La serie brava

Una producción radicalmente novedosa, sin precedentes en la historia televisiva.

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Marcelino Perello 30/04/2014 00:00
La serie brava

La televisión nació para ser mala. Cuanto peor sea la televisión, mejor es. Las pantallas caseras han sido desde su aparición el reino del kitsch, el mal gusto y la trivialidad.

Al menos así había sido, salvo raras excepciones, hasta hace bien poco. Para las cosas bellas e interesantes existen otros espacios y otros canales: los libros, el cine, el teatro, las salas de conferencias y conciertos e incluso la radio. Fue el formidable y olvidado pensador Marshall Mc Luhan, quien acuñó el término mass media y sentenció “el medio es el mensaje”, y al hacerlo, de paso, sentenció a la televisión al más bajo de los niveles posibles de procedimientos comunicativos.

La idea del vertiginoso canadiense se resume en que una buena película, por ejemplo, “al pasar” de la pantalla del cine a la doméstica pierde las dos terceras partes de su intensidad. Lo mismo sucede con el texto de un libro, un periódico o de una mesa redonda. Las palabras podrán ser las mismas, pero su densidad y sentido habrán sido mellados, aunque el autor o los participantes sean los mismos. La televisión posee la propiedad de descafeinar todas las substancias que procesa y pasan a través de ella. Hay algo del orden de la estructura, del dispositivo, de la dinámica en todo eso. Algo de un desarrollo profundamente predeterminado.

Sin embargo, aquí y allá, muy de vez en cuando, han aparecido manantiales en el desierto, y para asombro de unos y desconcierto de otros, se han abierto paso, a través de la mierda, propuestas excepcionales, pequeñas, y no tan pequeñas, obras maestras. Flores del cieno.

Los habitantes de este torturado y contradictorio país tenemos hoy el privilegio de ser testigos de uno de esos raros fenómenos. Y los que, bien informados y advertidos o por simple y feliz casualidad, sintonizamos el Canal Once en el momento justo, hemos podido presenciar, incrédulos, una auténtica aurora boreal televisiva. La televisión cultural acostumbra a ser de güeva. En parte porque traiciona su vocación estupidizante original.

Entre otras cosas es por ello que tiene tan poca audiencia. Dicen que la mejor manera de cometer el crimen perfecto es lograr que lo transmita en directo el Canal Once. Se puede tener así la práctica certeza de que no se enterará nadie. Y dicen por ahí que al Canal 22 le pusieron así porque es el doble de aburrido que el 11. Tales ocurrencias no dejan de poseer una cierta dosis de acierto ácido y punzante, como todos los buenos chistes. En efecto, las mediciones de rating de las estaciones y canales permisionados, es decir, públicos o culturales, oscila entre el 1 y el 2% de la audiencia total. Tal cual.

Ello, no obstante, no deja de ser deplorable. Sobre todo si ocurre uno de estos jueves, a las once por el once. Ese día, a esa hora y en esa sintonía desde hace cuatro semanas se adueña de la señal una propuesta deslumbrante e insólita. Se trata de la miniserie Crónica de castas, producida y dirigida por esa figura inconfundible e incomparable de nuestro panorama escénico que es el gran Daniel Giménez Cacho al frente de un abigarrado, dinámico, competente y entusiasta conjunto, técnico y artístico, de cómplices. Desde Julieta Gallardo, autora del guión, el productor Andrés Solano o el fotógrafo Guillermo Granillo, hasta los actores, renombrados o novicios, Ángela Molina, Naian González Norvind o Martín, El Rajas, Camarillo. Todo un equipo, en el sentido estricto del término.

Se trata de una producción radicalmente novedosa, sin precedentes en la ya larga historia televisiva nacional. No es la menor de las primicias el encontrar a DGC, por primera vez en su carrera, en el papel de director. Y hacernos constatar, asombrados, la maestría y sensibilidad con la que este actor de élite se enfrenta y cumple con su nuevo desafío. El manejo impecable del lenguaje cinematográfico, propiamente dicho, puesto esta vez al servicio de la televisión, la belleza e intensidad de las secuencias, el ritmo preciso y apasionante con el que se desarrollan y atrapan al espectador absorto, no dejan translucir que se trata de un bautismo. Bautismo de luz ciertamente.

No obstante el mérito de esta aventura fílmica no se agota ahí. Como en toda obra artística, en cualquiera de sus expresiones, el elemento esencial que la juzga, evalúa y sitúa es el estilo. Y me atrevo a afirmar que el estilo, ese tan escurridizo elemento, valor y criterio definitorio y fundamental, es llevado a su máxima y más refinada expresión en Crónica de castas.

Y como sucede siempre con tal concepto, nos enfrentamos ahí a una desconcertante dicotomía. Se trata sin duda de un estilo propio, personal y como tal irrepetible, pero al mismo tiempo, al que quiero ver como la simiente de una tendencia y de un modo de hacer televisión en nuestro país. Si aparecen los seguidores y los apoyos necesarios, podremos estar asistiendo al surgimiento de una escuela propiamente mexicana de la mejor de las televisiones.

A todo ello es preciso añadir el ingrediente que hace de una obra artística una obra de arte. Y ese es la pasión, el pathos de los griegos clásicos. El amor y el compromiso con el que Giménez Cacho invierte en su proyecto lo tensan y permean. Estoy seguro de que habla mucho y le comunica a su gente tal vibración y los contamina. Y les transmite sus intenciones. Se percibe esa energía y comunión especial, sin duda. Pero ante sus actores no comenta otras sugerencias altamente seductoras. Varias inquietudes comienzan a nutrirlo originando proyectos atrevidos sin amortiguamiento. Ningún incauto podría adivinar sus audaces reincidencias artísticas jalonadas aún más asombrosamente sugestivas.

Crónica de castas es una historia de amor. Del romance que se forja, quién sabe cómo, entre Daniel y el barrio bravo de Tepito. Y que posee, como todo idilio, más de una faceta. De esa otra manifestación, de esa pasión tendré que hablar dentro de quince días. De momento, el jueves a las once por el once, esté usted donde debe estar, sibarita lector. Y no pierda de vista que, como en toda propuesta sincera y desgarrada, lo que Giménez Cacho dice de Tepito dice tanto de Tepito como de Giménez Cacho.

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