La crisis que nadie quiere ver

México parece más dispuesto a actuar como lo hacen contra los mexicanos en Arizona que como un país consciente de las ventajas que ofrece la migración.

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Manuel Gómez Granados 24/05/2014 00:56
La crisis que nadie quiere ver

Hay una crisis frente a nosotros que nadie, o muy pocos, se atreven a ver como lo que realmente es. Es una crisis difícil de entender porque se parece a otros fenómenos que hemos vivido en México y en América Latina en los últimos 30 años, y ello hace que muchos crean, tanto en el gobierno federal, los gobiernos de los estados, los medios e incluso en las estructuras de la Iglesia católica, que es una crisis cuya solución no depende de México. La realidad, sin embargo, es distinta.

Es una crisis con varias facetas. La más evidente es la del fin del modelo de la migración masiva a Estados Unidos del que México se benefició, pero que —para bien o para mal— se acabó. EU ya no necesita mano de obra. Lo que ha quedado es un monumental tapón en nuestra frontera norte que corre el riesgo de convertirse en otro tapón en nuestra frontera sur, aunque la construcción de ese tapón costó a EU miles de millones de dólares. ¿Cuánto estamos dispuestos a gastar en construir algo parecido en el sur? Y, ¿tiene sentido plantearse una solución de ese tipo en México? Las respuestas a estas preguntas no son fáciles.

Otras facetas de la crisis son menos evidentes. Son pequeñas pero dramáticas crisis que golpean a América Central. Nicaragua va en la ruta a la venezualización, luego de que el Congreso regalara a Daniel Ortega, el año pasado, la reelección a perpetuidad, al más puro estilo de los Somoza, como si lo que ese país necesitara fuera otro caudillo que se considera imprescindible.

En El Salvador, la dolarización de la economía, que está a punto de cumplir 15 años, ha controlado la inflación, pero no genera empleos ni termina con la violencia que producen las mafias del narcotráfico. Algo logran las treguas promovidas por el arzobispo de San Salvador, pero es una paz tan frágil como un polvorón. Y Guatemala vive sumida en la violencia. Tanto que su Presidente busca una salida que no sea militar o policiaca al narcotráfico.

La peor crisis de todas es la que vive Honduras. La semana pasada, el Congreso en Tegucigalpa fue escenario de una serie de violentas manifestaciones que, desde luego, no resolvieron cosa alguna, pero dejaron en claro qué tan grave es la situación política de ese país donde, como en el resto de América Central, no hay empleos ni futuro para miles de jóvenes.

Los signos de esta crisis son muy evidentes ya en México. A Tapachula y Ciudad Hidalgo ya no llegan jóvenes dispuestos a jugarse todo. Llegan madres con niños aterradas por el futuro, algunas con sus maridos, otras solas. Saben que no podrán llegar a Los Ángeles, pero no les interesa. Tienen claro que tendrán que pasar temporadas difíciles en México, pero eso es preferible a quedarse en América Central.

A principios de este mes, Pascal Beltrán del Río publicó en este diario una entrevista con el padre Flor María Rigoni, responsable de una de las casas que reciben a los migrantes que llegan a México desde América Central, clave para entender esta realidad. Lo que Rigoni y otros nos dicen es que “México es la opción” de muchos en América Central para huir de la violencia. Tristemente, México parece más dispuesto a actuar como lo hacen contra los mexicanos en Arizona que como un país consciente de las ventajas que ofrece la migración. La respuesta es clara: dar más poder a las policías contra los migrantes sólo disparará los niveles de violencia. Demostremos que somos capaces de hacer lo que le pedimos a Estados Unidos que haga.

                *Analista

                manuelggranados@gmail.com

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