La risa-verdad

Chaplin, diga yo lo que diga, representa el paradigma de la risa auténtica.

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Marcelino Perello 16/04/2014 00:00
La risa-verdad

Hoy, precisamente hoy, se cumplen 125 años del nacimiento de ese personaje central de la civilización contemporánea que fue, que es, en presente, Charles Spencer Chaplin. Primero Charly, luego Charlot y después, al fin, simplemente Chaplin. Como quien dice es su no-cumpleaños, pues él ya no los puede cumplir. Desde hace 37 años, desde 1977, nosotros lo celebramos, festejamos y cumplimos por él. Centuria y cuarto. Poca cosa. Ni el siglo XX ni el mundo del cine, en su totalidad, serían lo mismo sin él.

Déjeme decirle, querido lector, que no es Chaplin el cómico que más me hace reír en la historia universal del cine de humor. Ya sé que no es un momento propicio para decirlo y declararlo, pero qué quiere que le diga. Me es inevitable hacerlo patente. Se me impone. Me divierten mucho más Buster Keaton, los hermanos Marx o incluso el Gordo y el Flaco, para remitirme sólo a algunos de sus contemporáneos. Digamos que ésta es mi muy particular manera de festejar esta efemérides.

Chaplin nunca acabó de gustarme del todo. Su humor me parece, en general, demasiado alambicado. Impostado de más, diría yo. Como que le falta espontaneidad, frescura. Se la piensa y premedita en exceso. A ello hay que añadir que también, a menudo, lo encuentro cursi. Exageradamente meloso. Empalagoso hasta el hastío. Sobre todo en sus últimas realizaciones. Candilejas, para no ir más lejos, es un auténtico muégano reblandecido, intragable. No pocas de las escenas de sus cintas anteriores como en The kid o en The gold rush, La quimera del oro. Aunque su debilidad por el melodrama ramplón está presente a lo largo de toda su larga y prolífica obra.

Reconozcamos, en su descargo, que Charlot es menos melindroso que Chaplin, pero no deja de autocompadecerse y victimizarse en cuanto se le presenta la ocasión. Y se las arregla para que esas ocasiones se le presenten muy a menudo. De hecho esa conmiseración para consigo mismo, que no cesa de expresar a los cuatro vientos, es digna de un estudio sicoanalítico serio y extenso. Es probable que ya exista, pero si no, debería proponérmelo yo mismo. Debería.

A todo ello tendremos que añadir que en no pocas ocasiones su propuesta dramática (lo dramático no quita lo cómico) resbala lamentablemente hacia el panfleto. El gran dictador es un filme facilote y estridente, a un paso de la demagogia propagandística, ello no le impidió, al contrario tal vez, el ser considerado cercano a los comunistas y estar en la mira del tristemente célebre “Comité de actividades antiamericanas”, presidido por el funesto senador Joseph McCarthy. Tal sospecha resultó del todo infundada, para demérito del tal comité como del propio Chaplin.

Finalmente no puedo no señalar otro reparo. Y que no es ciertamente menor. El personaje que representa (casi) siempre, no sólo en Charlot, del marginado, del pobre desarrapado y desposeído, es sin duda coherente y consistente. Se trata de un arquetipo harto socorrido en el panorama del cine cómico, y del que Cantinflas es nuestro más insigne representante. Cantinflas, no Mario Moreno. Dios me libre.

Sin embargo, las películas de Chaplin carecen de una línea argumental sostenida, y se reducen, en su mayoría, a una sucesión de gags más o menos logrados, pero a menudo disconexos, ello es del todo patente en sus dos últimas producciones, Un rey en Nueva York y La condesa de Hong Kong, definitivamente patéticas. Digamos que Charles Chaplin debe ser acusado no sólo de haber asesinado a Charlot, sino que además, a todas luces, no se murió a tiempo. No ha sido el único.

Todo ello habiendo sido asentado, permítame ahora asentar solemnemente que Charles Chaplin fue un Genio. Indiscutible y con mayúscula. Tal cual. Digamos que su grandeza sobrevive a sus flaquezas. El paradigma cinematográfico que crea y recrea es uno de los más importantes de la historia del Séptimo Arte. Esa significación, ya después de espigarla y separarla de las impurezas, sobrevuela, flota sobre la retahíla de concesiones y lugares comunes que la pueblan y contaminan.

No es necesario que le diga, perspicaz lector, que mi obra predilecta, por mucho, es Tiempos Modernos. Auténtica obra maestra, que hace de su autor un maestro, y cuya significación e importancia van mucho más allá de las fronteras del cine. Aunque la maestría de nuestro Charles se halla desperdigada en toda su producción, es ahí, en ese “himno-denuncia” del trabajo alienado donde florece con todo su esplendor. Es en esa cinta donde se condensa la maravillosa e invaluable herencia de Chaplin. Y, que quede claro, no únicamente desde el punto de vista doctrinario, ya de por sí magnífico e imprescindible, sino también en el plano estricto de la comicidad. En ella aparece el humor más fino, el más cortante, el más hilarante, de todos cuantos creó. Tiempos modernos es al mismo tiempo un manifiesto, un hito y una fiesta.

En el mundo de la literatura, del teatro y del cine es mucho más fácil hacer llorar que hacer reír. Las lágrimas se venden a granel. Las carcajadas, en cambio, se cotizan. Una noche en la ópera tiene mucho más mérito que Lo que el viento se llevó, digamos. Y El derecho de nacer no puede equipararse, en ningún sentido, a esa genuina joya de Ahí está el detalle. No, porque sí la inmensa mayoría de las telenovelas son dramones lacrimógenos, y sólo algunas, contadas, pueden ser consideradas comedias. Y de entre ellas, las realmente buenas se cuentan con los dedos de una mano.

Hoy, este homenaje sui generis a Chaplin, quiero hacerlo extensivo a todos los autores y actores cómicos verdaderos, de todos los tiempos y en todos los meridianos. Desde Plauto hasta Andrés Bustamante. Los histriones histriónicos juegan un papel complejísimo e insustituible no sólo en el panorama escénico, sino en la constelación anímica de cada uno de nosotros.

La risa fácil, existe, sin duda. La risa como simple reflejo, que no deja huella alguna, y que yo llamo “risa-cosquilla”. Es un producto mercantil más, desechable, que se comercializa con pocas dificultades y muchos dividendos.

Pero obtener risas diferentes implica otra sensibilidad escénica revestida obligatoriamente de estratagemas astutas manifiestas o recubiertas. Maquinar inteligentemente vivencias insólitas, urdir nuevos arquetipos logrados introduce modos operativos singulares necesitando ingeniar trazos atrevidos. Producir ocurrencias requiere favorecer a veces operaciones riesgosas.

Charles Chaplin, diga yo lo que diga, representa el paradigma de la risa auténtica, de la “risa-verdad”, de esa risa y esa sonrisa que no se esfuman y que permanecen en nosotros. Y que nos ayudan a vivir.

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