Arrancar una espina al sol

Carne atravesada de cintas negras de cuero. La soledad de los cuerpos esclavos del deseo se hace insistente.

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Luz Emilia Aguilar Z 21/08/2014 00:00
Arrancar una espina al sol

En una habitación delimitada por paredes dentro del escenario, de frente a una butaquería reducida en número para asegurar intimidad entre el público y los actores, bulle un fluido teatral de amarga, sexualizada, mexicana, comprimida y antipatriotera indignación. Desde el título, Lo que soñé ese día que me quedé dormido bajo el puente, esta obra de Antonio Zúñiga —de la que tomo la frase que da título a esta nota—, avisa su perfil onírico, su libertad imaginativa.

Dirigida por José Alberto Gallardo nos enfrenta a un México de pesadilla: tristeza, imposibilidad, sed, hambre, personajes desgarradoramente insatisfechos: paisaje sin esperanza. En sórdidos baños, azoteas, desgastados sofás, habitaciones deprimentes, supermercados de noche, la plaza frente a la iglesia de El Buen Tono, en la tortuosa geografía imaginaria de los personajes, en su corazón astillado de humedad, de frío, oscuridades apenas rasgadas por  destellos de luz, transcurren un puñado de historias.

Con escenografía e iluminación de Jesús Hernández y vestuario de Carolina Jiménez, se radicaliza el discurso visual, se acentúa la violencia, se enfila a un tono terminal, cotidianidad en lo extremo, una estética de tiempos líquidos, dinámicas sociales que hacen de lo humano un desecho. Cuerpos vestidos y desnudos. Carne atravesada de cintas negras de cuero. La soledad de los cuerpos esclavos del deseo se hace insistente. La dramaturgia se abre a una libérrima interpretación del director, quien reordena las escenas. Los textos se asignan a los actores-personajes con flexibilidad. Hay ecos de Sarah Kane, Fassbinder, Von Trier, González Dávila y Wedekind.

En el elenco destaca Antonio Zúñiga, quien muestra a plenitud su intuición, fuerza, presencia de explosiva carga energética y emotiva. Contrasta con los tropezones en el resto del reparto, donde se hace necesaria una mayor precisión. La presencia de Isabel Benet, en los papeles de “Vieja” y de “Isabel la Católica” es una suerte de performance dentro de la obra: por momentos parece imponerse con su propia identidad. Actriz emblemática del grupo las Sombras Blancas, que dirigió Julio Castillo, en el programa de mano ofrece su trabajo a “la memoria poética de Mariano Flores Castro”. También participan Sandra Rosales, Abraham Jurado, Margarita Lozano, Christian Cortés y Enrique Marín.

Esta obra atravesada de enojo, rebeldía, amores prohibidos, imposibles se excede en duración. En el avance de la obra el planteamiento se hace repetitivo. La vocación de esta puesta en escena es la crítica visceral.

Dice el personaje “El Neurótico”, con cáustico humor: “Este país apesta. Odio todo lo que pinta rojo, blanco y verde. Esa miserable condición de mexicano patriotero me parece deleznable. Todos aquí somos así, vivimos así con los colores de la bandera en la frente, aunque este país es infame. Una vergüenza. Lo que más detesto es la gente. México tiene la peor ralea del planeta. ¿Qué somos? Unos desgraciados perennes, unos fracasados crónicos, unos … mexicanos. La calle está llena de símbolos que destruir, hay que renovar todo para poder ser otros. Pero es imposible comiendo tacos, tragando maíz en todas sus formas, comiendo lo que comen los puercos; grasa, granos de elote. Aquí todos somos unos maricahis desculados que a la primera copa nos engargantamos con “el cielito lindo …”.

Se agradece el ánimo de frescura y provocación, la voluntad de ironía y enojo ante un país hundido en la mentira y una creciente injusticia. La irreverente puesta en escena, que lanza su grito de denuncia desde los profundos abismos de la irracionalidad, la impotencia y la furia, ha encontrado eco en un público que agota las localidades, aplaude efusivo, expresa su entusiasmo por la belleza dolorosa de la degradación. Como una efímera catarsis el ejercicio tiene su fuerza. Haría falta mayor lucidez en la crítica social.

El diseño sonoro de Rodrigo Castillo Filomarino abunda en un piano triste, notas como lluvia fina que de pronto se acelera, se vuelve tormenta. El piano reproducido en grabación es el latido de los personajes, el puente que une el afuera y el adentro en la misma tristeza.

Lo que soñé ese día que me quedé dormido bajo el puente, de Antonio Zúñiga, bajo la dirección de José Alberto Gallardo, terminará su temporada en El Galéon el próximo 26 de agosto, en funciones de lunes y martes.

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