El rey desterrado

Se produjo el regreso de la gran ausente, Cuba, que había sido excluida desde 1960.

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Marcelino Perello 12/02/2014 00:00
El rey desterrado

Es intolerable. ¿Considera usted, amable y comprensivo lector, que alguien pueda estar al mismo tiempo indignado y desconsolado? Si alguna duda pudiera quedarle de que ambos sentimientos son perfecta y demoledoramente compatibles permítame informarle que ese es exactamente mi caso ahora. Desde hace una semana los dos habitan en mí, en simbiosis no sé si armónica, pero a todas luces sustentable.

Es intolerable y, sin embargo, lo tolero. Lo toleramos. Nuestras defensas y nuestra resistencia a los disgustos y a las decepciones nos han dotado de una inmunidad especial que no deja de ser deplorable. Desde hace cierto tiempo, en la actualidad informativa, en tal o cual dominio, las buenas noticias acostumbran a limitarse a que no haya malas noticias. El terreno deportivo no es una excepción.

El 2 de este mes se inició, como cada año por estas fechas, la hermosísima y emocionante Serie del Caribe. Se trata de la más importante competencia internacional de beisbol en el mundo. Al menos eso fue durante muchísimos años antes de que apareciera el llamado “Clásico Mundial”, que resultó ser tristemente efímero y los intereses mezquinos de los mercachifles del deporte en Estados Unidos lo condenaron a la desaparición. Ello aunado a que su soberbia insolente fue malherida en las tres ediciones que la justa conoció.

Ellos, que se consideran los padres y el non plus ultra indiscutido de la pelota caliente en el planeta, fueron despiadadamente humillados. El mejor resultado que pudieron obtener fue un modesto cuarto lugar en 2009. Eso calienta. Así que decidieron darle cran. Y se lo dieron.

De modo que el ya legendario torneo caribeño vuelve a ocupar el sitial de honor. No hay mal que por bien no venga. Esta vez la competencia tuvo lugar en la isla Margarita, en la República Bolivariana de Venezuela. Participaron cinco equipos. Resulta inexplicable la ausencia de selecciones importantes, como las de Colombia o Panamá. Y la de Estados Unidos, que también son Caribe y también saben beisbol, lo que sea de cada quien, aunque en ninguna de las ediciones en las que sí participaron ganaron.

En cambio, se produjo el regreso de la gran ausente, Cuba, que había sido excluida desde 1960 (por razones escandalosamente obvias), cuando jugaron y ganaron el torneo los Elefantes de Cienfuegos (reconocerá usted, jocoso lector, que el nombrecito se las trae; no parece el más adecuado para una novena, pero por lo visto eso no les impidió barritar y ganar). Dicho sea de paso, hasta ese momento Cuba había ganado cinco series al hilo.

Así pues, la emblemática isla venezolana se vistió de fiesta. Y la vivió. Pero resulta, ay, que a los aficionados mexicanos al beisbol nos fue vedado presenciarla. Por razones tan incomprensibles como inaceptables, la justa no fue transmitida por ninguna de las televisoras que operan en México. Si tal omisión es revoltante, resulta agravada por la falta total de explicaciones acerca de tal enormidad.

El atropello resulta tanto más inaudito por el hecho de que fue precisamente el representativo mexicano, los Naranjeros de Hermosillo, los que ganaron la serie (observe, desconcertado lector, y a modo de endulzar el trago amargo, que por unas de esas machincuepas insólitas de la geografía deportiva, la urbe sonorense, enclavada en pleno desierto de Gila, resultó finalmente caribeña. Enhorabuena). De las últimas cuatro ediciones, los representativos mexicanos han ganado tres. Y no son habas, se lo aseguro.

Sin duda la causa de tan desoladora calamidad reside, por una parte, en que ninguna de las compañías televisoras de México decidió adquirir los derechos de transmisión que deben haber costado una cifra incosteable, el oro y el moro. Sea como fuere, cosas lamentables como ésta no deberían ocurrir. No deberían poder ocurrir. Sin duda la responsabilidad principal recae sobre el propietrario de esos derechos, sea quien fuere, y su cicatería constituye una auténtica ofensa, una vejación inadmisible a los millones de fanáticos, hoy desilusionados e inconsolables, con los que cuenta el Rey de los Deportes en nuestro país.

No quiero meter la ley en este berenjenal, y se ha de haber producido una trabazón irresoluble entre los intereses de unos y otros, de acuerdo, pero los empresarios y los altos funcionarios de las empresas mediáticas debieron haberlo sabido desanudar, y no sencillamente renunciar a la transmisión.

Para librar el impasse tenían otras salidas al buscar simplemente un recurso de operación simultánea. Varios arbitrajes legales establecen normas menos ásperas de resolver esa situación. Voces independientes contemplan alternativas, negociando opciones seriamente establecidas habrían alcanzado grandes audiencias, brindando oportunamente las actividades sobresalientes. El silencio unánime sobre tales eventos deportivos extraordinarios lastima a multitudes ordinariamente receptivas de esos momentos irrepetibles volviéndola incluso decididamente apática.

Sin embargo, existe otro factor que no debería pasar inadvertido a ningún aficionado a los deportes, mínimamente atento al acontecer propiamente deportivo y mediático. Y es el papel del todo monopolista y excluyente que se la ha otorgado al futbol. El soccer es también un juego bello y apasionante, qué duda cabe. Pero la granizada futbolera, permanente y avasalladora a la que estamos sometidos, resulta indiscutiblemente indigerible. El 90% del tiempo y de los espacios deportivos están ocupados por el futbol. Por el juego en sí y por todo el mundo artificioso y un poco ridículo que lo rodea.

El futbol me gustaba mucho, se lo juro. Pero me temo que cada vez me gusta menos. Por unas razones y por otras. Digamos que he de estar como intoxicado. Sobredosis. Se ha vuelto un deporte caníbal, que devora y no deja vivir a sus congéneres, las otras disciplinas. Es, para utilizar un símil edificante, una especie de eucalipto. Es un árbol encantador, aromático y majestuoso, pero no permite que ningún otro árbol o planta alguna crezca cerca de él y le haga competencia. En eso se ha transformado el futbol. El deporte eucalipto. Caníbal.

Se ha producido sin duda una malformación del gusto y las inclinaciones de la afición. Parece haberse olvidado que el verdadero deporte nacional en México es el beisbol. Es el único que se juega sobre todo el territorio, desde Mérida a Tijuana. Y tengamos en cuenta las dificultades inherentes a su práctica, desde el tamaño del terreno hasta el costo del equipamiento.

A pesar de todo el beis conserva sus fueros. Y, en parques, llanos y descampados, mantiene contra viento y marea su vigencia y pleno vigor. El beisbol sigue siendo hoy el Rey de los Deportes. Pese a todos aquellos que han pretendido desterrarlo.

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