Eso sí que no

En tres ocasiones, el gobierno de Putin ha hecho bien transparente que no se va a dejar merodear el rancho.

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Marcelino Perello 04/03/2014 01:42
Eso sí que no

El chaparrito no se anda con chiquitas. Vladimir Putin es experto en artes marciales y le da mucha importancia a desarrollar y mostrar una musculatura envidiable. Y atemorizante. Ya lo sabíamos. Lo que resulta relativamente nuevo es su evidente y sorprendente intención de traspasar su estilo e inclinaciones corporales y deportivas al plano político y militar.

Tal como ya lo dije aquí mismo, hace tres o cuatro meses, los dos diminutos Vladimires, a un siglo de distancia, han estremecido al mundo, en paráfrasis de nuestro —dije nuestro— inolvidable John Reed. Entonces llamé al actual Vladimir, El Terrible, en alegoría y alusión pertinente a aquel Iván que hace más de cinco siglos fundó la fortaleza descomunal que hoy en día demuestra no estar dispuesta a dejar de serlo.

Rusia tiene vocación de imperio, eso que ni qué. Lo fue en la Edad Media, lo fue en el Renacimiento y en la Modernidad, en tiempo de los zares, y lo volvió a ser en su etapa soviética.

Hoy queda más claro que nunca, pues, que el Kremlin, a pesar de todos los avatares, no renuncia a esa vocación. El tiempo pasa, los hombres pasan, pero por lo visto, la iglesia de San Basilio y la Plaza Roja siguen estando ahí. Es recomendable no olvidarlo. Sobre todo es importante que no lo olvide quien no debe olvidarlo. Y es imprescindible que la señora Merkel y el señor Obama no lo olviden. Ahí está el güerito mamado para recordárselo. La cuestión que está en juego y que estos últimos días, estas últimas horas, ha llegado al rojo blanco —nunca tal oxímoron fue tan providencialmente exacto— es estrictamente una cuestión de territorialidad.

El hombre fuerte de Washington previene al hombre fuerte de Moscú que se ande con cuidado, que algunos de sus actos pueden tener consecuencias graves. La advertencia, queriendo ser solemne, resulta melodramática, casi cómica. Pues los que parecen no darse cuenta de las consecuencias de sus actos son Barack Obama y sus aliados. A través de sus prestanombres ucranianos se pasaron de la raya y se los hicieron ver súbita y violentamente.

Tres ya son tres. En tres ocasiones, el gobierno de Putin ha hecho bien transparente que no se va a dejar merodear el rancho. En los últimos cinco años, en tres ocasiones, los gringos y sus otaneros le han querido pisar la manguera y se han machucado los dedos. Vladimir no es Boris, que quede claro. Yeltsin permitió impasible que los occidentales invadieran y derruyeran Yugoslavia, hermanos de sangre y lengua de los rusos. Si aquel gran gordinflón bofo y teporocho traicionó a sus aliados atávicos de los Balcanes, su sucesor, el chiquilín trabado, no va a repetir la ignominia.

No tiene la más mínima intención de que le falten al respeto, ni de abandonar a su suerte a los suyos. Los va a sostener a capa y espada. A MiG-29, tanques T-90 y fusiles Kalashnikov. Lo evidenció hace cinco años en el Cáucaso. Lo volvió a demostrar hace apenas unos meses al parar en seco la inminente intervención militar en Siria. Y vuelve a dar un puñetazo sobre la mesa hace apenas unos días al ocupar militarmente la península de Crimea, como respuesta  a la asonada que depone a su allegado, el presidente ucraniano Víktor Yanukóvich.

Tal como lo dije la semana pasada, la situación geopolítica de Ucrania la convierte en una membrana no por dúctil menos atormentada entre dos órbitas sociales y culturales, ajenas y antagónicas, y la predestina a ser el ámbito permanente de los fregadazos. Homeostasis crítica y permanente. En particular, la península de Crimea, militarmente fundamental, base de la armada rusa del Mar Negro, no podía, de ninguna manera, ser dejada en manos de los golpistas de Kiev. Eso sí que no.

La región, rusa por excelencia, fue administrativamente “traspasada” a la República Socialista Soviética de Ucrania a la muerte de Stalin, hace exactamente sesenta años, cuando eso no tenía la menor importancia. Hoy tiene la mayor.

Al hecho meramente político y militar es preciso añadir la personalidad y el perfil del carácter del actual Presidente de la Federación rusa. Pasarlo por alto es pasarse de listo. Es pasarse de ingenuo. Con ese hombre no se juega.

Putin utiliza estrategias siempre armadas sobre impulsos sin ocultar nunca ese lado levantisco ostensiblemente soberbio. Maniobra intempestivamente volviéndose imprevisible y suele utilizar golpes astutos tendiendo emboscadas tácticas. Intenta maquinar planes rigurosamente establecidos definiendo estrechos compromisos insospechados bajo los escenarios solemnes.

Los frívolos gobernantes occidentales han dado un paso en falso. La Rusia blanca está resultando tan correosa como la roja. Su torpeza y frivolidad la están azuzando y provocando.  El letrero de “No trespassing” estaba ahí, y no quisieron verlo o, habiéndolo visto, no quisieron hacerle caso. Y el mastín gruñó y enseñó los colmillos, pavorosos y amenazadores. Aunque, déjeme le digo, no es un mastín, es un lobo. El lobo estepario.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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