Aquella Navidad

El misterio, para serlo, debe permanecer activo, debe propiciar la intriga.

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Marcelino Perello 25/12/2013 00:35
Aquella Navidad

En torno a la Navidad se teje un misterio. Ya se lo dije ayer, tenaz lector. Se teje un misterio tan inaprensible como seductor. Que ni qué. Pero es un misterio distinto al que enseña el catecismo. De hecho, un misterio “asumido”, hecho doctrina, deja de ser un verdadero misterio; se convierte simplemente en un vacío, en un hueco. El misterio, para serlo, debe permanecer activo, debe propiciar la intriga y el desconcierto. En el momento en que la policía cierra un caso, aunque no lo haya resuelto, deja de ser un caso. Eso es precisamente lo que hace el dogma con el mito: se lo salta, lo inactiva. Sin enigma ya no hay misterio.

La de la Navidad es una fiesta ritual distinta a todas las demás. En primer lugar no es momentánea ni fugaz; no se limita a una sola fecha, como las otras. No se trata simplemente de un aniversario. Aunque la fijemos el 25 de diciembre, abarca un periodo, más o menos amplio, variable según el país y la tradición. En México, por ejemplo, la Navidad, o las “fiestas navideñas” si quiere usted ser más vaporoso, se inician a mediados de diciembre, con las posadas, y concluye el 6 de enero con la llegada de los Reyes.

Aquí en los trópicos, a mediados de enero ya no se ve la Navidad. Y no vaya a creer que el “espíritu navideño”, cualquier cosa que eso sea, desaparece automáticamente cuando se apagan los foquitos en las calles y en las casas, desmontan los árboles, y se terminan las vacaciones y los regalos. La cosa es exactamente al revés: todo eso se acaba porque el espíritu, la atmósfera que rige la celebración se ha extinguido. Ayer puse énfasis en que la Navidad no es una sensación sino una vivencia.

En la Europa oriental, todavía es común que las ceremonias rituales y las religiosas se rijan aún por el antiguo calendario juliano, diez días atrasado respecto al nuestro y según el cual la Navidad tiene lugar más tarde, a principios de enero. En los países nórdicos y balcánicos, en cambio, la festividad se iniciaba a principios de diciembre, con la fiesta de San Nicolás, para algunos estudiosos ascendiente directo de Santa Claus o Papá Noël.

El número de fiestas, ritos y ceremoniales que puntean este periodo navideño también es variable. Desde San Nicolás a San Eloy, que los que dicen que los santos existen, dicen que no existió. De manera que si a usted un inglés “le jura por San Eloy” algún noble propósito, puede usted jurar que es falso.

Tal coincidencia forzada hace evidente que la Navidad no es una fecha más. Es todo un periodo. Su misterio procede en parte, sin duda alguna, de la naturaleza misma. Es una fiesta solsticial, el inicio del invierno, día más día menos, la noche más larga del año, simétrica a la de San Juan, la noche más corta, el inicio del verano. Insisto en lo obvio: se trata de un rito pagano, precristiano y preprecristiano, cuyos orígenes se remontan a los de la cultura. Al menos al momento en que los hombres ya pudieron darse cuenta que existían los ciclos anuales y que ciertas cosas pasaban con una extraña regularidad periódica.

En efecto, al menos en aquellos parajes boreales en que sin duda los hombres inventaron esta historia, a finales de diciembre todo se cubre de blanco. Todo parece morir. El suelo se niega a dar fruto alguno. Los árboles pierden sus hojas y los animales desaparecen de la faz de la tierra. Los que no se van se esconden.

No es extraño entonces, que apareciera la celebración del abeto, que en medio de la negrura y la blancura persisten en su verdor. El árbol se convertía en el testimonio más convincente de que la vida continuaba. Y por lo tanto, cómo no, lo metieron en las casas, a modo de exorcismo. Se admiraría usted de conocer los cientos de fiestas distintas al árbol que aún hoy se practican en toda Europa. Ni crea usted que todo se reduce al pinito doméstico y comercial que todos conocemos, y a las esferitas de cristal y los regalos debajo. Esa es la versión más generalizada, y por lo tanto más banal, de algo atávico y muy profundo y diverso.

La expresión “Nochebuena”, en este sentido, no denota sólo lo que va del 24 al 25, sino a todo el invierno, concebido como una temible e inacabable noche, de la que la primavera y la Pascua son el amanecer. Al hablar de “Nochebuena”, estamos insinuando que las noches, en general, no lo son. Hablamos del miedo.

La Navidad y su misterio son, pues, antes que nada, el misterio de la naturaleza. O dígame usted si no es misteriosa, absolutamente insondable, la renovación y persistencia de la vida, su resurrección anual. Pero sobre el misterio natural, el hombre y la cultura fueron tejiendo su propio misterio, el misterio simbólico.

Aunque su sentido original y auténtico se ha ido difuminando, perdido entre el concreto, el plástico, la electrónica y el embotamiento colectivo, la Navidad es ante todo un estado de ánimo. Una apertura hacia el otro y hacia el mundo. Entramos en resonancia. La mística, laica o religiosa, nos abre al mundo y al mismo tiempo nos acurruca. Y en la nostalgia de un futuro apenas vislumbrado, nos redescubrimos, admitimos, asumimos y recomponemos. Peregrinos interiores, tras la libertad propiciatoria, en busca de nuevos e insospechados encuentros y descubrimientos.

Propiciar expectativas requiere que una esperanza aflore volcando una íntima emoción sobre nuestro anhelo de advenimientos luminosos, invocando esa liberación radiante esperamos ilusionados encontrar siempre una nueva aurora nunca imaginada mientras atisbamos lejanías. Melancólicos interiorizamos vibraciones inéditas, forjamos experiencias unidas con atávicos goces abandonados reencontrando exultantes los tiempos ilusoriamente olvidados.

Y así, en un propósito nunca dicho, guiado por pulsiones atávicas y legendarias, en un momento dado la mitología y la cosmogonía cristianas llegaron a Europa del norte y a los antiguos ritos, en un proceso que no debe haber sido ni corto ni fácil, se les dio una nueva lectura. El relato bíblico fue sobrepuesto y adaptado a las celebraciones tradicionales. Toda religión es sincrética, no lo olvidemos.

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