La montaña que ya no es mágica

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Marcelino Perello 28/01/2014 01:50
La montaña que ya no es mágica

No son muchos los lectores que recordarán el Sanatorio Wald. Alguno sí. Mi inveterado optimismo me hace afirmarlo con certidumbre. Las venturas y desventuras del inquietante y conmovedor Hans Castorp siguen sin duda en la memoria y en el corazón de más de uno. Son inolvidables, junto a las de Settembrini, Clawdia y Leo, aislados del mundo, en esa arca impensable, enclavada en las cumbres níveas de los Alpes.

El sanatorio para tuberculosos se encontraba junto a un pueblecito minúsculo que si no hubiera sido por él y por la novela que lo hizo célebre en el mundo entero, difícilmente hubiera visto su nombre escrito fuera de algún mapa especialmente detallado. En estos cien años la suerte y el lugar de aquel caserío se han visto dramáticamente modificados. Su celebridad no ha disminuido, únicamente se ha trasladado de ámbito. Ha pasado del de la literatura, primero, al de los más glamorosos deportes de invierno y a las más lujosas y selectas estaciones de esquí de alta montaña.

Después, desde hará unos 40 años, por la iniciativa extravagante de un hombre de finanzas de altos vuelos, Klaus Schwab, se convierte en la sede del encuentro anual de la élite del poder económico del planeta. El festín de los amos del mundo. Esos son los tres registros, tan distintos el uno del otro, por los que ha atravesado el siglo XX de esa otrora perdida y modestísima aldea alpina. Davos.

Hace una semana, dos mil 500 personajes —celebridades, de un modo u otro— volvieron a darse cita en el tan insólito como pretencioso paraje. Para platicar, codearse y darse taco. No para otra cosa. El FEM, Foro Económico Mundial, no tiene otro formato ni otras pretensiones. No es resolutivo ni siquiera deliberativo. El puro boato al más alto nivel, en todos los sentidos de la palabra.

Se congregaron ahí esencialmente tres clases de personas: políticos —entre ellos 40 jefes de Estado—, potentados, magnates, empresarios en todos los terrenos y en todos los estilos, con un solo denominador común: los morlacos. Y, finalmente, la tercera categoría, la de los pobres: los economistas, analistas y demás estudiosos del terrible universo y complejísimo mundo del dinero. Para decirlo sin eufemismos ni vaguedades, del reino del capital y el crédito, que son sus dos componentes esenciales, por no decir únicos.

A la convocatoria asistió el Presidente de México. No necesariamente para ofrecer una determinada imagen de nuestro país ni para invitar a los inversionistas de allende nuestras fronteras a tenernos presentes. Aunque esa haya sido la excusa formal, los grandes capitalistas y sus asesores están perfectamente informados de las condiciones políticas, sociales y económicas de nuestra nación, como las de todas las del mundo. Para eso cuentan con un verdadero enjambre de scouts y consejeros especializados en cada una de ellas y en cada renglón. Saben bien a qué aspiran y a qué atenerse. No necesitan que ningún funcionario, por alto que sea su nivel, los venga a poner al corriente.

A pesar de ello, la sola presencia del presidente Peña en Davos es importante. Habla de una cierta disposición, de un determinado estado de espíritu, en el más terrenal de los sentidos. Finalmente no es cuestión sino de imágenes. De dar una buena imagen. De eso y no de otra cosa se trata en las fiestas, al fin y al cabo. Pero de ahí también el brete al que se enfrenta.

Los hombres de Davos no se preocupan por el futuro del mundo. Los inversionistas se ocupan y preocupan por el futuro de sus fortunas. Y los políticos y los economistas se preocupan por el futuro de las fortunas de los inversionistas. Si hay algo que no caracteriza la lógica y la dinámica de los negocios es precisamente la generosidad y el altruismo. La regla de Juan Pirulero, que cada quien atienda su juego. Y esa es la consigna que desciende por las laderas de aquellos escarpados riscos.

Los poseedores del dinero —no le quepa la menor duda, preclaro lector— lo van a meter donde mejores garantías tengan de su crecimiento cual gusanos búlgaros. Donde haya “mejores condiciones” y altos rendimientos. Léase: bajos salarios y menores impuestos, poca presencia sindical y de escasas pretensiones, y, last but not least, mayor estabilidad social y seguridad pública. Así pues, seducirlos y atraerlos implica “ponerse bien”. De a pechito. Los países aspirantes están obligados, pues, a verse lo más atractivos y obsequiosos posible.

Prometen utilidades lucrativas con reducidas obligaciones y además conceden importantes canonjías a los amos del oro. Vinculan inversiones con adjudicaciones, instauran mínimas prestaciones laborales auspiciando contratos abusivos bajo leyes elásticas, menoscaban el desarrollo estratégico justificando oscuros regímenes empresariales ligados únicamente con intereses estípticos nutriendo tentaciones especulativas.

Ese es el predicamento de quienes cifran sus esperanzas en la perversa maquinaria del capital. El nudo gordiano que se hace y deshace allá arriba, en las heladas cumbres de esa montaña que ha tiempo dejó de ser mágica.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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