Triste sonrisa

Una sola canción, sólo una, se apoderó del gusto de los más disímbolos públicos.

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Marcelino Perello 12/03/2014 00:00
Triste sonrisa

Hace exactamente medio siglo un fenómeno formidable e inesperado cimbró el paisaje mundial de la música popular. Se iniciaba la incomparable década de los sesenta, que antes incluso de haberse gestado del todo ya se sabía legendaria. Era el momento en que Elvis Presley declinaba y conocía sus últimos momentos de gloria, y en el que los Beatles ya se enfilaban hacia la cumbre de su éxito inaudito e inigualable.

Se producía además el estallido de la canción de autor francesa, desde Brassens y Moustaki a Barbara y Jacques Brel, de la Nova Cançó catalana, que bajo el mismísimo yugo del franquismo permitió que brillaran figuras como Llach, Raimon, Serrat o María del Mar. En Estados Unidos florecían baladistas incomparables como Pete Seegher, Joan Baez, Bob Dylan o Simon y Garfunkel. También allí el nuevo jazz, el John Coltrane, Miles Davis, Dizzy Gillespie o el Modern Jazz Quartet inundaban la atmósfera con sus acordes y compases nunca vistos. Faltaban algunos años para ese punto de inflexión que representó Woodstock, pero la inminencia de sus protagonistas y de esa tumultuosa y abigarrada corriente que después sería conocida con la confusa sílaba de rock, ya se anunciaba.

En América Latina, también a la sombra de las dictaduras, propias o vecinas, brotaba la vibrante y mal llamada “canción protesta” de Viglietti, Alí Primera o Violeta Parra. Junto a la cual deslumbró con luz propia y cegadora el bossa nova de Chico, Elis, Caetano, Vinicius o Maria Bethânia. Ése era el panorama. Una auténtica y maravillosa cornucopia. Un maremágnum. Y me quedo corto.

Y fue entonces cuando, sin deberla ni temerla, se produjo ese fenómeno asombroso del que hablo al inicio de estas líneas. En medio de tal exuberancia, una canción, sólo una, se abrió paso y se apoderó del gusto de los más disímbolos públicos, y arrebató a los vigentes monstruos de la música los primeros lugares de audiencia en los rankings y hit parades de todos los rincones del planeta. Las ondas hertzianas se vieron saturadas por aquella voz modesta y cristalina, y por aquellos acordes tan elementales como encantadores. No habían nacido aún los casetes y las grabaciones y reproducciones domésticas eran rarísimas. Pero ello no impidió que medio mundo anduviera por el ídem tarareándola.

El acontecimiento era absolutamente incomprensible. Se trataba, para más inri, de una canción religiosa, no sólo alejada sino de plano opuesta, en forma y contenido, a todas las escuelas y estilos en vigor. Tan sencilla era la letra como la melodía. Como sencilla era la voz de su compositora e intérprete: una modesta monja recluida en un convento dominico del sur de Bélgica. Sólo el sonido de su canto fue entonces conocido por sus millones de admiradores. No circuló una imagen de su rostro sino muchos años después. La canción se llamaba, y se sigue llamando, Dominique.

La cuestión no puede ser más llamativa y paradójica, pues se trata de una dulce y bucólica loa al santo medieval Domingo de Guzmán, fundador de la orden monástica más cruel, intolerante y sanguinaria de cuantas haya conocido la historia de la persecución religiosa, en particular católica, que ya es decir. Su autora se llamó en la vida seglar Jeanine Deckers, al vestir los hábitos adoptó el nombre de Sor Luc Gabriel. Y en la tan enigmática como exitosa grabación aparece como Sor Sonrisa.

Más arriba hablo de ella y de su escueta obra como de un “fenómeno musical” y ahora me arrepiento. Fue mucho más que eso, y su vida, avatares y personalidad rebasan con mucho el ámbito meramente artístico o mediático. Se sabe bien poca cosa de su biografía, siempre mantenida en el misterio, tanto por quienes la rodearon y trataron, como por ella misma. Y la razón, hoy, aparece como bastante obvia: Jeanine era —fue— lesbiana. Poca cosa. Escándalo mayúsculo. Como mayúsculo fue su coraje y entereza para asumirse como tal.

Era muy joven cuando su familia le impuso un matrimonio por conveniencia, con un hombre que a ella no le decía nada. Es probable que entonces ya hubiera asumido su opción sexual. En todo caso el camino que eligió para evadir el compromiso y tal vez al mismo tiempo para expiar el grave pecado de su inclinación que, religiosa siendo, debía vivir con una culpa insoportable, fue el de vestir los hábitos. Y fue ahí, en el convento, que la madre superiora, que a todas luces poseía visión de promotora artística, al oírla cantar, le propuso grabar y comercializar la melodía, con tal de recabar fondos para la orden. Lo logró. Y de qué manera.

No obstante, ay, Dios es necio. Y sus caminos no por inescrutables son a menudo predecibles. Y ya convertida en una religiosa hecha y derecha, Sor Luc Gabriel (ambos nombres masculinos, nótese) se enamoró perdidamente de una hermana de clausura, Sor Annie Pécher, (¡“pecar”, en español!). Jeanine siempre negó haber tenido relaciones corporales con su amada y rehusaba ser llamada homosexual; sin embargo, su amor era inocultable e incompatible, pese a todos sus esfuerzos, con el régimen monástico. La situación se había vuelto insostenible. Las amantes se impusieron un rigor sobrehumano, plagado de no pocos sufrimientos, físicos, mentales y anímicos. Jeanine empezó a padecer alucinaciones insoportables. Mientras, las condenas y castigos de todo tipo se sucedían.

Pero los anatemas condujeron a suponer que únicamente el silencio apaciguaría las tentaciones amorosas nacientes. Con obstinación monacal profesó una sumisión que unía el fervor a la lóbrega austeridad necrófila. Mientras intentaba vencer indómita a los recurrentes efluvios sentimentales continuó a tener espejismos.

Finalmente, y pese a su devoción y a sus esfuerzos, las dos amantes se ven obligadas a abandonar el claustro y colgar los hábitos. Nunca renunciaron a su fe ni a su pasión.

Hoy, a pocos días de haberse conmemorado el Día Internacional de la Mujer, quiero rendir homenaje a todas ellas, a través del estrujante ejemplo de las dos entrañables hermanas dominicas. Si el amor en sí ya es un extravío, el amor entre dos mujeres puede volverse de plano un verdadero laberinto.

Y Jeanine y Annie no supieron, o no pudieron o no quisieron librarlo. Como años antes dejaron juntas el convento, un día, no sé si triste o alegre, de 1985, decidieron dejar juntas la vida. Fueron halladas una al lado de la otra, en actitud serena. Y tomadas de la mano.

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