T.E. O’Toole

La vida real y la ficticia de repente convergen.

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Marcelino Perello 18/12/2013 00:00
T.E. O’Toole

No es frecuente pero tampoco raro. A veces un actor o actriz queda marcado para toda la vida por un determinado personaje que, por ventura o desventura, alguna vez le tocó representar. Así pasa cuando sucede. La vida real y la ficticia de repente convergen y las figuras del intérprete y del interpretado se confunden, y el uno ya no es concebible sin el otro.

Los ejemplos son innumerables y cada uno de ellos merecería ser evocado y desmenuzado con atención y meticulosidad. Es el caso de nuestra María Félix, que nunca más logró dejar de ser Doña Bárbara. Fue ella la que se la llevó a la tumba. Y para no alejarme demasiado de su dominio, permítame afirmar, cinéfilo lector, que a Dolores Candelaria y María del Río les ocurrió otro tanto.

Sin salirme de la gran pantalla ni de la llamada época de oro del cine mexicano, deberá usted aceptar que Sara García jugó siempre un mismo papel, mudando de nombre, entorno y trama, en las docenas y docenas de cintas en las que intervino. Se afirma, incluso, que se hizo extraer todos los dientes para parecerse más a su personaje permanente que a sí misma. Y nadie con suficiente perspicacia y tantita cercanía a ese cine podrá negar que el actor Pedro Infante y el carpintero Pepe el Toro son inextricables. E Ingrid Bergman/Ilsa Lund nunca dejará de irse de Casablanca.

El fenómeno se produce, sobre todo, en el registro del cine, pues es en él cuando la actuación queda grabada y es presenciada por miles, millones de personas, durante años y decenios. Sin embargo, no es exclusivo del séptimo arte. Obviamente, las muestras abundan también en televisión, y Roberto Gómez Bolaños no ha logrado ni logrará divorciarse de su Chavo del Ocho. Aunque aquí se produce un curioso caso de bigamia, pues también mantiene una relación estrechísima e igualmente indisoluble con el Chapulín Colorado.

A pesar de que la televisión en casa permanece encendida más tiempo del que el buen gusto recomienda, ya no la sigo con atención, así que mis ejemplos no podrían no ser anacrónicos. Pero tampoco quiero dejar de mencionar dos o tres, sabedor de que al lector que no posea la edad adecuada le dirán bien poca cosa. Peter Falk será siempre el detective Columbo; Robert Stack, el Intocable Elliot Ness, y Telly Savalas no dejará nunca de chupar su Tutsi pop. Y si me voy tantito más para atrás, el desdichado Rafael Banquells no tendrá más remedio que compartir eternamente el deplorable destino de Gutierritos.

Falta el tercer dominio de la práctica actoral, el teatro propiamente dicho, y en él, a pesar de su carácter esencialmente efímero, también tiene lugar la misma interrelación, esta vez incluso aumentada, pues en este caso entra en liza también el autor, creando un insólito ménage à trois. Tal estructura triangular es descrita magistralmente por Luigi Pirandello en su desconcertante Seis personajes en busca de autor.

Me vienen a la mente dos ilustraciones paradigmáticas. Una renombrada y que no me tocó presenciar, y otra que sí vi, y que marcó mi juventud temprana. Y que, digámoslo todo, me sigue marcando. Se trata del estremecedor monólogo Bandera negra, interpretado sobre la escena cientos de veces por ese enorme actor, cruelmente relegado, que fue Enrique Rambal. Ese pirata no desaparecerá de la tesitura de Rambal ni de ninguno de los que tuvimos el privilegio de presenciarlo esa comunión.

La primera que menciono le será también a usted familiar, aunque tampoco la haya visto, más que tal vez en el cine, y es el Hamlet de Laurence Olivier, inolvidable incluso para quienes nunca estuvimos ahí. Sir Laurence ascenderá en la escala nobiliaria hasta devenir Príncipe de Dinamarca y no cesará jamás de dirigirse al cráneo de Yorick. Ese to be or not to be es inexcusable. Y el dilema esa vez se resolverá: será to be. Olivier hace que sea.

Y ahí me quedo, ahí quería dolorosamente llegar hoy. Entre las bambalinas, sobre los escenarios y los celuloides británicos. Anteayer lunes falleció ese monstruo, adorable y detestable, bien amado y temido, siempre inquietante Peter O’Toole, y digo británico aunque ni él mismo estaba seguro de serlo, y a menudo reivindicaba su origen irlandés. Fueron muchos los roles que jugó, y muchos los que yo le recuerdo. Pero hubo uno que lo marcó al fuego y del que jamás consiguió desprenderse en vida ni se desprenderá en la muerte. El mítico T. E. Lawrence volvió a vivir por él y volvió a morir con él.

En contraste quizás con los ejemplos que menciono más arriba, estoy convencido de que O’Toole ya era un alter ego de Lawrence desde mucho antes de que confluyeran en el guión y en el reparto. Peter acostumbraba decir que “a los buenos actores los hacen los buenos papeles” y no al revés, como podría uno pensar. Y a él, en efecto, su interpretación magistral de la vertiginosa fiera de arena fue la que lo convirtió en un auténtico actor de élite, digno del más ilustre panteón, mucho más allá de las marquesinas.

Todo ello debido a que ambos personajes ya coincidían antes de haberse encontrado. Un solo capítulo de la vida de O’Toole, poco conocido, basta para retratar a este hombre, aguerrido, idealista y aventurero, tan análogo a T. E. Él también fue un anticolonialista férreo y militante. Se opuso con vehemencia a la intervención gringa en Corea y en Vietnam. Al punto de que organizó una compañía teatral itinerante con el fin de recaudar fondos para el Tribunal Bertrand Russell, que denunciaba la agresión yanqui. Su (mal) carácter enérgico lo llevó a romper con sus camaradas y abandonó el proyecto, pero pronto retornó a él con bríos renovados y lo continuó hasta el final —sorprendente y exitoso— de la guerra.

Peter aceptó regresar a montar obras selectas y volcó en representaciones gratuitas ese luminoso encanto suyo. Volvió inmediatamente consiguiendo apoyos y ya organizados lograron ocupar salas amplias todas recuperadas a veces en sitios aledaños mediante ofertas seductoras. A menudo adaptaba nuevos textos especialmente significativos incorporando mensajes beligerantes antimperialistas taimadamente inocuos bajo las expresiones subliminales.

Dicen que Lawrence sólo aceptaba ser llamado T. E. Por sus amigos. Hoy, desolado, escojo despedirme de su magnífico par con el mismo apelativo. Lo merece él y me atrevo a merecerlo yo. Goodbye, T. E. O’Toole.

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