Entre las patas

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Marcelino Perello 20/05/2014 01:30
Entre las patas

Este sábado se inauguró en el Zócalo de nuestra ciudad la “Feria de las Culturas Amigas”, en la que cada uno de los 86 países participantes expone aquello que considera representativo y de lo que en principio está orgulloso. Decir que se trata de una manifestación nacionalista es una obviedad de la que el mismo Pero Grullo se avergonzaría. Las naciones se afirman siempre unas frente a otras, y los valores nacionales se ensalzan al contrastarlos con los ajenos.

El dispositivo sicológico y sociológico del nacionalismo funciona gracias a la dicotomía entre “lo propio” y “lo ajeno”. Y el acercamiento entre ambos dominios no hace sino acentuar sus diferencias. De hecho, el adjetivo “amigas” en el nombre de la feria de marras no es sino un eufemismo para remitir a lo ajeno. Para ser amiga, una cultura debe ser otra, es decir, extranjera, es decir, extraña, con todas las implicaciones del caso.

Tales connotaciones se aplicarán, mil veces intensificadas, agigantadas y ensalzadas, dentro de unos días en los alrededores de lo que resta de la Amazonia, donde, como usted sabe bien, forofo lector, tendrá lugar un auténtico frenesí nacionalista. Será otra feria, pero esta vez de culturas enemigas, pues estarán ahí para enfrentarse, para derrotar las unas a las otras. Como quien dice, para humillarlas. Porque eso es, a pesar de todos los afeites, lo que está en juego en todas las competiciones.

Es recomendable no perder de vista que todo certamen deportivo no es otra cosa que una representación, una simulación de la guerra. De hecho, es bien sabido que es ahí donde, históricamente, tienen su origen. Incluso en el plácido y civilizado ajedrez se escenifica en realidad un combate a muerte. A pesar de todas las loas a la empatía y a la fraternidad, a nadie le pasa por alto que están ahí para partirse la madre. En principio, claro, es mejor hacerlo así, de manera metafórica y reglamentada —dizque inofensiva— que de a devis. En principio. Pues bien es sabido que luego una cosa lleva a la otra, alimenta a la otra. No deja de ser significativo que con frecuencia a las contiendas deportivas se les llame “encuentros”.

Aquí entre nos, lo que tendrá lugar en Brasil no es tanto una justa deportiva, como de política y mercadotecnia. Los aficionados se convierten en patriotas y clientes, y aman más a México y al Hyundai que al futbol. Si el adversario juega bien, joga bonito, no le da a uno ningún pinche gusto. Al contrario.

El amor “a los colores” es infinitamente más poderoso que el deleite que pueda provocar la plasticidad y la habilidad de los jugadores.

A pesar de los denuestos vehementes y permanentes en contra del nacionalismo, una observación mínimamente cuidadosa demostrará que siempre ha estado ahí y que su fuerza es imbatible. El sentimiento gregario de pertenencia y el instinto tribal de dominio y afirmación siguen siendo tan acendrados como en la prehistoria. En ese sentido, el progreso no ha conseguido eliminarlo, ni tan solo minarlo. Únicamente digamos que lo ha generalizado y sofisticado.

Déjeme mencionarle, como quien no quiere la cosa, dos ejemplos que ilustran de manera perfecta y sangrienta, diría yo, el poder incontenible del ímpetu nacionalista. Se trata de la historia de dos hombres que quisieron, cándida e infructuosamente, enfrentarlo, lo que los llevó a ambos al infortunio. Uno en el ámbito (casi) estrictamente político y el otro en el (casi) estrictamente deportivo.

Jean Jaurès fue un gran militante y teórico socialista, precursor del Partido Comunista Francés. En los meses que antecedieron el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, organizó una inflamada campaña en contra de la inminente conflagración, que en nombre del internacionalismo proletario enarbolaba la divisa: “Ciudadano francés, no levantes el fusil contra tus hermanos alemanes”. Es innecesario que le diga hasta qué punto la consigna fue un fracaso y franceses y teutones se lanzaron unos contra otros, en la más feroz de las carnicerías que recuerda la historia. El propio Jaurès fue asesinado por un esbirro ultra nacionalista tres días después de iniciada la guerra.

Avery Brundage fue presidente del COI durante 20 años y, como tal, luchó con denuedo por que en los Juegos Olímpicos se suprimieran los himnos, las banderas y todo asomo de manifestación nacionalista. Que los atletas compitieran a título personal y no “en representación” de sus países. Desde su posición privilegiada, maniobró lo más hábilmente que pudo para lograr su objetivo. Abrió el camino hacia la reformulación de la Carta de Principios y los Estatutos.

Preparó un proyecto indicando los aspectos más íntimamente arraigados, aceptando discutir otras redacciones antes de aprobarlos. Mientras impugnaba varias iniciativas maulas enfrentó con obstinación las mociones adversas, modificó el articulado gracias a sus atribuciones jamás alteradas.

Estuvo a punto de lograrlo. Pero los intereses ingentes, políticos y económicos a los que se enfrentaba acabaron venciéndolo y defenestrándolo. Avery Brundage murió poco después de su renuncia obligada, en la soledad y en la amargura.

Y es que, amigo mío, no es recomendable pararse frente a la estampida arrolladora de un tropel de caballos a galope tendido (que no desbocados). Se lo llevarán a uno entre las patas.

                *Matemático

                bruixa@gmail.com

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