El exiliado

El conflicto puede ser leído como una confrontación entre España y Cataluña.

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Marcelino Perello 22/01/2014 00:28
El exiliado

A Bárbara y a Jordi.

A David, Nuria y Laura.

En su nueva soledad.

 

El encarnizado enfrentamiento que tuvo lugar entre republicanos y franquistas entre 1936 y 1939 representa probablemente el último gran combate idealista e ideológico de la historia. La última guerra romántica. En ese sentido, es la última verdadera guerra. Y que, para desgracia de esa misma historia, la perdieron los buenos. Es decir, la perdimos nosotros. Todo habría sido distinto si el desenlace hubiese sido el opuesto. El destino del mundo se hubiera visto definitiva y felizmente trastocado. Nada de lo que ocurrió después en el mundo habría tenido lugar. Hubieran pasado otras cosas, pero ésas, las que pasaron, no.

Siempre que me refiero a aquella conflagración lo hago en los siguientes términos: la mal llamada guerra, mal llamada civil, mal llamada española. Ya expliqué aquí mismo esta denominación que acuño y en la que insisto. Pero hace muchos años, y es tal vez un buen momento para volverlo a aclarar.

En primer lugar, no se trató de una guerra estrictamente hablando, al menos no del todo. Fue antes que nada una revolución. La revolución socialista que tuvo lugar en Cataluña y que fue aplastada por los fascistas. En segundo lugar, eso de civil no se lo cree nadie. “¡Sí llega a ser militar..!”, se exclamaba mi tío Paquito. Y en efecto, al menos desde 1937 se enfrentaron dos ejércitos en forma, dos formaciones militares con todos sus atributos. Y tampoco puede ser considerada civil en el sentido comúnmente utilizado de que no se enfrentó una nación contra otra, y de que las fuerzas beligerantes pertenecían a un mismo país.

Estas dos connotaciones desembocan directamente en el tercer equívoco. En la lucha participaron varias naciones. Las cuatro que integraban, y que de momento siguen integrando el Estado Español: Galicia, el País Vasco, Cataluña y España propiamente dicha. Y es preciso no olvidar que en el bando fascista combatieron alemanes, italianos y marroquíes. Y los republicanos contaron con el aporte de milicianos voluntarios venidos de todo el mundo, en particular las célebres Brigadas Internacionales.

Además, sobre todo, el conflicto bien puede ser leído en realidad como una confrontación entre España y Cataluña. Los golpistas de Franco se levantan en contra de los dos intensísimos procesos que tienen lugar en el País Catalán: el irreductible movimiento de liberación nacional en busca de la independencia, y la revolución social encabezada por anarquistas y marxistas. Tan sencillo y tan complejo.

Sin embargo, fue en medio de ese horror que surgieron los episodios más luminosos y emocionantes que un conflicto armado pueda enmarcar. Así suele acontecer. El romanticismo, cuando es auténtico, no sólo no es ridículo sino que representa la más noble, hermosa y conmovedora faceta de la condición humana. Uno de los capítulos más emocionantes fue sin duda el protagonizado por la solidaridad del gobierno y el pueblo de México con los luchadores republicanos. Su ejemplo enaltecedor brilla por encima de la mezquindad artera que dominó el comportamiento de tantos y tantos países y políticos de entonces.

Fue gracias a ese apoyo que un joven poeta catalán pudo desembarcar y guarecerse en esta cálida y hospitalaria tierra. Joaquim Torres y su bisoña esposa Montserrat se vieron obligados a rehacer sus vidas al otro lado de la Mar Océana. Para fortuna suya en estos lares de promisión pudieron hacerlo de la mejor manera. Sin dejar de ser profundamente catalanes se volvieron apasionadamente mexicanos. Primero de corazón y luego de pasaporte.

A pesar del trato generoso y amistoso de que gozaron, los primeros años no fueron coser y cantar, ni para la joven pareja ni para el resto de las decenas de miles de exiliados. Los contrastes, divergencias y contradicciones que vivió allá la República se vieron reproducidos aquí. Con el agravante añadido de la no tan sencilla adaptación a una sociedad no tan similar. Los primeros intentos de aglutinar las diversas colonias de aquella diáspora abigarrada resultaron realmente difíciles. Para los adelantados la confusión y las dificultades fueron mayores. Las cosas no pintaban fáciles para ellos.

Pero otros refugiados visionarios emprendieron nuevas iniciativas realmente alentadoras logrando establecer grupos republicanos estables, promovieron reuniones organizativas más incluyentes sin omitir reconciliar interpretaciones opuestas, retomaron antiguos debates incorporando aquellas nuevas temáticas emergentes. Varios intelectuales comenzaron a lanzar obras importantes logrando una mayor incidencia notablemente acentuada.

Entre ellos se contaba Joaquim. No pasarían muchos años antes de que su pluma sabia y sensible empezara a colaborar de manera regular e infaltable en las páginas del rotativo más importante de México, Excélsior, que ya era El Periódico de la Vida Nacional. Los más veteranos y memoriosos de mis lectores recordarán sin duda las cautivadoras y sugestivas columnas de Pau Delmón. Ese fue el significativo seudónimo que eligió Torres para sus textos periodísticos. Pau en catalán, además de ser el equivalente a “Pablo”, el más bondadoso de los apóstoles, también significa “paz”. Y del món quiere decir “del mundo”. Paz del mundo. Todo un autorretrato en tres palabras.

Tanto en el matutino, en su espacio Mensajes Humanos como en el vespertino Últimas Noticias, Joaquim/Pau compartió sus reflexiones siempre agudas, siempre amables y elegantes, acerca del acontecer cultural, nacional e internacional. Acendrado humanista, hombre de una moral inquebrantable que no opacaba su ternura desarmante, Torres fue hasta sus últimos momentos fiel a sí mismo. La fidelidad capital. Sus dos grandes compañeros de viaje, el amor y el humor, no lo abandonaron nunca.

Dentro de unas semanas se cumplirán exactamente tres cuartos de siglo de aquella magnífica derrota y del inicio de la tan fecunda hégira. Y hoy, cuando Pau Delmón ha dejado de escribir y Joaquim Torres de leer, cuando su sonrisa contagiosa y su mirada penetrante ya no están más entre nosotros, quiero erigirlo en el emblema perfecto de aquella gesta inigualable, de ese exilio pródigo e incomparable.

Pau Delmón no habrá llegado a ese promisorio y exaltante, inminente, 8 de noviembre de 2014 en que Cataluña, su entrañable y lejana patria, tal vez recuperará su libertad perdida hace precisamente 300 años. Si los hados son propicios, ese día pensaré una vez más, de manera especial, en ese exiliado, en ese hombre de integridad y temple ejemplares.

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