Entre la nostalgia y la promesa

A lo mejor el misterio reside en que cada Navidad son todas las navidades. Que en la Navidad el tiempo se detiene.

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Marcelino Perello 24/12/2013 00:31
Entre la nostalgia y la promesa

“Que hoy es Nochebuena y mañana Navidad...”. La humanidad, al menos la humanidad cristiana, sin olvidar que también habemos cristianos ateos, se divide tajantemente en dos grandes sectores: a los que les gusta la Navidad y a los que no. Yo pertenezco definitivamente a la primera clase. Las fiestas de invierno me producen una única y entrañable sensación, una mezcla de nostalgia, melancolía e ilusión que no se parece a ninguna otra. Es más que una sensación: es una vivencia.

De las lenguas con las que tengo contacto, sólo el alemán y el español manejan esa palabra: erlebnis, vivencia. Lo que significa que si sólo las culturas respectivas poseen el concepto, la idea, sólo ellas poseen la cosa, la experimentan. La vivencia no es epidérmica y transitoria como la sensación. Es duradera e interiorizada, medular. Mientras las sensaciones son efímeras y no dejan gran huella en el espíritu, las vivencias son profundas, constituyen una especie de red de referencias anímicas sobre las cuales se construye la personalidad.

La Navidad es un magnífico ejemplo de vivencia. Año tras año, con una regularidad y periodicidad astronómicas, la proximidad del solsticio, la atmósfera y los ritos y actitudes que lo acompañan, despiertan en mí el mismo sentimiento y estado de ánimo: una emulsión incomprensible de tristeza y alegría. La Navidad me emociona. Debo reconocer, con un poco de vergüenza, que me emociona incluso la inmunda manipulación comercial de la que es objeto la celebración. Me enternecen los más insulsos comerciales televisivos, con sus estrellitas, sus campanitas y sus niños oligofrénicos. Me conmueven los foquitos por las calles, los aparadores adornados, los árboles, amarraditos en posición de firmes, acostados sobre los toldos de los coches, y la gente con sus paquetes de grandes moños, arriba y abajo.

Mi enérgica y convencida repulsa de la sociedad de consumo y de toda la mezquindad, mentira y estupidez que comporta, y que ya he denunciado y destripado aquí en más de una ocasión, no me sirven para nada frente a la Navidad. Frente a ella, como siempre frente al mito, el hombre se halla inerme. Así, pese a todas mis convicciones, me entristece que, so pretexto de los “tiempos difíciles” y “desaceleraciones”, este año la ciudad y los comercios estén tan alicaídos, mustios y descoloridos.

Es como si en la casa renunciáramos al pino entrañable sólo porque subió el precio del huevo y del Metro y nos quedáramos sin ese querido huésped, ese tannenbaum que sabe morir verde. El imaginario debe tener su lugar junto al simbólico y el real. El día que cada quien y todos lo hayamos entendido y asumido, algo habrá cambiado para siempre y para bien.

Déjeme confesarle algo: yo pensaba continuar en el artículo de hoy la discusión que inicié hace semanas sobre la mentada Reforma Energética. Sin embargo, mientras yo me sentaba frente a la pantalla en blanco, contemplé un rato a “Pachón” (ese es el nombre, por robusto y frondoso, del pino de casa). Yo lo iba mirando de reojo, conmovido. La computadora y el abeto, lo artificial y lo natural, lo nuevo y lo viejo, lo sofisticado y lo auténtico. Y las primeras letras del texto se escriben solas “Hoy es Nochebuena...” y de ahí pa’l real. Me voy alejando cada vez más del propósito original. El mito y el rito, como siempre, acaban imponiéndose.

A lo mejor el misterio reside en que cada Navidad son todas las navidades. Que en la Navidad el tiempo se detiene. O se vuelve atrás. En particular ésta será muy especial para mí. La vida me sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa. A los aromas evocadores que me transportan a las épocas remotas de mi infancia más recóndita, y que se niegan a irse del todo, se unirá el perfume embriagante de los nuevos tiempos, de los que se anuncian y avecinan, preñados de ilusiones y expectativas luminosas.

Hace mucho años, cuarenta, pasé estos días solsticiales cerca del Círculo Polar Ártico, en la pequeña ciudad finlandesa de Vaasa, cuando los ocasos se juntaban y oscurecía antes que terminara de amanecer. Y fue entonces, en medio de esa noche permanente, glacial y atemorizante, que aprendí el valor de la luz y el calor. Del fuego. Y hoy por hoy de la electricidad. Del albergue reconfortante. Abrigo y compañía. Y entendí hasta qué punto la de la Navidad es una festividad antiquísima de comunión y sobrevivencia. Y de origen necesariamente nórdico. Y su celebración esencialmente doméstica y de recogimiento.

Porque aquellos rituales adoptan modalidades intimistas, la oscuridad suele alentar grandes replanteamientos al develar otra templanza insuflando en nuestra experiencia tonalidades excepcionalmente tersas auspiciando serenidad. Y también infunde en nosotros ensoñaciones nocturnales anulando las gélidas atmósferas septentrionales. Y siempre en las lánguidas añoranzas merodeará aquella Vaasa inolvidable ciudad ártica.

Que la Navidad le sea también a usted, querido lector, de nostalgia y de promesas. Que también a usted lo embargue esa atmósfera tan especial: de melancolía optimista, de languidez jovial.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

 

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