Androfilia

La sublimación es un ardid no siempre satisfactorio y que no deja de tener costo.

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Marcelino Perello 07/05/2014 00:06
Androfilia

Formulemos la cuestión, así de entrada. ¿La homosexualidad, independientemente del género de origen, representa una dificultad en la vida del sujeto o no? El dilema remite a otro planteado desde la más antigua de las antigüedades: ¿Hasta qué punto la condición homosexual se sufre, es decir, se padece, o al contrario, constituye un grado añadido de libertad, y como tal es una fuente de goce adicional?

Se trata, no es necesario decirlo, de una disyuntiva en buena medida tramposa, pues evidentemente la respuesta, de existir, cosa que no es obvia, es móvil y escurridiza y se encuentra en algún lugar en medio de las dos alternativas. Sin duda tal contestación varía de una persona a otra y varía también de un momento a otro, de una etapa a otra, de una circunstancia a otra en la vida de cada uno.

Releguemos por insostenible y mojigata la tesis según la cual la homosexualidad sería un padecimiento. A menos, claro, que tuviera su origen en algún trastorno endocrino, caso que, sin dejar de existir en un porcentaje pequeño, de momento está fuera de la órbita de mi reflexión aquí y ahora. Así entonces la interrogante puede reducirse a la de si la homosexualidad complica o no la vida de quien la experimenta. Escojo el verbo con todo cuidado. En otras palabras: ¿la condición de gay es problemática?

Evidentemente no me refiero con esta última pregunta a las dificultades de orden familiar y social que el homosexual enfrenta. Éstas, a todas luces, existen y han existido a lo largo de milenios. No sé cuántos. Pero muy probablemente no desde siempre, pues es sabido que en civilizaciones antiguas, clásicas, se trataba de una condición “normal”, social y moralmente admitida con toda naturalidad, tanto en China como en la India, en el mundo musulmán o en Grecia y Roma, ignorar por ignorar, tampoco sé qué sucedía en ese dominio en las antiguas culturas indias de América.

Lo que sí sé es que con el advenimiento de la Edad Media en Europa y de sus sucedáneos en el resto del orbe, tales actitudes y conductas fueron drásticamente proscritas, perseguidas y anatemizadas. Muy recientemente, hoy, las cosas se han aligerado y al menos en el mundo llamado occidental, el ser “invertido” ya no constituye un tabú. Al menos no en la misma medida en que llegó a serlo hace apenas unos decenios. Se diría, incluso, que en determinados medios y círculos, al grito de “no lo vayamos a discriminar”, representa una ventaja. Un plus con el que el gay desenvuelto puede verse favorecido.

La problemática a la que se refiere mi pregunta dos párrafos más arriba y a la que tal vez debe hacer frente el homosexual es la problemática, íntima, síquica, y que remite a qué tantas complicaciones, dolores de cabeza y malestares se ve confrontado el sujeto en su fuero interno y en sus relaciones más estrechas, estrictamente amorosas. En definitiva, al margen de las connotaciones ajenas, ¿es una bronca ser gay? ¿qué tan a gusto está el homosexual consigo mismo?

La gran pregunta, pues, dejando de lado la retahíla de sandeces, es si la homosexualidad constituye un trastorno síquico, incubado desde la infancia (aunque a menudo sólo se manifieste mucho más tarde, en la edad adulta) como todos los trastornos síquicos, que tiene que ver con la constelación inconsciente del infante, y que se organiza en torno a su relación con los padres.

En ese caso la pulsión homosexual se inscribiría como una irregularidad síquica menor, junto a todo el conjunto de ismos, manías, filias y fobias que pueblan el abigarrado universo de la sexualidad humana y que en su momento fueron llamados “perversiones” (aun hoy, en ciertos sentidos y contextos, el término y el concepto que acarrea se encuentra en pleno vigor y vigencia). Tuvo que llegar el Gran Brujo, Sigmund Freud, para aclararnos que las mentadas perversiones no eran tales, sino que constituían una manifestación perfectamente natural, casi obligatoria, de la condición humana, en el proceso de integración mental y sexual del sujeto. Así, el fetichismo, la piromanía, el exhibicionismo, la gerontofilia, el sadomasoquismo o la capillofobia, y mil otras variantes de la sensibilidad y el afecto sexuales, fueron llamados por él “pulsiones parciales”.

Dichas tendencias se presentan siempre en la infancia con mayor o menor virulencia, y se disuelven, se mantienen o se acentúan a lo largo de la vida del sujeto. Frente a aquellas que entran en conflicto con los códigos morales o legales de la sociedad, la persona tiene tres opciones. La primera es la de asumirlas y hacerse cargo de las consecuencias de todo tipo. La segunda es reprimirlas y condenarse a la neurosis y sus síntomas, depresivos, histéricos, fóbicos u obsesivos. Consumidor de Prozac o carne de diván. O bien, la tercera, que es la buena, y que consiste en “disfrazar” o “reciclar” la maldita pulsión parcial, convirtiéndola en una práctica social, moral y legalmente aceptada e incluso encomiable. Así, el sádico se hará médico, el exhibicionista actor y el voyeurista-fisgón se hará detective. Usted piénsele, concernido lector. En todo caso, la sublimación es un ardid no siempre satisfactorio y que no deja de tener su costo.

Personas obsesivas que utilizan el recurso de este artificio manifiestan orientaciones rígidas. Vuelven indiscutible cada alternativa, manteniendo inflexibles determinadas actitudes moralmente apuntaladas. Muchos ansiópatas no obtienen gratificación alguna necesitando aporte de otros refuerzos adicionales. Visiones arcaicas manifiestamente insostenibles repudian el síntoma tornándolo oprobioso.

De esta manera, el que se erige en inquisidor, defensor de la moral y las buenas costumbres —de su moral y de sus buenas costumbres— y levanta piras purificadoras contra la pulsión parcial de la homosexualidad, lleva en el pecado su propia penitencia, y se debe ver a sí mismo como víctima de otra pulsión parcial: la de la homofobia, mucho más nociva y condenable.

Finalmente, extraviados en el intrincado laberinto del erotismo humano, quién quita y deberemos considerar que los gays de uno u otro sexo (concediendo que sólo sean dos) no son más que una jovial e inofensiva pandilla de andrófilos y ginófilas. Quién quita.

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