La burla de sí mismo como poética

Los dramaturgos reflexionan sobre su oficio en sus obras. La ficción se rompe para que el actor hable de sí.

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Luz Emilia Aguilar Z 26/06/2014 00:00
La burla de sí mismo como poética

La producción artística tiene un componente autorreferencial inevitable. No hay modo de escapar de los límites de lo subjetivo. Son incontables las formas en que la identidad del autor se disimula en su obra. Las posibilidades de elaborar lenguajes oblicuos para hablar de uno mismo son infinitas. Pero hay una tradición que no recurre al encubrimiento de lo personal, al contrario, la autoexposición es la estrategia comunicativa.

En la pintura, la poesía, la narrativa y el cine los ejemplos son abrumadores; en el teatro la autorreferencia explícita se ha vuelto omnipresente. Hoy es en las puestas en escena un elemento casi infaltable. Los dramaturgos reflexionan sobre su oficio en sus obras. La ficción se rompe para que el actor hable de sí. Hay un teatro autobiográfico que busca denunciar algún hecho de interés común y también está el confesional de tinte autocompasivo. Hay otra posibilidad que hace de la autoexhibición un instrumento para descender a las profundidades de la sombra colectiva. Las obras de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio se caracterizan por la originalidad de su pesimismo y también porque el ingrediente autorreferencial es recurrente en su trabajo. En Civilización los componentes autobiográficos eran notorios. Pero es en Autorretrato en sepia donde asume de lleno el uso de su identidad para crear su universo ficcional.

Autorretrato en sepia es una obra construida en la alternancia de apartes al público y el diálogo. Al antihéroe le cae un tumulto de desgracias. Es malhumorado, tiene una empleada doméstica que ensaya con él sus fracasos como peluquera, está divorciado y se ve obligado a pedir dinero prestado a su exmujer, la hamburguesería que le gusta no abre cuando se le antoja comer ahí, el jardinero no hace lo que le ordena, sus vecinos lo abruman, está enfermo, por lo que necesita un trasplante de riñón, su madre y hermano le han robado el dinero para la cirugía y, para colmo, es dramaturgo. Describe a su madre y a su padrastro como sicópatas, a su hermano como un abusivo marica al servicio del Opus Dei que maltrata a sus hijos. La infancia del no héroe fue violenta y solitaria. Lo golpeaba su padrastro, quien le arruinó con sus abusos el gusto por la música. En esta situación nada más alejado del ánimo general de la obra que mover al espectador a compadecerse del protagonista. Él y su universo se presentan como dispositivos para un extremo humor negro. El Barritas de Fresa, o Chucky, como se autodenomina el personaje central, se presenta como un misántropo, un gruñón que se descubre en desesperada necesidad de conquistar la aceptación de su ordinario y tramposo vecino, a quien rechazó en un principio con sorna. En el universo del protagonista no hay intención de pasar por políticamente correcto. No oculta su misoginia y homofobia. Nadie se salva en este universo sin nostalgias, sin grandeza. Entre todos los personajes el protagonista es el que se dibuja con el más cáustico rigor.

Autorretrato en sepia, de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, se estrenó el 17 de mayo en el teatro Juan Ruiz de Alarcón, bajo la dirección de Martín Acosta. El director reunió un equipo con el que ha logrado una armonía plena para una excelente farsa. Una fértil trayectoria teatral y su talento se dejan ver en la libertad imaginativa, la riqueza de sus recursos y el acierto de sus elecciones. La escenografía, del propio Acosta, la iluminación de Miguel Moreno, el vestuario de Fernanda García y el diseño sonoro de Joaquín López Chas se combinan con organicidad para adentrarnos en el mundo enrarecido, vuelto al revés, que nos brinda una posibilidad de asimilar mediante la risa la sombra colectiva. El espacio funciona como una metáfora del universo comprimido, alrevesado, de estridencia deliberada, de una sociedad autocomplaciente en su decadencia.

Diana Fidelia, Harif Ovalle y Flavio Medina desarrollan un trabajo convincente, versátil, en el que se ven plenos y fascinados en la exploración de sus personajes y despliegan sus múltiples recursos expresivos. En la función a la que fui el teatro estaba casi lleno. El público se rió una y otra vez de principio a fin. La temporada de Autorretrato en sepia en la UNAM terminará el próximo 6 de julio. Las funciones son de jueves a domingo en horarios convencionales.

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