¿A quién se subsidia?

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Marcelino Perello 10/12/2013 02:10
¿A quién se subsidia?

Este artículo no está dedicado a la memoria de Nelson Mandela.

 

Hay cosas que de plano. Y ésta es una de ellas. Que el Metro suba, por subterráneo que sea, no deja de ser natural. Pero hay maneras. Maneras de subir y maneras de hacer dorar la píldora, de hacerla tragar. Y las que se utilizaron para aumentar en dos pesos el costo del viaje en el STC no fueron ciertamente las mejores. Ni de lejos.

Que la tarifa de utilización del principal medio de traslado urbano en nuestra ciudad debe aumentar paulatinamente, bajo las sevicias de la inflación inevitable en el sistema económico que padecemos, no es algo que deba sorprender ni revoltar a nadie. Así es este juego. Y si nos resignamos a jugarlo, no tenemos más remedio que seguir sus reglas.

La última alza en el costo del boleto se había producido hace cuatro años, en enero de 2010, cuando pasó de dos a tres pesos, lo  que representó un incremento de 50 por ciento. Esta vez la subida es sólo tantito mayor, de 66.6 por ciento. Y desde la inauguración de la primera línea, hace prácticamente nueve lustros, cuando se fijó el precio en un peso de aquellos, el de ahora será cinco mil veces más caro. Poca cosa.

Sin embargo, no debería haber lugar a desgarrarse las vestiduras si no fuera por la hipocresía tortuosa y sibilina con la que el GDF pretende envaselinar el trance. La célebre y multicitada encuesta con la que se legitima la medida es definitivamente ridícula. Impresentable. Indigna no sólo para quien se ostenta como hombre de izquierda y defensor de la democracia, sino que resulta inaceptable para todo aquel con dos dedos de frente y otros dos de ética.

Se realizaron, según la cifra oficial, unos 17 mil cuestionarios. Eso es todo. Y nos dicen que casi 56% de los consultados aplauden entusiastas el alza. No resisto la tentación de transcribir íntegra y textual una de las preguntas, la medular, incluidas en tan pintoresco ejercicio participativo: “Si el costo del boleto fuera de cinco pesos y con estos dos pesos adicionales el GDF se compromete a no aumentar más la tarifa en el sexenio y se compromete a tener más trenes en servicio y darles más mantenimiento a fin de que se reduzcan las aglomeraciones, los tiempos de espera, los retrasos en el servicio y se pueda viajar con mayor seguridad, ¿usted está dispuesto a pagar cinco pesos? ¿Sí o no?”.

Más allá de risible, es inverosímil. Muestra áurea de humor involuntario y del cinismo obsceno de los gobernantes metropolitanos. No sé si llorar o reír. Deberé campechanear: llorar de placer y reír de dolor. Afortunadamente, los autores intelectuales de esta tomadura de pelo tienen tal cara dura, pues si no, se les rompería cada vez que se les caiga de vergüenza. Pero no tienen y no se les cae.

Todo hubiera sido más llano y sencillo, y más serio, si se hubieran constreñido a implementar el ajuste sin tantas explicaciones, excusas ni ornamentos grotescos. El precio de la gasolina se ha incrementado aun más y, por consiguiente, el del transporte terrestre, sin que los sufridos usuarios pongan el grito en el cielo. Bastaba decir que aunque la tracción de los convoyes es eléctrica, las centrales termoeléctricas funcionan también a base de combustión de hidrocarburos cada vez más caros. Y que el costo real, por pasajero, de cada trayecto, supera los diez pesos. La diferencia es subvencionada por el erario de la ciudad, basado casi exclusivamente en el cobro del impuesto predial.

Desde que se empezó a construir, la red del Metro en la Ciudad de México representa un lujo del que bien podemos estar orgullosos, pero que resulta casi incosteable. Hubo de hacerse cuanta cabriola tecnológica y económica para implementarlo y mantenerlo en operación. El proyecto original, durante el gobierno del temible tándem Díaz Ordaz/Uruchurtu era mucho más ambicioso, pero fue necesario rebajar expectativas e irlo ajustando a las posibilidades reales.

Primero limitaron alcances y buscaron acortar las líneas. Las ampliaciones harían obligatorio recurrir a diversos empréstitos leoninos a veces exigiendo reajustes drásticos abiertamente deplorables. Valoraron incluso cómo ajustar el sistema marginando indefinidamente todas  aquellas labores incorporadas sin modificar acuerdos normativos. Debieron emprender los usuales jaloneos operativos.

Mi querido amigo Jorge El Chale Martínez, antiguo secretario de Transporte en el GDF, me hace ver que el costo del usufructo del Metro durante un mes, por una familia de cuatro personas, equivale más o menos a medio salario mínimo, lo cual efectivamente es una enormidad. Pero yo le hago ver a mi vez que el meollo, como siempre, está en otro lado. Que el problema real reside en el monto inaceptable de ese salario, y que el subsidio estatal al transporte de los trabajadores es una forma de complicidad con la explotación inclemente a la que son sujetos. De hecho, a quien se está subvencionando es a los empresarios.

Y es que, contrito lector, no existe un sistema justo de explotación capitalista. Los médicos y los economistas lo saben bien: los linimentos no bastan.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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