Amor fantasía

Sostengo que existen amores infelices e irrealizables.

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Marcelino Perello 19/02/2014 00:19
Amor fantasía

Retomo hoy esta semiserie dedicada a la pulsión amorosa y a sus avatares, que inicié hace ya meses y cuyas últimas entregas debí relegar por causas tan tristes como inesperadas. En uno de sus primeros capítulos le conté, distinguido lector, la diferencia que establece Anton Chéjov en su breve y deliciosa novela La Gaviota, entre las dos formas que él distingue del amor desdichado.

Existe por una parte, dice él, el amor no correspondido, en el que uno de los dos amantes, si es que alguna vez lo fue, cesa de serlo, abandonando al otro en la soledad y desazón. Chéjov afirma que se trata de la forma benévola del mal de amores y la compara con un bosque apacible del que el despechado se va alejando lentamente; al voltear hacia atrás lo ve por encima del hombro mientras va empequeñeciéndose hasta desaparecer del todo.

En cambio, la forma maligna del infortunio pasional es, siempre según el irresistible escritor ruso, la que llama del amor imposible, en la que el contexto que rodea a los dos amadores hace imposible que su romance germine, florezca y se realice, por mil circunstancias diversas y posibles. Y compara tan terrible situación con una jungla espesa en la que queda uno atrapado entre pantanos, lianas y alimañas, en la que se mueve desesperantemente en círculos y de la que nunca consigue salir.

Ese es, pues, el esquema chejoviano. Ahora me dispongo, con la modestia que me caracteriza, a contradecir al gran Anton. En fin, no sé si lo contradigo o lo enriquezco. Es decir, sostengo que existen amores infelices e irrealizables que son al mismo tiempo no correspondidos e imposibles. Y se trata del consabido fenómeno, harto común, de aquel o aquella que se enamoran locamente de un personaje público, sin que normalmente éste tenga la menor noticia del idilio ardiente que protagoniza. Lo llamaré a partir de ahora el amor fantasía. Digo “fantasía” y no “fantasioso” para evitar la connotación peyorativa y despreciativa que acarrea este último adjetivo, pues por muy fantasía que sea tal pasión puede ser tan o más inflamada que el deseo real, y puede conducir a excesos tan o más desbocados. Tanto hacia el goce como hacia el dolor.

Existe una forma clínica de tal paranoia, llamada erotomanía, por la cual el sujeto está convencido de que su objeto de pasión también está locamente prendado/a de él o ella. Y encuentra mil signos y señales, sobre todo a través de los medios, que le indican hasta qué punto su amor incontenible es correspondido por la personalidad en cuestión. Existen numerosos casos célebres, y en no pocos el delirio acaba en un drama cuando el afectado es llevado, por celos o por despecho, a cometer actos límite y criminales, incluso homicidas.

Aun cuando no se produzca la ensoñación erotomaniaca, y no se espere reciprocidad por parte del objeto amado, este apasionamiento unilateral puede alcanzar magnitudes colosales e influir y afectar la vida entera del individuo, que llega un momento en que sólo sabe vivir para su fantasía. La mayoría de las figuras connotadas que despiertan tan exacerbados sentimientos, no hace falta decirlo, son actores o actrices. También cantantes o deportistas, por supuesto, pero en número, grado e intensidad menores, creo.

Por supuesto es el cine el vehículo privilegiado a través del cual se cultiva y disemina tal obsesión. Existe una multitud de espectadores que erigen a un intérprete como ídolo, en sentido estricto del término, y del que se vuelven feligreses, adoradores fanáticos, también en sentido estricto, y ven sus películas una y otra vez, gozándolas o sufriéndolas siempre con la misma intensidad, si no aumentada. La aparición de los videos caseros no ha hecho sino aumentar y favorecer esta tendencia, que ya existía, sin embargo, desde los inicios mismos del cinematógrafo.

En esta forma particular del amor fantasía se producen diversas variantes y formulaciones. Una de las más frecuentes es aquella en la que en la mente del sujeto afectado se produce una mezcla y confusión entre intérprete y personaje. De esta manera son miles las mujeres en el mundo que están locamente —nunca mejor dicho— enamoradas de Humphrey Bogart en Casablanca o de Peter O’Toole en Lawrence de Arabia. Y no sólo han visto cientos de veces las respectivas cintas (no exagero en absoluto), sino que poseen colecciones ingentes de todo tipo de textos, objetos y materiales alusivos. De la misma manera son una auténtica cohorte los amantes de la Ninotchka de Greta Garbo, o de Natalie Wood en Esplendor sobre la hierba.

Podría enumerar muchos más ejemplos de actores y personajes de culto, pero me limitaré a uno solo al que conocí personalmente. Peter Graham fue un apasionado adorador de Orson Welles y de su Ciudadano Kane. Lo tenía y lo sabía todo acerca de ambos. Hasta que un día el destino lo cruzó con el mito en persona en el aeropuerto de Los Ángeles. No podía creer a sus ojos. Tembloroso y  balbuceante logró acercarse a él: “Mister Welles...”. El imponente actor con la mano en la que sostenía el infaltable puro, sin voltearse siquiera a mirarlo, de un manotazo lo hizo a un lado: “Out of my way!”. Ahí terminaron, al mismo tiempo, el amor y la locura. Y es que la realidad es dura. Los sueños, es sabido, son mucho más afables y confiables.

Sin embargo, la mejor ilustración, precisamente cinematográfica, del amor fantasía, la representa el film La rosa púrpura del Cairo, que le conmino enérgicamente a ver, cinéfilo lector. Tanto si ya la conoce como si no. Da igual. Es una auténtica obra maestra. En ella, ese  hechicero del celuloide que es Woody Allen tejió una fábula embriagante y luminosa, de una belleza y precisión inverosímiles.

Para alcanzar sus intenciones ocupó nuevos y temerarios elementos retóricos narrando un romance asombroso. Diseñó ingeniosos enredos conyugales inusuales obteniendo circunstancias hábilmente orquestadas mediante esas sutiles estratagemas suyas. Generó resonancias al narrar determinados interludios cómicos haciéndolos ambivalentes.

Al discurrir sobre tan sugerente fenómeno, no puedo no preguntarme si a fin de cuentas el verdadero amor, el amor real, el de carne y hueso, el de piel, miradas y palabras, no será también una fantasía, esta vez recíproca y compartida. Una fantasía a dos.

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