En algún lugar

¿Hasta qué punto la tan mentada, ensalzada y anhelada libertad existe?

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Marcelino Perello 23/04/2014 00:00
En algún lugar

El fenómeno homosexual plantea un dilema capital que concierne a todo el conjunto de hombres y mujeres de la especie, por encima y mucho más allá de sus opciones eróticas particulares.

La cuestión es inesquivable, y tiene que ver con los más profundos cimientos de la condición humana. De la condición animal, me atrevo a generalizar. Ha sido planteada tantas veces, a lo largo de los siglos y los milenios, que es ya un lugar común, una perogrullada. Ello no quiere decir que haya sido resuelta. Ni mucho menos. Más bien al contrario. De ahí la insistencia obsesiva de su aparición. Y la ansiedad, con vocación de angustia, que provoca. Esta interrogante puede formularse de la siguiente manera: ¿Hasta qué punto somos realmente dueños de nuestros actos? ¿Hasta qué punto la tan mentada, ensalzada y anhelada libertad existe?

Más allá de sesudos estudios filosóficos, basta leer las deliciosas monografías de Maurice Maeterlinck, o simplemente observar con cierto detenimiento el asombroso comportamiento de las comunidades de abejas u hormigas, para verse confrontado sin amortiguamiento con el enigma. ¿Los curiosos bichitos son en realidad inteligentes? ¿Toman decisiones? ¿Su organización perfecta y la impecable asignación de roles obedece a una forma, no por primitiva menos eficaz de conciencia? ¿Poseen acaso una cierta concepción del mundo, de la vida y de su lugar en ellos? ¿Es en función de ellos que optan, es decir, eligen cada uno de sus actos y su conducta en general?

¿O, al contrario, están predeterminados, vienen, por así decir, con el disco duro “preprogramado” y hacen lo que el código genético de conducta les impone, de manera automática, un poco al igual de los vegetales, que saben reverdecer, florecer y dar frutos como y cuando toca? ¿O, yendo aún más lejos —o más cerca, según como se mire—, al modo de las piedras que saben en qué dirección y a qué velocidad ir cuando las suelta o las arroja uno?

He ahí el intríngulis. El Homo sapiens sin duda viene al mundo con una serie de predeterminaciones grabadas en sus cadenas de aminoácidos y que le permite sobrevivir. Así, sabemos, si más no, llorar y mamar. El resto irá apareciendo por tres caminos distintos, en quién sabe qué porcentajes: un tercio se deberá al crecimiento orgánico, otro tercio a los procesos síquicos heredados y el último tercio al aprendizaje y a la impronta social y cultural.

El asunto peliagudo es determinar dónde quedan en ese esquema la conciencia y el libre albedrío. Como en tantas otras materias es a partir de la apreciación y estudio de casos particulares que puede uno acercarse a la comprensión, o al menos  a la delimitación, de la generalidad. Y es en este punto en el que el fenómeno gay representa un ejemplo precioso, un auténtico camino real en dirección a dilucidar el enigma. En otras palabras, no se trata aquí de considerar los atributos y condicionantes del ser humano para, de ahí, explicarse el lugar de los homosexuales, sino  exactamente al revés, y a partir de la constelación síquica y conductual de la homosexualidad situar las posibilidades y delimitaciones del enjambre humano en su conjunto. ¿Hasta qué punto, pues, el homosexual elige su condición o está constreñido a serlo? He ahí el nudo gordiano.

Desde esta perspectiva, resulta harto enriquecedora una aproximación, aunque sea somera, a la condena absurda de la que ha sido objeto la homosexualidad en numerosos tiempos y lugares del devenir social. Es preciso clausurar, de manera enérgica y terminante, por razones obvias, la visión obtusa, el prejuicio inane según el cual la homosexualidad no sería más que un “vicio”, una perversión. Una práctica “anormal” e inmoral. De entrada, postulo que lo único inmoral aquí es tan deplorable punto de vista.

Que ello no nos impida, sin embargo, considerar que quizás es precisamente la verdadera cacería de brujas  a la que ha llevado esa óptica, la marginación y persecución de la que han sido objeto los que, por una razón u otra, han optado por el lado soleado de la calle, las que nos acerquen a la comprensión del paradigma que representan y personifican. 

La mejor ilustración de la auténtica perversión que ha constituido históricamente este punto de vista y esta proscripción lo representa la moral llamada victoriana, hegemónica en el Reino Unido durante prácticamente todo el siglo XIX. No hay ejemplo más atroz de la ridícula mojigatería imperante, que el de la mismísima reina Victoria, ordenando que se confeccionaran para los banquetes del palacio manteles que llegaran hasta el suelo, de manera que no se vieran las patas de las mesas y pudieran despertar pensamientos lúbricos en los comensales, al recordarles las piernas de las mujeres. Tal cual. Aunque Ripley no lo crea.

No es de extrañarse, entonces, que la persecución de los homosexuales alcanzara los niveles escalofriantes a los que llegó. Hecho tan repulsivo como incomprensible, si tenemos en cuenta que la Gran Albión había constituido poco antes una expresión única y luminosa de liberalismo e incluso de la más colorida y atrevida liviandad. Obras literarias libertinas deliciosas como Fanny Hill o Tom Jones son muestra fehaciente. Y el barrio londinense de Whitechapel llegó a ser el más divertido y disipado del panorama mundial del desenfreno.

No es fácil explicarlo, pero, como lo describe De Quincey, una extraña y tóxica epidemia de ñoñez invadió las islas y acabó con todo ello. Tal vez tuvo que ver el hecho de que el número de gays no reprimidos, entre artistas e intelectuales, tanto hombres como mujeres, llegó a ser sorprendente y comparable al de la Grecia clásica. Y a lo mejor su alegría disipada llegó a ser insoportable para los petimetres estreñidos y acartonados de Buckingham. A lo mejor. El placer ajeno suele soportarse con dificultad.

Pasaron años sombríos considerados unánimemente arenales sin aquel cálido regocijo anterior. Valores insubstanciales cobraron actualidad, maniqueísmos intransigentes arreciaron mientras auspiciaban deplorables advenedizos, los anatemas virulentos usurparon espacios legítimos virando ese frescor incomparable en sórdido tufo asfixiante.

En cualquier caso, más de un siglo después, aquel oscurantismo debe ser visto como verbigracia áurea de resistencia heroica y existencial, y como prueba incontestable de legitimidad, de que en algún lugar, en medio de esta madeja inextricable, la libertad existe.

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