Shakespeare y los usos del poder

Muestra los usos de la imaginación para legitimar el poder y confirma que la historia la escriben los vencedores

COMPARTIR 
Luz Emilia Aguilar Z 12/06/2014 00:00
Shakespeare y los usos del poder

Alrededor del Ricardo III de Shakespeare, ese monarca sangriento, cojo, feo, chueco y jorobado hay más que un icono del tirano poseído por el mal. Estudios como el de Horace Walpole, Historic Doubts on the Life and Reign of King Richard the Third (1768), y la exhumación en 2012 de los restos del rey demuestran que no tenía una joroba ni cojeaba ni fue un ejemplo de correspondencia plena entre fealdad física y perversidad ética. La génesis de esta imagen de Ricardo III muestra los usos de la imaginación para legitimar el poder y confirma que la historia la escriben los vencedores. Cuando este drama fue escrito en el año de 1592, significó un espaldarazo al reinado de Isabel I de Inglaterra. ¿Cuántos personajes históricos han sido deformados en beneficio de oscuros intereses?

El Ricardo III de Shakespeare, si bien lleva el sello de la superlativa intuición dramática del autor y su genio poético en el manejo del lenguaje, no tiene los relieves y sutilezas de Hamlet y el Rey Lear. En esta obra los acontecimientos se agolpan con tosquedad y arman un conjunto caricaturesco de tensiones entre el bien y el mal. Enrique VII, abuelo de la Reina Isabel I de Inglaterra, quien mata en batalla a Ricardo III, en el contexto del drama resulta un libertador que acaba con la impunidad y abre una esperanza.

En su más reciente estreno, Mauricio García Lozano asumió el reto de desplegar sobre las tablas su visión de Ricardo III. Para ello partió de la traducción directa del inglés de Alfredo Michel. El propio García Lozano hizo el trabajo de adaptación, que consistió en recortes y la transpolación al presente. Estudioso apasionado de Shakespeare, comparte con el público en el programa de mano las contradicciones entre el Ricardo III histórico y el personaje teatral. En la puesta en escena, el director se concentra en construir el universo del drama sin alusión a esas paradojas.

En la trayectoria de García Lozano ha sido protagónico el preciosismo visual. En esta puesta se ve un cambio hacia la búsqueda de sentido por encima de la plástica. El escenógrafo Jorge Ballina coloca a los actores y público sobre el escenario del Teatro Julio Castillo. Con tres cuerpos de butacas y una estructura de dos niveles arma un cuadrilátero. El acabado de la estructura en madera de pino de segunda rompe con el ilusionismo museístico. Frente a cada uno de los conjuntos de butacas hay telones de plástico translúcido, que se levantan después de la tercera llamada e indican un ambiente opuesto al terciopelo rojo. El vestuario diseñado por Mario Marín del Río ubica a los personajes en nuestro tiempo. En la escenificación, en la que abunda la sangre, van apareciendo numerosos cadáveres de utilería envueltos en bolsas de plástico.

El elenco tiene marcados contrastes en su desempeño. Combina jóvenes actores y profesionales con trayectoria. Excepto Carlos Aragón, que asume el protagónico, todos se hacen cargo de más de un personaje. Sophie Alexander-Katz da fuerza y cierta complejidad a la esposa de Eduardo IV. En sus distintos papeles, Paloma Woolrich realiza un trabajo discreto. Tamara Vallarta es una arrojada, aunque débil Lady Ana. Carlos Aragón se planta con soltura y determinación, pero no logra desarrollar la brutalidad, el delirio del protagonista. Jorge Zárate y Ricardo Esquerra, en el salto de uno a otro personaje, admitirían un trabajo más detallado. En general hay una tendencia a lo declamatorio, derivada quizá de un manejo de la lengua a medio camino entre cierta formalidad y la adaptación al presente. Hay un deliberado contraste de tonos que apoya una variopinta selección musical por la que lleva crédito Pablo Chemor.

El conjunto mantiene entretenidos a los espectadores, que ríen y reaccionan con exclamaciones durante las cerca de tres horas y media que dura la función. En el curso de los días, al repensar la puesta en escena me pregunto: ¿Por qué no estremece ver sobre el escenario esta realidad atroz que alude al cinismo y el delirio en que vivimos? ¿Por qué no indigna reconocer ahí la violencia que nos carcome? Quizá porque las referencias en esta obra a nuestro sangriento presente resultan una reiteración de lo que ya sabemos.

Ricardo III, bajo la dirección de Mauricio García Lozano, se puede ver de jueves a domingo en el Teatro Julio Castillo, hasta el 3 de agosto.

Comparte esta entrada

Comentarios