Pier Paolo

Toda su abigarrada obra, vida y obra, se condensa en la subversión.

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Marcelino Perello 19/03/2014 01:47
Pier Paolo

Si me viera obligado a elegir un personaje real que representara mejor que nadie el concepto de subversión, escogería, sin titubear ni tantito, al gran, vertiginoso Pier Paolo Pasolini. El oficio de este hombre inasible no fue el de escribir poemas o ensayos, ni el de dirigir películas. No en primer lugar. Aunque a todo ello se dedicó, y todo ello lo hizo, vive Dios, de manera magistral, su auténtica vocación fue la de subvertir. Vocación a la que se entregó en cuerpo y alma durante su breve y pródiga existencia. Toda su abigarrada obra, vida y obra, se condensa ahí, en la subversión.

Acordemos definir la subversión como el acto de oponerse al orden establecido, a los códigos de conducta, producción y creación vigentes. No únicamente de oponerse, sino, más allá, de combatirlos, minarlos y socavarlos. Es en esa acepción que nuestro boloñés fue subversivo. Del todo. Extremista, en el sentido de aquello que se aleja de los enjuagues y las medias tintas. Y radical, en el sentido de aquello que concierne a la raíz. La subversión pasoliniana se produce, de manera diferente, pero con el mismo filo e intensidad, en cuatro planos: artístico, filosófico, político y moral. Vital.

Alguna vez otro grande, su contemporáneo, el bardo soviético Evgueni Evtushenko, profirió que la mejor autobiografía de un poeta eran sus poemas. El apotegma se aplica con toda exactitud a Pasolini, siempre y cuando ampliemos los márgenes de significación de los términos. Su poesía comprende todos los aspectos, cada resquicio de su actividad y sensibilidad.

De manera que todo intento de aproximación analítica y descriptiva de su huella resultará inevitablemente insuficiente y decepcionante. La única vía de acercarse de modo y en grado mínimamente eficaces y satisfactorios a la personalidad de Pier Paolo es el de confrontarnos directamente a su inquietante y estremecedora obra. Le tengo malas noticias, inquieto lector. No hay de otra. No hay resúmenes, crónicas ni atajos disponibles.

Fue un revolucionario intransigente. A lo mejor ese es el significado último e íntimo de toda subversión. Pero lo fue también en sentido estricto. Desde muy joven, se hizo comunista y antifascista inflamado. Nunca abdicaría de su adscripción ética, política e ideológica. De hecho a todas luces fueron la intensidad y convicción con las que asumió su compromiso social las que lo llevaron a la muerte.

Fue asesinado hace casi 40 años en circunstancias nunca esclarecidas del todo. El crimen quiso desde un primer momento ser presentado como “común”, atribuido a malvivientes de los bajos fondos romanos, calificado de pasional, y cuyo móvil habría sido la homosexualidad manifiesta, desvergonzada y desafiante de Pier Paolo. Tal versión nunca fue creída, y los sectores más serios de los medios y la intelectualidad atribuyeron siempre el homicidio a los círculos fascistoides de la ultraderecha italiana, particularmente activa en los crispados años 60.

Las recientes declaraciones del único asesino confeso, condenado y encarcelado, y que hoy ya salió en libertad y anda tan campante por ahí, no han hecho sino fortalecer y reavivar la sospecha y la polémica. Una clave más, harto significativa, para sustentar nuestras perspicacia y suspicacia, se halla sin duda en la entrevista que Pasolini concedió a la prensa la misma noche antes de ser asesinado. Está en italiano, pero que ello no lo arredre, agudo lector. Vale mucho la pena. La encontrará en http://www.girodivite.it/Siamo-tutti-in-pericolo-intervista.html

Sin embargo, y como menciono al empiezo, sería un error muy empobrecedor limitar el espíritu revolucionario de Pier Paolo al terreno de la grilla. Sólo para darnos un quemón, déjeme decirle, por ejemplo, que toda su amplísima y maravillosa obra poética está escrita en friulano, él habla de su madre y por lo tanto no sé en qué medida su propia lengua materna. Se trata de un idioma en franco declive y en grave amenaza de extinción. Hoy sólo la hablan algunos, pocos, miles de personas. Y la leen menos. Ello no fue óbice para que PPP decidiera expresarse en ella. Si se trata de ser auténtico, de hacer las cosas de verdad, entonces hagámoslas en la verdad. Sus películas y ensayos políticos y filosóficos, esos sí son en italiano. Por razones obvias.

Otra de las vertientes, en cierto sentido la más llamativa, de su desacato, es su auténtico delirio por el erotismo. Pier Paolo fue un genuino libertino, digno de sus congéneres del siglo XVIII. El cine fue el instrumento dorado de su expresión lúbrica y en él estuvo a un paso, sólo a uno, de acceder a la noble categoría de pornógrafo. Acotemos únicamente que su propuesta licenciosa se ve siempre acompañada de ingredientes estéticos y poéticos espléndidos, que no sé si la atenúan o, al contrario, la acentúan.

Para aterrizar su audaz narrativa logra obtener secuencias de inquietante aliento sensual. Probablemente a sus acólitos nunca les ocultó sus motivaciones eróticas sublimadas entre sueños. Entrevera lascivos arcanos mitológicos orquestando relatos nunca olvidados.

Ahora bien, si escojo hablar de PPP hoy, en esta semiserie dedicada al quehacer actoral, es porque tal vez la mayor de sus provocaciones no es ninguna de las que le he mencionado hasta aquí, sino su decisión de utilizar en la mayor parte de sus cintas a intérpretes no profesionales. De hecho ni profesionales ni aficionados. Escogía a quienes habían de representar a sus personajes entre gente que nunca antes había tenido contacto alguno con la escena. Normalmente de los estratos más populares.

De esta insólita y audaz manera logra un efecto asombroso. La representación corre en gran parte por cuenta del guionista, del camarógrafo, del editor y del realizador. Su complejo proceso de selección y armado hace la propuesta creíble, a pesar de que al espectador le resulta evidente que en ella no participan actores propiamente dichos. Quienes intervienen actúan muy mal, es decir, fingen muy mal, es decir, se le otorga a la verdad un papel protagónico, nunca mejor dicho, ausente en las representaciones escénicas convencionales. El resultado no puede ser más desconcertante, emocionante y exultante.

La provocación auténtica e ilustrada es, sin duda, uno de los vergeles más fértiles de la actividad creativa. Subvertir es innovar, proponer y sorprender. Y, créame, la subversión, gracias a Pier Paolo Pasolini, nunca estuvo en tan sabias, exquisitas y valientes manos.

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