El enigma del tiempo que pasa

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Marcelino Perello 31/12/2013 00:00
El enigma del tiempo que pasa

En Cataluña existe una bella y perfumada tradición que, como todas las tradiciones, me temo se encuentra hoy amenazada de extinción. Tal vez es ésta la mejor definición de nuestro tiempo: la de aquel en el que las tradiciones desaparecen. El tiempo que se nutre y preña a sí mismo, en una especie de autismo global.

Se trata del home dels nassos, “el hombre de las narices”. Cada 31 de diciembre se les dice a los niños pequeños que ese día va a salir a la calle ese hombre inaudito que tiene tantas narices como días el año. Se recurre, para tomarles el pelo a los pequeñuelos, a ese giro sintáctico común en catalán, pero que también existe en español, de usar la expresión “tiene” en el sentido de “le quedan”, como cuando decimos, por ejemplo, “tenemos dos horas” para designar cuánto nos falta, cuánto nos queda.

Se toma entonces de la mano al catalancito incauto y se lo lleva uno a dar la vuelta a buscar el hombre de las narices. Apenas al regresar a la casa, se le preguntará si lo vio y ante su negativa y su desilusión, finalmente se le explicará la chanza. Si tiene la edad suficiente la entenderá y reirá con los otros. Si no, permanecerá en el desconcierto y la frustración, probablemente para toda la vida.

Hoy pues, la última jornada del año en curso, según el calendario cristiano-gregoriano, abrirá las puertas a la primera del año que sigue. En los fechadores digitales el tres saltará al cuatro. Puntadas del sistema decimal y del tiempo. El tiempo es un bicho raro. Viscoso y escurridizo. Hablamos de él con toda naturalidad como si supiéramos qué estamos diciendo, cuando en realidad se trata de una invención cultural harto confusa y engañosa.

Tan desconcertante concepto abreva en por lo menos dos manantiales distintos. Uno es la idea de las cosas que se inician y se acaban. Como una película, un libro o la vida. Es la temporalidad. Ese tiempo es el de la duración. El otro manantial es el de las cosas que se renuevan, que llegan a un punto a partir del cual “se regresan”. Como las plantas que florecen, o el estro de las hembras. Es la repetición. El tiempo cíclico, de la periodicidad. Aunque a menudo confundimos ambas nociones —al punto de que utilizamos la misma palabra, el mismo significante, para designarlas— se trata de dos fenómenos totalmente distintos.

La primera de las dos acepciones, pa’ no darle más vueltas, es la que remite a la muerte. La segunda es la que se usa para medir el tiempo. En la ilusión de que tal ilusión, el tiempo, es medible. Es en su sentido cíclico que se basan los relojes y los calendarios. Los años, los meses y los días pertenecen a la naturaleza, son periodos astronómicos. Los siglos, las semanas y las horas, en cambio, son artificiales, meramente culturales y arbitrarios.

No por ello, sin embargo, son menos significativos y determinantes en la vida de los seres humanos. De cada uno como individuo, del conjunto de todos ellos, y de los múltiples subconjuntos en que se agrupan, de las familias a las naciones, pasando por las clases y los gremios, los credos y las razas. En particular, el Año Nuevo nos convoca a una nueva disposición.

Si la Navidad mira al pasado, el Año Nuevo dirige la vista sobre todo al futuro. La primera es ante todo mística y religiosa, el segundo es mundano y laico. La Navidad es el reino de la nostalgia, el Revellón lo es de los proyectos e intenciones. En cada uno germinan  estados de ánimo opuestos sin dejar de ser afines y complementarios. Esta noche se trenzaran, como en ninguna otra, reflexiones prácticas con emociones sentimentales.

Proyectar implica decidir oportunamente una nueva dirección en sucesivas etapas ordenadas. Y hacer asequible generar ocasiones también recién anheladas mientras propiciamos alternativas, perfilamos una esperanza seductora y alzamos siempre el mejor espumoso como un memorial por las intenciones olvidadas. Vivencias íntimas conminan a esperar serenos todos aquellos advenimientos maravillosos inverosímiles lánguidamente arropados de optimismo.

Después de Nochebuena, en plena Nochevieja, no dejará de ser exaltante pensar y sentir que media humanidad, al unísono, o mejor, formando como en un estadio gigantesco “una ola” planetaria que irá de Levante a Poniente, a medida que las 12 campanadas vayan recorriendo los usos horarios, nos abrazaremos y brindaremos todos por la renovación del mundo y de la vida.

Y que, al margen y a pesar de la manipulación que nos impone el poder y el comercio, a pesar de los Herodes y los Pilatos, por encima de los mercaderes del templo, como hace siglos, nos enfrentaremos de nuevo, inermes y emocionados, al insondable enigma del tiempo que vuelve y que pasa.

En este día del Home dels Nassos, permítame hacerle llegar, querido lector, un abrazo, no por virtual menos estrecho, y desearle que la translación de la Tierra, que decimos inicia hoy alrededor del Sol, sea para usted y los suyos pródiga, generosa, intensa. E impredecible. Un nuevo año nuevo.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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