Fingir y no

Uno y uno mismo son dos perfectos desconocidos. Así es y así debe ser.

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Marcelino Perello 02/04/2014 00:00
Fingir y no

Habrá a quien tal aserto sorprenda, pero es indiscutible. El personaje que menos conocemos de todos los que nos rodean, en la vida real, ficticia o imaginaria, es uno mismo. Ese sujeto que nos fija la mirada, escrutador y desafiante, cuando nos paramos frente al espejo, es un extraño. Enigmático e impredecible. Y lo es no porque sus señas de identidad no estén al abasto. Ahí están, en algún lado, pero no podemos, o no queremos, o no podemos querer, o no queremos poder, habérnoslas con ellas. Sabernos es conflictivo, peligroso y a veces doloroso. Siempre imposible. Uno y uno mismo son dos perfectos desconocidos. Así es y así debe ser. Más vale.

Ya dije que Rimbaud dijo que “yo es otro”, en tercera persona. Es exacto. Lo que él no dijo y yo sí digo es que ese otro es el otro más inaccesible de todos. La parlanchina sabiduría popular, en general irregular y poco confiable, acierta en dos de los más agudos proverbios del español. “El jorobado no ve su giba pero ve la ajena”, es de una belleza y precisión asombrosas. Se suele interpretar como el vicio por el cual percibimos los defectos del otro e ignoramos los propios. Tal lectura, sin dejar de ser cierta, es insuficiente. Porque lo que percibimos con más facilidad no son únicamente los vicios, taras o fallas de los otros, sino a los otros en su conjunto. De nosotros también lo censuramos o deformamos todo, vicios y virtudes. Todos somos jorobados.

El otro refrán, común y lamentablemente mal interpretado, es el que nos advierte de esa proclividad a “ver la paja en el ojo ajeno”, que por error se hace equivalente al anterior en el sentido de observar las fallas del otro en detrimento de las nuestras. Incluso es común añadirle un “...y no ver la viga en el propio”, apostilla vulgar, contrahecha y abaratadora. De lo que habla el sabio apotegma es de lo que el sicoanálisis llama “proyección”, fenómeno por el cual nos vemos en el otro. Le asignamos, de nuevo, no sólo pajas y defectos, sino todos nuestros atributos. En otras palabras, en curioso y pertinaz hábito, lo convertimos en un espejo, mucho más fiel y confiable que los de cristal.

Es por ello mismo, probablemente, que son tan pocos y sobresalientes los ejercicios teatrales y cinematográficos en los que los actores, por insignes que sean, se representan a sí mismos. Que interpreten, de manera manifiesta o velada, directa o indirecta, su propio personaje.

He contado con la triste suerte de presenciar en vivo dos de esos excepcionales tour de force. Hace 20 años asistí, en la Casa de la Paz, a la que sería la última actuación del formidable Augusto Benedico, en el papel del padre moribundo de Ante varias esfinges, de Ibargüengoitia, en la maravillosa puesta de Ludwig Margules. Era del todo evidente que Benedico representaba a Augusto. El público así lo entendió y estalló en sendos aplausos cerrados y prolongados en el momento en que el ilustre actor hizo su aparición y cuando la pieza, sin que se corriera el telón, acabó. Aunque estaba programado que la temporada continuara, esa fue la última función. Benedico ya no volvió a subirse a un escenario, y falleció, fuera de él, algunos días después.

Muchos años después tuve el privilegio de ver trabajar a otro monstruo de la escena, Ignacio López Tarso (cuyo trabajo en Il Postino me hizo iniciar esta serie de reflexiones). En esa ocasión hacía un conmovedor, inigualable Edipo en Colono. Y, de nuevo, los dos ancianos, el griego de 25 siglos atrás y el mexicano actual se confundían en una amalgama estremecedora. Sófocles no era sino la rótula de esa compleja articulación. Estaba yo sentado en la segunda fila y veía con toda claridad los gestos de ese rostro desencajado. Y no sabía uno si era Edipo el que reencarnaba su vejez en la de López Tarso, o era López Tarso mismo el que se escudaba en Edipo para mostrar y manifestar su propio desgarramiento. Quién al servicio de quién.

Afortunadamente, esa vez la ficción y la realidad no se trenzaron de la misma terrible manera como lo hicieron en el caso de Benedico, y el estremecedor performance no tuvo el mismo trágico desenlace, pero la intensidad de la vivencia dramática no fue menor.

En el cine, respetando la gran distancia que separa ambas expresiones, también se ha producido tan especial e inquietante ejercicio. Cómo no mencionar aquí el Viaje al principio del mundo, del inconcebible Manoel de Oliveira. En ella nadie menos que Marcello Mastroianni escenifica su propia reflexión sobre la muerte y su muerte misma. Fue el último film del inolvidable italiano. Falleció antes de que se estrenara la obra.

Lo pasmoso es que probablemente la muerte que quería representar Oliveira era la suya (tenía 95 años cuando escribió y rodó la cinta, y el personaje de Marcello se llama Manoel). Pero he ahí que la guadaña tiene sus propios criterios. Hoy, a sus 105 años el portugués inverosímil vive. Su más reciente película, El jorobado y la sombra (¡hablando de ellos!), es de 2012. La suya es una historia increíble y el testamento prematuro que acabó siendo el de Mastroianni también lo es.

Sin embargo el ejemplo más flagrante, directo e ilustrativo, aunque mucho menos dramático, del fenómeno de este autoactuarse lo da la película de Louis Malle —uno de los maestros indiscutibles de la Nueva Ola del cine francés— Mi cena con André, en la que dos conocidos autores teatrales reales conversan y discuten, interprentando su propia persona, sin necesidad de coartada o intermediario alguno. Digamos que si se esconden, se esconden en sí mismos. Se trata de una auténtica experiencia cinematográfica, complejísima de un intimismo hipnótico, que sólo al cineasta galo se le podía ocurrir y que sólo su excepcional oficio hace llegar a buen puerto.

Parecía radicalmente imposible narrar catarsis interiores pero intentándolo osado, siempre intrépido, Malle incorpora varias innovaciones. Para realizarlas introduce notables cabriolas imaginarias pasando inadvertido a otro tiempo remoto olvidado para recorrer inquisitivo nuestros caminos interiores procurando indicios ocultos.

Tal vez toda la fuerza de tales propuestas reside precisamente en el desafío que significa el pretender que sea uno mismo el que nos represente y nos devuelva nuestra propia imagen. Tal vez no es necesario recurrir al cine o al teatro para fingir que no fingimos. Tal vez.

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