Los patriotas

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Marcelino Perello 22/04/2014 00:46
Los patriotas

La cuestión nacional ha cobrado estas últimas semanas una virulencia y una actualidad inusitadas. Realidades que al grueso de la llamada opinión pública le pasaban inadvertidas hasta hace muy poco, han saltado súbitamente a las primeras páginas de los periódicos. En particular, en extremos opuestos del Viejo Continente, dos casos han llamado la atención al alcanzar niveles críticos. Crimea en el oriente y Cataluña en el occidente sorprenden y desconciertan a no pocos analistas que se consideraban enterados.

La situación y evolución de ambos fenómenos es bien distinta, histórica, social y culturalmente, y sin embargo poseen un denominador común que los asemeja. Y ese denominador común es precisamente la cuestión nacional. El hecho de que las dos constituyen naciones oprimidas, sometidas al dominio, control y hegemonía de un poder ajeno. En términos exactos, de un poder extranjero.

El origen de las naciones se remonta al de la sociedad humana misma, bajo la forma de hordas, tribus, clanes u otras mil estructuras antropológicas existentes. Hoy subsisten los términos de “pueblo” o “etnia” como parónimos de “nación”, haciendo un poco nebulosa su identificación. Es preciso no incurrir, sin embargo, en la endémica confusión, entre los conceptos de nación y de Estado. El primero remite, como acabo de señalar, a un hecho cultural, mientras el segundo es un epifenómeno esencialmente político de control y dominación.

Como si fuera poco, el término “país” ocupa algún lugar intermedio entre los de “nación” y “Estado”, y complica más aún el enredo. Los Estados van y vienen, mientras las naciones están. En otras palabras, en tanto los Estados representan una manifestación del “metabolismo” de la sociedad, las naciones obedecen a su “evolución”, en el sentido darwiniano del término. La edad y la vida de los Estados se mide en siglos, la de las naciones en milenios.

Son muy pocos, si alguno, los Estados que pueden considerarse al mismo tiempo naciones en el sentido estricto que acabo de definir. Los hay plurinacionales, es decir, que contienen varios pueblos distintos dentro de sus fronteras. Y los hay, en cambio, que constituyen sólo una parte de una nación más amplia que abarca otros Estados. El sueño del “Estado-nación” está aún por realizarse. Toda nación aspira a alcanzar y poseer su Estado propio, lo que ha dado lugar a lo largo de la historia a encarnizadas luchas de liberación, a menudo prolongadas y sangrientas.

Por su parte, todo Estado aspira a convertirse en una nación. Ello ha producido, y sigue produciendo, fenómenos de opresión y avasallamiento crudelísimos que, en nombre de la “unidad”, coartan las más elementales libertades de los pueblos sometidos.

Los conflictos nacionales, en cualquiera de las dos modalidades y direcciones que acabo de mencionar, han existido, bajo formas distintas, en todas las épocas y todos los meridianos, pero ha sido en Europa donde han cobrado una virulencia y frecuencia mayores. En parte porque las naciones están ahí más nítidamente delimitadas, y su problemática ha sido considerada y estudiada con mayor atención.

Desde América, el abordaje de la cuestión nacional se vuelve más complejo y difuso, debido, por una parte, a que las naciones antiguas, originales, indias, fueron brutalmente exterminadas —en el mejor de los casos, reducidas a su mínima expresión—, apenas en el siglo XVI (¡precisamente cuando en Europa florecía nada menos que el Renacimiento!), y las nuevas, que conocieron su génesis 300 años después de esa interminable Edad Media tardía que nos fue impuesta, se encuentran aún en pleno proceso, más o menos avanzado, de gestación.

Es tal vez por ello que aquí son más numerosas las voces que se apresuran a desautorizar los actuales procesos de liberación nacional y consideran como retrógrada toda forma de nacionalismo. El mejor ejemplo para salir al paso de tales descalificaciones lo da precisamente un caso curioso y excepcionalmente americano. El vigoroso y renovado movimiento de liberación nacional de Quebec, después de los reveses sufridos, constituye una muestra edificante tanto para los patriotas que luchan por la libertad de sus respectivos pueblos, como para los que, desde la arrogancia y la ignorancia, los demeritan. El proceso quebequés debería ser seguido de cerca por unos y por otros.

Primero algunos sectores intentaron opciones novedosas desechando esas viejas ideas esclerosadas rehaciendo nociones especialmente seductoras. Generaron las oportunidades reivindicativas indudablemente apremiantes de estructurar sus aspiraciones basales antes de ofrecerlas. Mientras intentan vedar inquietudes decididamente excedidas convinieron asumir determinados agravios de indiscutible arraigo.

En cualquier caso, tanto en Crimea como en Cataluña, en Escocia como en Quebec y en tantos otros países sojuzgados del mundo, el papel de los patriotas que combaten por la emancipación nacional de sus pueblos constituye una de las aristas más indispensables, brillantes y cortantes de esa preciosa gema que llamamos libertad. Olvidarlo, o peor aún, denigrarlo, es más que una ofensa, es una equivocación.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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