Pete

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Marcelino Perello 05/02/2014 00:00
Pete

El tiempo es una sustancia extraña. Hace muy poco lo dije en este espacio. Es viscoso como el aceite y hace grumos como el engrudo. Y hace menos tiempo aún me referí al campo de concentración que los gringos tienen instalado en su base naval de Guantánamo. Fue en ese contexto que aludí al hermosísimo y evocador son cubano que pone música a las conmovedoras cuartetas de José Martí. Y no dejé de mencionar —era obligatorio— al enorme músico y luchador estadunidense Pete Seeger, que lo armonizó, lo adaptó, lo dotó de una significación muy especial e inequívoca, y lo hizo célebre en el mundo entero. Guantanamera.

Hoy, apenas tres semanas después, Pete Seeger ha muerto. Al plasmar aquellas líneas no podía yo sospechar que la parca ya lo esperaba en la esquina, o más bien que era él quien la esperaba. Aunque sí podría haberlo sospechado, pues Seeger estaba a punto de cumplir 95 años, y todos y todo nos morimos siempre de golpe.

Ese hombre asombroso y estremecedor habrá dejado una herencia inconcebible, difícil, si no imposible de asumir y de hacerla vivir y redituar. Los tiempos no son propicios. Y los seres de su estirpe se extinguen. Son muchas las facetas que ese personaje deslumbrante nos lega. Y no es fácil repasarlas con un mínimo de fidelidad en las tres o cuatro cuartillas de que dispongo. Debo tristemente conformarme con enumerarlas y bosquejarlas.

Cualquier enciclopedia o ensayo biográfico dirá que Pete Seeger fue un músico. Y tal etiqueta le quedará descorazonadamente corta. El nacido en Patterson, junto a la Gran Manzana, fue mucho más que eso. Lo que no quiere decir que no lo haya sido también y de manera absolutamente relevante.

En ese registro cultivó de manera permanente e incansable tres disciplinas hermanadas pero bien diferenciadas. Fue compositor, intérprete y recopilador de canciones y melodías populares de todo el mundo. Sus composiciones son todas, sin excepción, maravillosas. A unos les gustarán más unas y a otros otras, pero todas son bellísimas. Entre las más conocidas y socorridas, aparte de la propia Guantanamera, se cuentan piezas inolvidables e imprescindibles como We Shall Overcome, If I Had a Hammer, Little Boxes, Where Have All the Flowers Gone? o Turn, Turn, Turn. Pero además fue el principal divulgador de muchas otras.

Debe ser considerado el padre, el factotum del movimiento folk moderno. No sólo en Estados Unidos. Junto con sus colegas, contemporáneos y continuadores, otorgó lustre, presencia y dignidad a ese género otrora menospreciado y relegado. La pléyade magnífica que integran figuras como Woody Guthrie, Alan Lomax, Bob Dylan, Joan Baez o Peter, Paul and Mary no cesó de reconocer el papel central que jugó Pete en la conformación de ese movimiento. Le rindieron pleitesía en vida y no cesarán, sin duda, de agradecer su aporte, mucho después de su ausencia física.

En otro plano, como intérprete, fue absolutamente fascinante.  De un brillo, intensidad y colorido sin igual. Acompañado siempre y únicamente de sus cuerdas, banjo o guitarra. Hipnotizó a los cientos de miles de privilegiados que lo vimos cantar, y cautivó a los millones que sólo lo escucharon. Grabó nada menos que medio centenar largo de long plays y cede’s independientes y más de una treintena de recopilaciones. Existe también algún video, tanto de su última etapa como de antiguas filmaciones digitalizadas. Si al oír una melodía tiene usted la duda de si la interpreta Pete Seeger o no, significa que no se trata de Pete Seeger. Es inconfundible.

En el tercer dominio fue un verdadero gambusino musical. Encontró auténticas joyas ocultas en los más recónditos rincones del planeta. Desde Japón a Perú, desde Kenia a Irlanda y Noruega. Las retomó, las aderezó y las brindó al mundo. Nos las regaló. Fue universal y universalista. Sin duda no fue un hombre de mundo, en el sentido aristocratizante y presuntuoso del término, pero sí un hombre del mundo, en sentido pleno.

Y es esa su universalidad la que nos lleva de la mano directamente a su segunda cara, la de quien nunca tuvo, por nada del mundo, dos caras. La de luchador irredento por la justicia y la libertad de las personas y pueblos de la Tierra en todo lugar, tiempo y circunstancia. Fue un internacionalista fervoroso. En esa condición se enroló en las Brigadas Internacionales que lucharon en defensa de la malograda República Española. De su participación ahí, dicho sea de paso, nace probablemente el más bello y emocionante álbum de su discografía.

Con menos riesgo pero más tiempo e intensidad, fue un adalid inflamado de la causa de los negros en su propio país. Combatió durante toda su vida por los llamados derechos civiles y contra toda forma de discriminación racial y social. Su concierto de junio de 1963 en el Carnegie Hall de Nueva York no puede ser más elocuente en ese sentido. Consígalo, sensible y noble lector, y me lo agradecerá con lágrimas en los ojos.

Su militancia libertaria también lo hizo un combatiente feroz por la paz, con toda la intensidad paradójica de tal formulación. En particular se opuso de palabra y obra a las intervenciones militares gringas en Corea y en Vietnam, en Irak y Afganistán. Durante años recorrió el país, from California to the New York Island, reclutando adeptos para la causa pacifista y antiimperialista, y encabezó un amplio movimiento de intelectuales para modificar las leyes del servicio militar y el castigo a los remisos y objetores de conciencia.

Pete apoyó la moción altamente subversiva de emitir justamente un bando invalidando legislaciones opresivas. Visitó incontables ciudades agitando y alistando simpatizantes entusiastas interpretando notables conciertos o recitales para obtener recursos operativos, decidió extender la lucha en núcleos obreros, agrupó a los estudiantes que utilizaban ingeniosos procedimientos organizativos. Generó redes activistas nacionales entre militares objetores consiguiendo involucrar oficiales neutrales.

Conocí a Pete Seeger en Barcelona en 1980, con cierto temor de sufrir una decepción, como tan a menudo ocurre con las personalidades. No fue el caso. Pete Seeger era exactamente lo que parecía. Se mostraba tal cual, sin impostura ni afeite alguno. Fiel a sí mismo, era la congruencia personificada.

Decir que fue un hombre en toda la extensión y densidad de la palabra, y que más que excepcional fue inimitable, es sin duda hacerle justicia. Pero al mismo tiempo representa la triste evidencia de que su desaparición no encontrará remplazo digno. Su pérdida es definitiva. Algo mucho más extenso e intenso que su persona, vida y obra, se van con él. No hay consuelo posible.

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