Los transgresores

Dice Bataille que es erótico todo aquello y sólo aquello que es inhabitual y prohibido.

COMPARTIR 
Marcelino Perello 09/04/2014 00:00
Los transgresores

En las dos últimas entregas de esta semiserie que dedico a la pasión amorosa relaté sendos romances homosexuales que conocieron, ambos, un final trágico y muy conmovedor. El primero femenino, protagonizado por la hermana dominica francesa Sor Luc Gabriel, y el segundo por el escritor irlandés Oscar Wilde. El paralelismo de las dos historias no fue algo que yo me propusiera. Al menos no conscientemente. Sin embargo, a pesar de ello, o quizá precisamente por ello mismo, decido hacerle caso a la coincidencia. Es esta una actitud —llámela reacción o reflejo— harto recomendable. Los sabios aconsejan escuchar y tomarse en serio siempre las ocurrencias aparentemente casuales.

Acabándola de remachar, en el artículo intermedio, esta vez de la semiserie en la que hablo (hablo por escrito) del arte y el oficio del actor, evoqué al escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini, que también fue gay. Aunque no era ese el punto del texto y lo mencioné sólo a modo de acotación al margen, no deja de ser significativo. Así que, humilde y obediente a las señales, decido hoy lanzarme al abordaje del apasionante, delicado y escabroso fenómeno de la homosexualidad.

Le ruego me permita, conspicuo lector, iniciar esta reflexión afirmando que nos enfrentamos a un misterio. A un auténtico misterio que si no es insondable lo disimula bien, y que ha resistido, hermético, los embates de todas las formas imaginables del pensamiento humano. Pensadores, estudiosos y poetas se han trenzado con el enigma durante siglos y milenios y éste permanece inexpugnable. Tal vez ahí reside gran parte de su interés y de su atractivo.

Dice George Bataille, el insoportable, que es erótico todo aquello y sólo aquello que es inhabitual y prohibido. Yo añadiría ahí precisamente lo que es enigmático, a menos que consideremos lo inexplicable como una de las formas de lo extraño.

Las explicaciones biologicistas, que pretenden dilucidar los sentimientos y la conducta de los gays de uno y otro género, a través de consideraciones orgánicas, químicas, glandulares y hormonales yerran definitivamente el tiro. No dudo de que existen casos de origen genético. Es algo indiscutible y está del todo probado. Pero son relativamente pocos y sobre todo son poco interesantes. Obviamente pueden ser grandes personas, tan grandes como otra cualquiera, pero admitamos que el estudio y consideración de su condición sexual se limita en principio al ámbito de la endocrinología.

La otra homosexualidad, la mera mera, es ante todo un fenómeno sicológico, social y cultural, y es en esos dominios donde alcanza toda su densidad y riqueza dentro del amplio y abigarrado espectro de la condición humana. Tal vez es también aquí el momento propicio para desmantelar todas aquellas visiones que pretenden juzgar y encuadrar la cuestión en términos morales y de ahí religiosos.

No es que la ética y la moral no existan o que sean desdeñables. En absoluto. También las iglesias y los credos existen. Y también son respetables y dignos de consideración, cuando no dejan de ser lo que son. Cuando no pretenden arrogarse prerrogativas que no les corresponden. Los códigos morales son, más que inevitables, indispensables. Pero son bastante lábiles y movedizos. Mi propia estructura moral, por ejemplo, es bastante rudimentaria. Para mí es moral todo lo que no hace daño. Daño a otro, entendámonos. E inmoral lo que sí lo hace. A menos, claro, que  tenga uno buenas razones para lastimar a ese otro (es ahí donde la puerca tuerce el rabo).

En la génesis de la axiología social siempre se encuentran principios utilitarios. Ha sido establecido con mayor o menor certidumbre, por ejemplo, que el mandamiento coránico que prohíbe a los fieles musulmanes comer carne de cerdo tiene su origen en las terribles epidemias de cisticercos que asolaron ambas costas del Mediterráneo oriental en los siglos II y III de nuestra era.

Un poco de la misma manera, las religiones monoteístas condenaron y anatematizaron la obtención de placer y las prácticas sexuales que conspiraban contra el fin reproductivo estricto y se oponían al principio de conservación de la especie, en épocas en que las tasas de crecimiento demográfico eran muy pequeñas, cuando no negativas. De esa manera el onanismo, los procedimientos contraceptivos o la sodomización, aunque se realizara con una mujer, fueron doctrinaria y terminantemente vetados. En esa misma remesa se empaquetó la homosexualidad.

Es en este sentido que reprobar y castigar las conductas homosexuales desde una perspectiva meramente moral o en términos dogmáticos resulta, en el más benevolente de los casos, anacrónico. Al margen de cualquier otra consideración, debería quedar establecido que, hoy por hoy, en la dinámica y contexto actuales, las relaciones amorosas y/o sexuales (no son necesariamente lo mismo) libremente consentidas entre individuos adultos del mismo género, y en pleno uso de sus facultades, constitiuyen una pulsión legítima inalienable y una manifestación irreductible del libre albedrío.

Frente al enigma y al misterio que menciono al principio, y a pesar de ellos, la opción homosexual se sostiene a sí misma y constituye una señal de identidad esencial en la constitución del sujeto. El llamado “Modelo de Idiosincrasia”, entre otras cosas, señala exactamente que los gays y las lesbianas escogen en su condición la manera de erigirse como sujetos plenos. Y ese es el único motivo, soberanamente suficiente, de afirmación individual y social.

Plantear otra razón supone introducir elementos maximalistas puritanos resueltamente esperpénticos. Proponer alternativas razonables a sofismas insidiosos exige manejar premisas rigurosamente estribadas. Varias investigaciones conducen a jubilar últimamente nefastas tesis opuestas al modelo idiosincrásico.

Y permítame afirmar sin reparos, desde mi perspectiva profana y mi visión de buga, que al carecer de un objetivo “funcional”, es decir, al no situarse al servicio de un fin distinto al del lance amoroso y del placer sensual en sí, el encuentro sexual y pasional entre dos o más individuos con los mismos atributos orgánicos sexuales constituye la forma más depurada tanto del amor sentimental como del goce erótico.

A ello parece imprescindible añadir que, siguiendo a Bataille, uno de los ingredientes primordiales erógenos y afrodisíacos de la relación sexual es justamente, por canónica y estándar que se pretenda, su carácter privado y oculto. Siempre hay algo del orden de la transgresión en ello. Y buena parte del placer íntimo y compartido reside exactamente en ella. En esa medida, pues, los homosexuales deben considerarse bienaventurados. Transgresores por partida doble.

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red