófica. Precisamente Lacan es el que sostiene que en un momento dado de su trayectoria vital, a menudo en la propia infancia, el sujeto lleva a cabo su “declaración de sexo”, es decir, elige uno de los dos géneros canónicos en los que se divide la mayoría de las especies animales superiores. En otras palabras, el individuo se enfrenta a una encrucijada. Y escoge. Pero entonces cabe plantearnos cómo encuadrar la disyuntiva de aquel niño al que le gustan tanto las mujeres que decide ser como ellas. Más allá, decide ser una de ellas.

Tal planteamiento nos conduce a la asombrosa conclusión de que es al gay al que más le gustan las mujeres. Lo cual contradice de manera flagrante y hasta escandalosa, diría yo, el esquema lógico. No obstante hay aquí un matiz que a lo mejor convierte este razonamiento en un sofisma. A lo mejor. Es cierto que al pequeño que le gustan mucho los bomberos es probable que le nazca el deseo de volverse uno de ellos. Algunos incluso lo lograrán. Pero eso no quiere decir que el niño al que le gustan con locura las hamburguesas desee convertirse en una Big Mac. Difícilmente lo lograría. Este complejo enredo tiene sin duda que ver con la dicotomía sujeto/objeto, y bajo qué categoría se instala el deseo y su destinatario.

En cualquier caso, es comprensible que tales aparentes absurdos produzcan una cierta crispación en las actitudes, conductas y relaciones entre sujetos de tal o cual opción sexual y entorpezcan la interacción armónica de unos con otros. Es vital e imprescindible una disposición recíproca generosa e inteligente, combatiendo los prejuicios fraguados a lo largo de los siglos.

Porque alcanzar la aceptación buscada requiere adoptar serenamente determinado estilo atrevido mostrando otra resolución, saber externar con razonable énfasis todas aquellas señales. Vivencias intensas conllevan además liberar ansiedades sin lastrar el encanto. Los afectos se vinculan inextricablemente volviéndose encajes.

Y tanto la consideración y ubicación del otro, como la estructura y la constelación del propio erotismo, deben establecerse y afirmar su lugar en medio de una extensa y pegajosa telaraña de sinsentidos.

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