Liberato

Hay nombres que predestinan. No cabe la menor duda.

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Marcelino Perello 29/01/2014 00:58
Liberato

                A los que lo supieron.

Hay nombres que predestinan. No cabe la menor duda. No soy afecto al pensamiento mágico, y de hecho desde mi soberbia racionalista lo combato y sigo combatiendo. Pero hay evidencias ante las que me tengo que rendir. Y desde hace años he renunciado a explicarme lo inexplicable. Hay nombres que predestinan. No cabe la menor duda.

Conozco varios ejemplos, tanto en el dominio público como en el privado. Pero hoy los paso por alto. Hoy me referiré sólo a uno de ellos. Tal vez el más notable y llamativo. Yo no sé cómo a aquel insólito gambusino y a su mujer, perdidos entre los espesos bosques y el laberinto de riachuelos que pueblan la sierra duranguense, allá por San Ignacio Tamazula, donde el viento da la vuelta, se les ocurrió ponerle ese nombre a su hijo. Vaya usted a saber de dónde lo sacaron. Pero el hecho es que ese decidieron y ese fue. Y el pequeño recién nacido, así se llamó entonces y así se llamaría a lo largo de la intensa y pródiga vida que lo esperaba. Se llamaría Liberato.

Y aquel pequeño Liberato acabaría convirtiéndose en el gran Liberato. Fiel a su nombre de pila, encadenado al Registro Civil —y no sé si también a la Fe de Bautismo— fue, sin flaqueza alguna, un hombre libre. El arquetipo de la libertad. Y más que además, por eso mismo, dedicó esa vida íntegra, con pasión, sensatez y sabiduría, a la libertad de los demás. A la liberación de sus congéneres y semejantes. Aunque déjeme que le diga, querido lector, que semejantes, lo que se dice semejantes, a ese hombre único hay pocos, si alguno.

La parca anda suelta. Y esta columna que se quiere si no necesariamente alegre, sí gozosa, estas últimas semanas corre el riesgo de convertirse en un obituario. Pero la muerte no puede ser pasada por alto. Es sabido. En su impertinente contundencia y definitividad es por antonomasia aquello que no puede ser ignorado. Y hay muertes más insoportables que otras, que, más que otras, no pueden ser pasadas por alto.

Liberato Terán, mi amigo y compañero, mi camarada y mi cómplice, mi alter ego, dejó de respirar hace exactamente una semana. Hace meses que había dejado de vivir, pero la llama se apagó del todo apenas ahora. Murió ahí, en su Culiacán amado, permanente e indispensable, rodeado, de cerca y de lejos, por el cariño y el desconsuelo de quienes lo supimos, admiramos y quisimos.

Se fue como si nada, con esa discreción distinguida que lo caracterizó en vida. Sin ninguna estridencia ni sobresalto. Simplemente se extinguió. Con la desconcertante modestia con la que vivió ese hombre complejo y exuberante. Y con él muero también yo un poco. Una parte de mí se va con él. Somos muchos, lo sé, los que morimos la muerte de Liberato.

Lo conocí hace casi medio siglo, cuando llegó a la Ciudad de México a participar en un encuentro de estudiantes comunistas agrupados en la legendaria CENED, Central Nacional de Estudiantes Democráticos, la organización amplia en la que nos cobijábamos los jóvenes militantes de la semiclandestina Juventud Comunista de México. Inmediata y extrañamente se estableció entre nosotros un vínculo estrecho que ya no se disolvería ni aflojaría. Y digo extraña e inmediatamente porque Liberato no era una persona especialmente mundana y extrovertida. Todo lo contrario, fue siempre muy reservado. Que no quiere decir tímido o introvertido. Para nada. Su reserva y su prudencia fue, sin precaución alguna, generosa, cálida y pródiga.

Tecleo estas líneas con dificultad. Con varias dificultades sobrepuestas diría yo. Una de ellas ciertamente la de encontrar la manera de ofrecer una imagen, una semblanza, aunque parcial, elocuente de ese hombre incomparable, finalmente indescriptible. Opto por escoger, titubeante, algún pasaje de sus andanzas que ilustre un poco esa combinación de temple y ternura que lo constituyó. No es fácil. Fue de aquellos personajes que más que un currículum poseyeron una biografía. En toda la densidad del término.

Aunque parezca extraño —y lo parece porque lo es— escojo, entre tantos y tantos episodios memorables, uno que no viví yo personalmente, sino que me fue relatado por nuestro gran y común amigo Joel Ortega, cronista imprescindible. Se encontraban Liberato y él en calidad de dirigentes comunistas, en gira oficial a la URSS. Entre los sitios que los llevaron a visitar se encontraba una escuela primaria de Moscú.

En tal calidad dirigieron algunas palabras de saludo a los niños, que el intérprete se encargó de traducir. Pero al saber de dónde venían, los alumnos y maestros pidieron entusiasmados que les cantaran una canción mexicana. Ni uno ni otro se caracterizaban por sus dotes melódicas, pero era imposible negarse. Había que solventar el trance. Joel, astuto, le enjaretó al pobre Liberato la responsabilidad, y éste, disciplinado, escogió y entonó una canción. Les cantó nada menos que Los cochinitos dormilones de Cri-Crí. Tal cual. Ya no recuerdo si también fue traducida al perplejo auditorio. Ese era Liberato.

A los sinaloenses les cuesta mucho viajar. Son tal vez los más sedentarios y arraigados de todos los mexicanos. Alguna vez dije y escribí que Sinaloa era una isla. Atrapada entre el mar, el desierto y la montaña, pero sobre todo por el apego enfermizo a la tierra de sus pobladores. Sin embargo, mis encuentros con Liberato, a lo largo de los años y los decenios, se produjeron en los más diversos rincones de este mundo ancho y que para él nunca fue ajeno.

De la Ciudad de México a Bucarest, de París a Barcelona, pasando por supuesto por Culiacán. Y era, créame, un auténtico goce ver la manera como este fino intelectual, ardiente revolucionario, descubría y devoraba ávido sus entornos hasta entonces desconocidos, y cómo los hacía suyos. Sus observaciones, impresiones y reflexiones, habladas y escritas, me han acompañado siempre más. Y sin embargo no consigo sacudirme de encima la triste sensación de que quienes lo rodeamos nunca aprendimos lo suficiente de él. Ni el qué ni el cómo. No supe, no pude. No era fácil.

Para aquilatar su acendrada riqueza afectiva necesitamos considerar obviamente su asombrosa sencillez, ponderar aquel rigor ecuánime casi exagerado. Vivió intensamente cada acontecer sin emplear aspavientos cursis luciendo aquella reciedumbre admirable. La altiva naturaleza indómita envainada bajo la amabilidad sinaloense esculpía la espléndida vitalidad avasalladora negando toda abdicación.

Yo no sé cómo voy a hacerme a la idea de que allá lejos, en su tórrida y amada Perla del Humaya, no está más Liberato. Su presencia era la prueba tangible de que otro mundo era posible. Y de que éste, pese a todo, era vivible y prometedor. Hoy esa presencia se ha vuelto recuerdo y pervivencia. No tengo más remedio que aferrarme.

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