La vida por un sueño

Se puede apreciar en el paso del texto a la escena un gozoso trabajo de investigación, que ha logrado potenciar dosis de humor.

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Luz Emilia Aguilar Z 19/06/2014 00:00
La vida por un sueño

Para obtener la nacionalidad estadunidense es necesario atravesar por un proceso agónico, que suele prolongarse por más de una década. Una alternativa a ese periplo es el programa del que dio noticia Julia Preston en una nota publicada en 2009, en el NYT.

Por primera vez desde la guerra de Vietnam, el gobierno de Estados Unidos abrió las filas castrenses para inmigrantes calificados con visas temporales y un mínimo de dos años de radicar en el país, para que a cambio de pelear en Irak y Afganistán, tuvieran la oportunidad de recibir la ciudadanía en un periodo de seis meses.

 “Los soldados inmigrantes han resultado críticos para el éxito estadunidense en cada guerra”, ha escrito en su blog Margaret Stock, profesora asociada del departamento de Ciencias Sociales West Point. Ejemplifica su afirmación recordando al galardonado Alfred Rascón, inmigrante indocumentado de México que sirvió durante la guerra de Vietnam; el general John Shalikashvili, polaco ingresado en Estados Unidos poco después de la Segunda Guerra Mundial, quien alcanzara el cargo de jefe del Servicio Secreto; y Raphael Peralta, inmigrante mexicano que recibió la nacionalidad estadunidense y honores, como premio por morir durante la batalla de Fallujah.

El precio que pagan los migrantes para obtener la nacionalidad, a través del mencionado programa de inserción en el ejército, es el tema de Érase una vez, Oc Ye Nechca, de Jaime Chabaud, ganador del premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 2013. En un juego de tiempos intercalados, el autor esboza el periplo de un michoacano que viaja como indocumentado a Estados Unidos, al cabo de un tiempo se enrola en el ejército para pelear en Irak, muere y retorna a su origen en ataúd, cubierto de honores por haber defendido las causas de la armada estadunidense. El texto cuestiona el sentido del nacionalismo. Con acidez muestra que ese valor ha servido para justificar crueles abusos y manipular los sueños, en especial de los desheredados.

En la interpretación escénica de esta obra que corre temporada en la UNAM, el director Marco Vieyra pasa de la espectacularidad ocurrente que vimos en su versión de Otelo, a una esencializada búsqueda de calidades emotivas y simbólicas sobre las tablas, para lo que cuenta con la complicidad eficiente de Margarita Lozano, Christian Cortés, Hasam Díaz, Leonardo Zamudio, Gustavo Linares y Antonio Zúñiga.

El inmigrante michoacano sacrificado, el albino, el polaco, los oficiales castrenses, entre otros personajes en el poema dramático de Chabaud, que prescinde de acotaciones, se reparten en los cuatro actores y en la actriz en un fluido flexible. Un papel importante desempeña en la puesta en escena el frenético ejercicio coreográfico, por momentos sutil, con los seis tablones de madera de pino, que nos recuerdan los bosques de Michoacán y la caja en que vuelven los caídos en la guerra.

Se puede apreciar en el paso del texto a la escena un gozoso trabajo de investigación, que ha logrado potenciar las dosis de humor, ternura, indignación e ironía en la obra de Chabaud. Al romper los actores el juego de sus personajes y mostrarse el ritmo se quiebra, deja paso a un extraño abismo de inverosimilitud y titubeo. El grupo, en general, logra una emotividad palpitante y un trabajo armónico de intensa interrelación.

Philippe Amand, quien lleva crédito por escenografía e iluminación, delimita con frugalidad el espacio escénico, a través de un tablado de madera rústica y lo habita con una luz capaz de transportarnos a los claroscuros de variadas formas de violencia y abuso de poder.

La música original y electroacústica de Iker Arce funciona como dispositivo casi escenográfico: ubica la acción en múltiples desiertos, nostalgia del bosque, donde irrumpen las batallas, vuela un tanque, una pistola escupe su bala solitaria y una madre llora la incomprensible muerte de su hijo. El sonido impone la evolución rítmica, matiza y enfatiza el paso de otra escena y manipula las emociones del espectador. Combina con buen tino la música con el canto de los actores, con la poderosa voz de Margarita Lozano, quien hiere el corazón con sus lamentos entonados con la pulsión de un agravio ancestral.

Érase una vez, Oc Ye Nechca terminará su temporada en el foro Sor Juana Inés de la Cruz el próximo 29 de junio. Las funciones son jueves, viernes, sábado y domingo, en horarios convencionales.

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