La diva y el ataúd

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Marcelino Perello 04/12/2013 00:12
La diva y el ataúd

Celebremos con júbilo el florecimiento de Expresiones. Larga y fructífera vida.

 

Su madre era una puta y su padre quién sabe. Probablemente alguno de los numerosos parroquianos que la cortejaban. Julie Bernardt en efecto se dedicaba a la prostitución, pero digamos en su descargo que se trataba de la más refinada de las categorías de hetairas. Fue propiamente lo que entonces se conocía como “dama galante”, y por su elegante departamento en París pasaron muchos de los prohombres de la política, de las artes y de los negocios en los agitados años de mediados del siglo XIX. Clientes ocasionales, pocos. La mayoría eran asiduos y mantenían vínculos casi familiares con las jóvenes y el resto de contertulios.

Fue ahí, en ese ambiente y en ese tiempo, que nació Sarah. Todavía no había perdido todos sus dientes de leche cuando su madre quiso que, siguiendo la tradición familiar, se dedicara a la misma, estimulante y redituable profesión, como lo habían hecho sus otras dos hijas, pero a la pequeña no le latió. Afortunadamente para ella, por los distinguidos aposentos que regenteaba Julie pasaban hombres generosos y conocedores, que pronto advirtieron las precoces aptitudes de la dulce núbil, y aconsejaron a su madre que la inscribiera en el Conservatorio. De manera que sus primeros pasos en los escenarios los dio en los demandantes terrenos de la música.

El mundo de la farándula, sin embargo, es frívolo y voluble. Y a las dotes musicales de nuestra heroína, pronto se añadió, desde su más temprana adolescencia, una belleza deslumbrante y una gracia tanto física como intelectual, irresistible.  De manera que los hermosos y perfumados caminos de la música, aunque nunca los abandonó del todo, fueron relegados para recorrer apasionada los más exuberantes del teatro y la actuación. Fue así que nació la que aún hoy en día, casi un siglo después de su desaparición, sigue siendo considerada la mayor actriz de todos los tiempos. Mayor en más de un sentido: la más popular, y la más hermosa y atractiva, pero también la más talentosa. Y, no dejemos de decirlo, la más apasionada y arrebatada. De un temperamento enérgico, a menudo irascible, que se hizo proverbial más allá de los círculos de quienes la frecuentaban. Fue una actriz de carácter y también una mujer de carácter.

Representó a lo largo de sus siete décadas de carrera todos los roles imaginables, en todos los registros posibles. Era divertidísima en la comedia, y desgarradora en la tragedia. Es considerada la única persona que haya interpretado tanto los papeles de Hamlet y de Ofelia en el drama shakesperiano. Fue sin duda y siempre una primera, primerísima actriz, pero no le hacía el feo a encarnar personajes secundarios —“de reparto”, según el anglicismo hoy de moda— cuando era necesario. O cuando simplemente le atraía la figura.

Es casi innecesario decir que su vida sentimental fue un carrusel frenético y permanente, lo que no le impidió tener una pareja estable y única —y a todas luces abierta y permisiva— en la persona del oficial griego Jacques Arístides Damala, adicto a la morfina —no pos sí, sólo así se entiende que pudiera permanecer al lado de tal torbellino— y al que su inclinación llevó a la tumba prematuramente. Sarah no dejó nunca de llorarlo y con cierta regularidad visitaba su tumba en Atenas.

Ello no fue óbice para que por sus brazos pasara una pequeña cohorte de hombres de todas las condiciones, a cual más interesante. Sarah tal vez no habrá sido una dame galante, pero definitivamente sí una femme fatale. No podía ser de otra manera. Supieron de sus caricias y susurros con personalidades como Gustave Doré, Gabriele D’Annunzio, Eduard Príncipe de Gales o el mismísimo Víctor Hugo. Y a más de uno lo trajo por la calle de la amargura.

Un lugar especial en esa panoplia lo ocupa sin duda el gran ilustrador y cartelista checo, padre del Art Nouveau, Alphons Mucha, con el que mantuvo una relación sentimental y profesional larguísima y pródiga. Lo conoció durante una de sus extenuantes tourneés por toda Francia, a las que se vio obligada cuando en uno de sus arrebatos rompió con la Comédie Française y atravesaba serios problemas económicos. Al dar el uno del otro algo hizo clic entre ambos.

Pronto intimó con aquel notable talento exótico, mientras intentaba volver interesantes esas jornadas agotadoras. Mucha inspiró mil indumentarias voluptuosas imponiendo así soberbias ilustraciones extraordinariamente sensuales, plasmó imágenes condensando aquel remolino apasionado, para intentar conseguir otras subvenciones adecentó y subastó atrevidos bocetos reservados obteniendo sumas apreciables. Con osadía montaron obras novedosas aderezadas de insinuante erotismo.

Sarah Bernhardt (que conservó siempre su apellido de soltera, al que vaya usted a saber por qué, decidió intercalar una h que se volvió emblemática) constituyó un auténtico mito desde el momento mismo en que pisó por primera vez un escenario. Era, y sigue siendo, el prototipo de la diva: excéntrica y de personalidad arrolladora. Decido definir la excentricidad como una mezcla desconcertante de extravagancia, sofisticación y esnobismo. En cualquier caso representa una conducta y una actitud descarada y desafiante.

Sin embargo el genuino excéntrico no lo es únicamente como una pose, como una apariencia dirigida a los demás, sino que lo es en primer lugar para sí, como opción vital, como una postura, inusual ciertamente, ante la vida. Permítame afirmar pues, caro lector, que se trata de una cuestión de estilo, con todo el peso y la densidad que tal concepto acarrea. “El estilo es el hombre”, habría dicho el filósofo y naturalista francés, Conde de Buffon. “El estilo es la mujer” en el caso de Sarah. Nunca mejor ilustrado. Aunque para decirlo con más propiedad, Sarah Bernhardt fue, en primer lugar, el estilo. Su incomparable, inimitable estilo.

Quizá el episodio más llamativo y elocuente de su personalidad vertiginosa e inasible, al menos el más recordado, es la fúnebre ocurrencia de dormir en un féretro. Lo había instalado en una de las recámaras de su casa, especialmente destinada a ese fin, y convertida así en insólito dormitorio, pues con relativa frecuencia se acostaba y pernoctaba en él. “Para acostumbrarme a la muerte”, solía decir con media sonrisa. Nunca sabremos si su precavida estratagema le sirvió. Lo que sí sabemos, y de lo que existen incontables testimonios, es de que nunca se resignarían ni acostumbrarían a la muerte de Sarah Bernhardt aquellos que la conocieron en los escenarios, en los salones o en las alcobas.

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