La tregua

En la casa quedará un vacío extraño: el lugar que ocupaba el árbol.

COMPARTIR 
Marcelino Perello 08/01/2014 00:00
La tregua

Ahora sí, bien podemos decir que terminó. La gran celebración lánguida y alegre de las Navidades, así en plural, llegó a su fin. Al menos en estas latitudes. Mañana desvestiremos a Pachón, el noble abeto —noble por partida doble, por su presencia imponente y por su variedad taxonómica— que nos hizo grata y cálida compañía durante todos estos días. Sus adornos volverán a las cajas y al fondo del clóset. Reaparecerán si Dios quiere, y más le vale que quiera, dentro de once meses para engalanar a su sucesor, esperando pacientemente que la Tierra dé otra vuelta completa en torno al Sol.

En la casa quedará un vacío extraño: el lugar que ocupaba el árbol. Habrá surgido ahí una falta, en el sentido lacaniano del término. Una ausencia que no existía antes. Aparecerá una nueva nostalgia. El pino que nos acompañó durante las últimas tres o cuatro semanas, las más entrañables de todas, en las que se habrá convertido habitante más del hogar, hallará su segunda muerte.

Déjeme decirle algo importante, sensible lector: si usted este año tuvo un abeto en su casa —ya sea cerca de la ventana, para darse taco y alegrar el corazón de los transeúntes, o en un rincón reservado para disfrute exclusivo— por lo que usted más quiera, por amor a ese pino y todo lo que significa, simplemente por buen gusto, no lo tire a la basura. No hay espectáculo más deprimente que el de los camiones de limpieza, es decir, de basura, cargados de esos —ora sí— cadáveres de árbol, secos, desnudos, abandonados y arrojados, hechos inmundicia. Estaría usted convirtiendo en bazofia todo el rito y lo que implica. Navidad desechable, consumo abominable.

Si no tiene usted en casa unas buenas tijeras podadoras o un serrucho, cómprese uno chiquito. Los hay hasta por 70 pesos. Y tómese la molestia de cortarle las ramas a ese invitado (huésped y anfitrión) entrañable. Úselas como pajote en su jardín o regáleselas a quien tenga. El tronco, cortado en tres o cuatro pedazos, le servirá de combustible, o como madera rústica con tantos usos como su imaginación le brinde. Termine bien lo que empezó bien. Y si usted tiene hijos, edúquelos en el respeto, la modestia y la consideración.

Lo sagrado va más allá de lo meramente religioso. Ya comenté la semana pasada que, de hecho, la Navidad es una fiesta atávica, telúrica, antiquísima, precristiana. Los antiguos conocían “el tiempo del frío y las noches largas”, pero deberían pasar miles de años para que supieran del solsticio de invierno, y lo asociaran a la fiesta laica del Año Nuevo, al que, optimistas irredentos, nos empeñamos en llamar “nuevo” y no “siguiente”. No puedo dejar de repetir y reconocer, sin embargo, que el mito cristiano es particularmente bello y le da un sentido especial y enriquecedor a la fiesta solsticial.

Quizás la mejor ilustración del particularísimo estado de ánimo que estas fechas propician, incluso en situaciones límite, me la propone el atento lector —en los dos sentidos del adjetivo— Raúl Guerrero Bustamante. Se trata de la llamada “Tregua de Navidad”. El célebre episodio tuvo lugar la Nochebuena de 1914 en el frente de batalla de Ypres, en el norte del norte de Francia, apenas iniciada la Primera Guerra Mundial, sin duda la más cruel y sanguinaria de cuantas conflagraciones conoce la historia.

Se enfrentaban británicos y alemanes en un terrible e interminable combate de trincheras, de esos que pueden durar, y duraban, incluso años. De súbito, esa noche, y sin que nadie lo esperara, de las filas alemanas en vez de disparos surgieron acordes musicales. Los soldados entonaban villancicos. Pronto los ingleses respondieron igual. No tardó mucho en que los primeros se aventuraran al espacio entre los dos ejércitos y se abrazaran con los enemigos en plena tierra de nadie. Intercambiaron cigarrillos, aguardiente y víveres. No fueron pocos los que visitaron y pasaron la noche en las trincheras enemigas.

Al día siguiente el hechizo había terminado y la brutal carnicería reinició. No hubo castigos, pero los mandos tuvieron buen cuidado de que una tan desconcertante e inadmisible situación se volviera a producir en ninguna de las navidades que aún duraron las aterradoras hostilidades. Cada año, esa noche fue presidida por un inusual y mortífero fuego de artillería, de ambos bandos.

Ninguno de los jóvenes que participaron en tan emocionante como inverosímil acontecimiento lo olvidaría nunca. Sus vidas, si es que las conservaron, quedarían marcadas para siempre. Y esa es la excepcional disposición anímica que la Navidad convoca y que debería prolongarse y esparcirse. La Navidad es una tregua. Esa debería ser la consigna navideña por antonomasia: carguemos las pilas del espíritu. Tomemos vuelo.

Plantemos otras señales en arboledas misteriosas orientando nuestro optimismo serpenteante. Vaguemos entre rutas ocultas nutriendo ideales con atrevimiento, abrigando melancólicos algo de aquella magia infantil añorada. Es necesario entonces saber templar en nuevas utopías ese vigor original intacto navegando indómitos contra inclemencias ominosas, saber explorar atónitos aún universos nunca mancillados abrazando sueños miríficos inexorablemente alentadores.

En esta inigualada e inigualable trenza de las tres P’s, pasado, presente y porvenir, reside el perfume agridulce y embriagador del tiempo que terminó. Mezcla desconcertante de recuerdos y perspectivas, de nostalgias y anhelos. Para fortuna nuestra, para bienaventuranza de la condición humana, la Navidad, un tanto maltrecha y desfigurada, ha resistido los embates de la frivolidad mundana y conserva todavía buena parte de su embrujo cautivante.

Quiero dar por cerradas hoy mi reflexión y mi evocación de este espíritu y de esta atmósfera a través de la palabra sabia y tersa del inasible y estremecedor poeta catalán Miquel Martí i Pol. Traduzco y le cedo, reverente y conmovido, el remate. 

Tal vez Navidad es que cada quien se diga / a sí mismo y en voz muy baja el nombre / de cada cosa, masticando las palabras / con mucho cuidado, con tal de percibir / todo su sabor, toda su consistencia. / Tal vez es posar los ojos en los objetos / cotidianos, para descubrir con sorpresa / que ni sabemos cómo son de tanto mirarlos. / Tal vez es un sentimiento, una ternura / que se apodera de todo; tal vez una sonrisa / inesperada en una esquina. / Y tal vez es todo esto y, además, la fuerza / para retomar el camino de cada día / cuando el misterio se haya desvanecido, y todo / vuelve a ser triste, y lejano, y difícil.

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red