La renovación

La Nochevieja es mucho más festiva y alegre que la Nochebuena.

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Marcelino Perello 01/01/2014 00:00
La renovación

A Don Wences Romero, que no llegó al nuevo año.

No lo traté nunca.

Pero por el rastro ejemplar que dejó en este mundo, lo quiero y lo admiro.

Y precisamente hoy escojo recordarlo.

 

Cuando usted lea estas líneas, entrañable lector, yo las habré escrito el año pasado. El primero de enero, según el antiguo canon cristiano, corresponde al cuarto día de la Navidad, de los seis que se le atribuyen. Hoy se celebra la circuncisión de Jesús, una semana exacta después de su advenimiento al mundo. Es un hecho que el papado y su grey prefieren pasar por alto, como quien no quiere la cosa, pues nos y les recuerda que a final de cuentas el Redentor, el Hijo del Hombre, era judío. Lo cual no deja de ser un desagradable inconveniente.

La festividad de hoy, pues, es hermana de la del 25 de diciembre. Una de las sextillizas, cuatas pero no gemelas. Ayer mismo recordaba yo en la Sección Editorial que las componentes de ambas celebraciones son afines, complementarias, sin dejar de ser opuestas. La Nochebuena convoca un sentimiento melancólico de nostalgia, en una atmósfera que se resiste, a pesar de todo, a dejar de ser de recogimiento. Aquella Navidad, afirmé, mira hacia atrás, hacia el pasado y los recuerdos. Aquella Navidad remite necesariamente a la infancia. Evoca el tiempo perdido en el que estábamos seguros de ser amados. En principio.

El Año Nuevo, en cambio, dirige la mirada hacia el futuro, hacia adelante, en dirección de la senda que nos aprestamos a recorrer, en pos de un horizonte que nos atrae. Esta Navidad es la de las ilusiones. La de los deseos y los proyectos. Con su arsenal de amuletos y supersticiones, de uvas sin semilla y calzones rojos, nos autoriza la banalidad juguetona.  Al contrario de la otra no está regida por la comunión con el prójimo, sino por la celebración en primer lugar de uno mismo, un poco a la manera de Walt Whitman. No deja de ser un tanto egocéntrica, más que egoísta.

Si la Navidad, propiamente dicha, es la Fiesta de la Sobrevivencia, la del Año Nuevo lo es de la Renovación.

Es en este mismo sentido que la Nochevieja es mucho más festiva y alegre que la Nochebuena. Su naturaleza es decididamente pagana, y retoma aquellas fiestas saturnalias de los romanos en las que, como recuerda el diligente y pertinente lector Antonio García García, abreva la tradición cristiana. La del Año Nuevo es una celebración laica, lo cual no puedo a mi vez no celebrar, pero en ese tránsito ha dejado por el camino todo su espíritu místico y vivencial, lo cual no puedo no deplorar. La de anoche, más que una festividad, fue un reventón, en muchos casos de plano un rave, en el que todo asomo de interiorización cedió el paso al embotamiento de las substancias y las estridencias.

Tal vez es por todo ello que la pachanga de anoche es para muchos más ligera y digerible que la celebración ritual de siete días atrás, porque entonces, con su mítica, y sus himnos a la bondad y a la ternura, pone sobre la mesa el problema del amor. El amor como problema. Quién quiere a quién y cuánto lo quiere. En esta cuantificación del querer juegan un papel central los regalos. Quién, cuánto. A quién quiero y quién me quiere. De ida y vuelta. La Navidad exhibe que finalmente y a menudo el amor es una transacción. Dando y dando. Reconozca, susceptible lector, que en esto reside una cuestión que difícilmente puede dejar de ser conflictiva; y que es natural que haya quien se crispe ante tal disyuntiva. Los grinch existen y están entre nosotros para recordárnoslo.

En efecto, la brutal comercialización que afecta de manera creciente e irrefrenable a la sociedad y a las relaciones entre los que la conformamos no ha hecho sino agravar este problema. Definitivamente el tema de los regalos ha envenenado la celebración ritual. A través de ellos, de los presentes obligatorios, se inocula la ponzoña del dinero. Son los mercaderes los que expulsan del templo al Cristo.

Se trata, en sentido estricto, de una perversión. El obsequio se convierte en un mecanismo de comprar afecto. De dejar en deuda. Y, más allá del mero ámbito familiar y amistoso, en los planos sociales, laborales y políticos, se vuelve el más execrable de los medios de conquistar  posiciones. El tráfico de las ubérrimas “canastas navideñas” representan el instrumento —arma y herramienta— de los aduladores, arribistas e hipócritas de toda laya.

Pocos regalos ilustran mejor el rostro obsceno de ese espíritu nefasto en relaciones obsequiosas. Muchos insignes valedores intentan mover influencias así, para obtener resultados fáciles incuban negocios jugosos usando numerosas tretas obviamente serviles. Varios ejemplos nutren toda una retahíla ofensivamente sórdida ofreciendo ilustraciones nítidas incluso con inconcebible ostentación.

Es éste sin duda un punto a favor de la festividad del Año Nuevo: no hay regalos. A pesar de su indiscutible frivolidad, no plantea la escabrosa cuestión del amor, el cariño y la estimación.  Hay brindis, abrazos y parabienes, pero no ha lugar el deplorable comercio de cariños y estimaciones del que la otra Navidad, sin quererlo, se hace cómplice.

No nos hagamos majes. Pocos de los propósitos e ilusiones que hoy cultivamos se cumplirán. Pero no es demasiado grave. Es mucho más importante la ilusión que su realización. Créame.

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