La pesadilla consentida

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Marcelino Perello 21/01/2014 01:58
La pesadilla consentida

No sé cómo decirlo y no ceso de decirlo. La actualidad es una puta. Pasa por las manos de todos, cautiva un rato y así como viene se va. Es desechable. O mejor dicho, vuelve desechable el acontecer. Lo que no aparece en las páginas de los periódicos o en los espacios de los noticieros simplemente no existe. No importa la magnitud o el interés de lo que acontece sobre la corteza de este viejo globo. Si la prensa no habla de ello es pura y llanamente como si no ocurriera. Excepto claro para quienes lo protagonizan y padecen. Pero esos no cuentan.

La que importa es la mentada opinión pública. Si la actualidad es una meretriz, el público, la opinión pública, es el cliente. Voluble, frívolo y exigente. Reclama sin cesar carnaza fresca. Y quienes pretendemos gozar de su atención no tenemos más remedio que servírsela, a riesgo de ser arrumbados, también, junto con las noticias gastadas, en el rincón de los trebejos usados e inservibles.

Y no es necesario decirlo pero igual lo digo: no todo lo olvidado y silenciado carece de trascendencia. Ni mucho menos. A veces, paradójicamente, es incluso su relevancia mayúscula la que lo condena al abandono. Hay hechos y situaciones que por intensos se vuelven incómodos o de plano insoportables.

Es el caso, cruento caso de Guantánamo. Hoy ya serán pocos los lectores a los que ese nombre evoque el melodioso y perfumado son cubano cuya adaptación, con versos de José Martí, hizo célebre en el mundo entero el gran e imprescindible Pete Seeger. De manera casi unánime, hoy ese nombre se asociará al enclave que los Estados Unidos mantiene secuestrado en la Perla del Caribe, desde la independencia de la República de Cuba en 1898.

Ahí funciona una base naval y, en ella, desde hace exactamente 12 años, el siniestro campo de concentración que por órdenes del no menos siniestro George W. Bush se instala, y en el que el imperio mantiene secuestrados a un número indeterminado de personas asociadas, que ellos asocian, a lo que ellos llaman terrorismo. Que quede del todo claro, no se trata de una prisión militar, ni de una cárcel de alta seguridad, ni de un campo de prisioneros de guerra. Es campo, sí, pero de concentración, en el más escalofriante sentido del término. Semejante a los que instalaron los nazis en el centro de Europa hace casi 80 años. Es más pequeño, digamos, pero en más de un aspecto bastante más tenebroso.

Nadie sabe exactamente qué sucede ahí ni quienes se encuentran ahí confinados. A excepción de los propios carceleros, y ni siquiera ellos lo han de saber del todo. Los pocos, fragmentados y cautelosos testimonios que han conseguido ver la luz ofrecen una visión que haría temblar el pulso al propio Dante Alighieri. Los presos, que no son presos, son mantenidos permanentemente encadenados y encapuchados. Enterrados vivos en celdas de acero de dos metros cuadrados sin ventanas durante 22 horas diarias. Las dos restantes pueden y deben “pasear” en fila india, encadenados y encapuchados, alrededor de un único patio de 8x9 metros.

Son sometidos de manera sistemática a sesiones de tortura llamadas eufemísticamente “interrogatorios”. Existen algunos relatos, de sobrevivientes, e incluso de un propio celador arrepentido y asqueado, que las medio describen. Yo, por mi parte, aquí y ahora, renuncio a reproducirlas. Por falta de espacio y de temple. Por ignorancia, y por simple buen gusto. De todas maneras, si tiene usted el hígado y el impulso malsano suficiente, no le costará encontrarlos en internet.

Algunos de los recluidos, que no reclusos, permanecen ahí desde su “fundación”, desde hace más de una década. Y, aniversario por aniversario, ayer 20 de enero se cumplió exactamente un lustro de la primera elección a la Presidencia de Estados Unidos de Barack H. Obama, cuyo principal estandarte de campaña fue precisamente la clausura definitiva de la sombría ergástula. Tal estandarte, lo sabemos todos, ha tiempo fue arriado. “Que siempre no se pudo”, sin más explicaciones. Finalmente, deberemos reconocer que Obama no es más que un figurante, que un portavoz políticamente correcto de los poderes reales que rigen el destino de su país y del mundo. De otra manera, el presidente mulato podría arreglárselas para medio salir del paso.

Podría ofrecer salidas airosas que utiliza invariablemente, tomar resoluciones inteligentes sin trastocar el andamiaje normativo de operación. Mejor intenta ajustar medidas ambiguas de acción ante nuevas denuncias acreditando maquillajes a las ilegalidades terriblemente afrentosas, y no orquesta medidas enérgicas de eficacia jurídica auténtica con una influencia decisiva al reconocer las atrocidades.

Nada de todo ello sucedió ni sucederá. El infierno de Guantánamo sigue ahí y seguirá, como un estigma marcado al fuego en la conciencia del género humano. Es tal vez la más hiriente de las realidades olvidadas, ocultas. De las noticias que ya no son noticia. Un resquicio de la Baja Edad Media incrustado en esta nuestra deplorable actualidad. Una vergüenza no sólo para los gringos sino para la humanidad entera. Una realidad que debería ser insoportable si no fuera porque, a todas luces, la soportamos con bastante garbo. La pesadilla consentida.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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