Turandot

Una de sus historias más sugerentes, sabias y embriagadoras.

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Marcelino Perello 13/11/2013 00:52
Turandot

Que los persas son buenos para ingeniar leyendas no es algo que sea preciso demostrar. Ahí están las miríficas Mil y una Noches para dejarlo del todo claro. Y si no fuera suficiente, ayer mismo al director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Yukiya Amano, le salieron con el cuento de que ellos no poseen armamento nuclear. Realmente hay que ser muy oriental para creerse tal engañifa. Por lo visto nuestro Yukiya es más chino que japonés.

A medio camino entre el Oriente y el Occidente, en la mitad exacta de la mítica Ruta de la Seda, la antigua tierra de los sasánidas representa una verdadera colisión de culturas, el terreno más fértil posible para que en él germinen las más descabelladas y hermosas piruetas de la imaginación.

Una de sus historias más sugerentes, sabias y embriagadoras es la que refiere la vida de la princesa Turandot, cuya versión más célebre debemos al gran Giacomo Puccini, el último de los grandes hacedores de óperas de la historia. Es gracias a su música embelesadora que la transcripción hecha por los libretistas Giuseppe Adami y Renato Simoni llega a los oídos y al conocimiento de todo el mundo. De medio mundo, digamos. La trama versa sobre la personalidad de la deslumbrante y crudelísima princesa que Puccini y sus colaboradores se permiten convertir en china, y que se niega a amar, y mantiene a cal y canto su virginidad, pues odia a todos los hombres.

Ante la insistencia de su padre, el emperador, de que contraiga nupcias y le otorgue por lo menos un heredero, la doncella exige que todo pretendiente responda correctamente a los tres enigmas que ella planteará y que resultan inextricables. El candidato que no consiguiere resolverlos será decapitado ipso facto sin mayor trámite. Los tres temibles acertijos son: ¿Cuál es el fantasma que cada noche nace en cada hombre y muere al día siguiente? El segundo reza: ¿Qué es aquello que ondea como una flama, arde como la fiebre, pero no es el fuego, y se enfría con la muerte? Y finalmente: ¿Qué es lo que quema como el hielo, y cuanto más frío más arde?

Los jóvenes nobles que aspiran a poseer a la apetecible infanta, llegados de los cuatro rincones del mundo, van pasando infructuosamente uno tras otro por el fatal examen, y uno tras otro ven sus cabezas rodar, ante la desesperación del padre de la despiadada beldad. Los adivinos han predicho que Turandot sólo será poseída cuando cruce el cielo de la Ciudad Prohibida una bandada de oropéndolas del color de la sangre. Es decir, nunca.

El pretexto esgrimido para tan radical como lúgubre actitud de autocastigo parece más bien fútil: una antepasada suya habría sido mancillada y dada por muerta por un noble venido de lejos. Gracias a esa violación verá la luz, mucho después, la propia Turandot. El sentimiento de culpa se vuelve insoportable. Siente, sin saber que lo siente (de manera inconsciente dirá, milenios más tarde, meister Freud), que ella le debe la vida a la desgracia de su abuela. Y decide dedicar su vida a expiar el terrible pecado que se echa a cuestas, infligiéndose la inicua penitencia.

Digamos de paso que estructuras síquicas similares, con culpas y autopuniciones análogas, son mucho más comunes de lo que podría parecer, en todas las latitudes y en todas las épocas. Afecta tanto a hombres como a mujeres, pero en mayor número e intensidad a estas últimas, más vulnerables al veneno del pecado, el cilicio y la autoflagelación. Ciertas órdenes religiosas y los votos de castidad constituyen tal vez el más común y transparente ejemplo de tan aciago mecanismo síquico.

El caso es que a nuestra princesa se le van a complicar las cosas, pues un buen/mal día llegará a Pekín el príncipe Calaf, hijo de Timur, rey de los temidos tártaros, y que osará, él también, someterse a la suicida prueba. Su condición real es desconocida, pues su padre ha mucho fue exiliado y proscrito. Calaf, pues, pasa por el consabido ceremonial y todos dan por hecho que correrá la misma suerte que sus imprudentes predecesores. Sólo que esta vez, ay, él sí responde de manera correcta a las tres adivinanzas. Respectivamente, la esperanza, la sangre, y la mismísima Turandot.

Nuestra mujer está atrapada. Ha caído en su propia celada. Deberá entregarse y casarse, le guste o no. Pero Calaf, sincera e intensamente enamorado, no la quiere a fuerzas y le revierte el juego: si Turandot consigue averiguar su nombre, él renunciará a ella y subirá por su propio pie al cadalso para ser ajusticiado. Deberá darlo a conocer ante el pueblo la mañana siguiente.

Es entonces cuando la princesa desata una verdadera cacería de brujas para descubrir cómo se llama el atrevido y agudo bribón. Nadie debe dormir esa noche en Pekín, hasta que su nombre sea revelado (aquí el Nessun dorma, la celebérrima aria pucciniana). Incluso la fiel sirviente de Timur, enloquecidamente apasionada por Calaf, será torturada para que desvele el nombre misterioso, pero ella, por amor, callará y morirá en el suplicio.

El príncipe, transido, preso de sentimientos contradictorios, confronta a Turandot y él mismo le hace saber su nombre: Calaf, liberándola del angustioso trance, renunciando por deseo a ella y, de hecho, suicidándose. Inmediatamente después, le da un beso ardiente e interminable, la suelta, se da la vuelta y sin una palabra más se aleja decidido. La aurora es inminente y la suerte está echada.

Pekín amanece luminosa mientras aguarda sin falsas esperanzas su tan implacable vengadora asomar sombría. Voces implorantes claman al monarca imparta absolución, convierta el llanto en bienaventuranzas rasgando el maléfico odio sangriento. Calaf, impasible, esa noche asume con resignación oriental su terrible inmolación como ofrenda sublime. Vigilantes incrédulos vieron aparecer en la alborada mágicas oropéndolas rojas.

A la hora señalada, Turandot, más deslumbrante que nunca,  aparece ante la multitud expectante y con voz firme y pausada proclama: Tengo la respuesta. No hay duda. Este hombre, postrado ante mí, rodilla en suelo, se llama Amor. El cuento, que no es tan cuento, termina en medio de la euforia, una amalgama extraña de asombro y júbilo. A veces Thanatos es derrotado. Eros se alza triunfante. A veces.

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