¿No es país para los justos?

Cualquier estrategia que imaginemos para preservar nuestros recursos naturales corre el riesgo de estrellarse con la corrupción.

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Luz Emilia Aguilar Z 15/05/2014 00:00
¿No es país para los justos?

En la abrumadora cantidad de problemas que asfixian a nuestra sociedad, uno central es la corrupción. Cualquier estrategia que imaginemos para preservar nuestros recursos naturales, llegar a una reforma energética comprometida con la sustentabilidad y en beneficio de todos, lograr un sistema electoral justo y una práctica educativa que impulse el progreso del país, corre el riesgo de estrellarse con la tumultuosa corrupción. Ningún proyecto transformador y democrático puede alcanzar el éxito si no se erradica el antiguo juego de cochupos.

El extenso resquebrajamiento de valores que padecemos, que provoca en su exacerbación confusiones y obvia impunidad, es tema de la más reciente puesta en escena del dramaturgo y director David Gaitán, de la generación de teatreros emergentes en los inicios del siglo XXI. Simulacro de idilio llega como una respuesta a las interrogantes que Gaitán avanzó en La ceguera no es un trampolín, obra en colaboración con egresados de la Ernst Busch de Alemania. ¿Cuánto tiempo se puede habitar un hueco antes de civilizarlo? ¿Es preferible el placer de ser neutral ante la angustia de la responsabilidad? ¿Está agotado el teatro ficcional? ¿Es inválido un teatro que se aferra a contar historias? En Simulacro de idilio Gaitán se aproxima al canon de Ibsen y Shaw, que le permite, con guiños a Brecht, desarrollar un teatro argumentativo, para colocar ante el espectador el dilema de la degradación ética en todos lo niveles de nuestra convivencia.

Simulacro de idilio cuenta la historia del profesor Palacios, quien se encuentra en medio de una crisis matrimonial y en proceso de obtener una plaza en la escuela donde trabaja. Sus universos familiar y profesional se entrelazan en un intrincado enjambre de traiciones, abusos y componendas. Como el Dr. Stockman, protagonista de El enemigo del pueblo, Palacios se ve condenado al repudio en su afán de integridad. Sólo que a diferencia del héroe ibseniano, Palacios está en la frontera de la ilegalidad. Un deseo que se queda en potencia, el que se resiste a cumplir por respeto a los acuerdos sociales, exhibe las paradojas y contradicciones del sistema, el juego de sutilezas que puede distinguir el amor y la sana rebeldía del abuso y la perversión.

La historia está contada, bajo la dirección del propio autor, en un formato que rompe el ilusionismo. La organización del espacio prevé que los actores estarán todo el tiempo frente al público, aun cuando no participen en la escena en curso. Los diálogos se complementan con textos proyectados y con el juego gestual. El mobiliario es monocromático, en contraste con la diversidad de colores del vestuario. La escenografía es funcional y a la vez simbólica. Sillas que se pueden poner unas sobre otras en un precario equilibrio y que aluden el precio de ascender. El crédito por escenografía y vestuario es para Mario Marín del Río y el de iluminación para Matías Gorlero. En este ejercicio los actores, más que encarnar personajes, los presentan ante el público con ironía. Destaca el trabajo de Milleth Gómez como Yolanda, Amanda Schmelz como Graciela y Carlos Orozco en el papel de Palacios. Miguel Romero tiene a su cargo al Director y Alejandro Morales al Abogado. Como Julia está Sara Pinet. La obra tiene un tono fársico, al que responden los espectadores con sus constantes risas y exclamaciones.

Simulacro de idilio es una aproximación a la violencia de quienes tienen el poder, que usan la “legalidad” para imponer con descarado cinismo su capricho y ejercer a sus anchas la mediocridad. Ser director de una escuela, tal y como sucede con los legisladores y con una buena parte de los funcionarios del gobierno, puede significar el permiso de aplastar, humillar, despojar a los demás.

Palacios va enfrentando de lo grande a lo pequeño, de lo público a lo privado, el resquebrajamiento del pacto social. La sociedad impone una serie de acuerdos. Pero es una sociedad corrupta. ¿Y qué pasa cuando un sistema se reconoce como roto? ¿Se inventa otro? ¿Cómo hacer realidad otro sistema bajo la bota del dinosaurismo depredador que ha mermado la riqueza de nuestro país, la dignidad, los derechos fundamentales de las mayorías y que se empeña en legalizar la mentira, la violencia y la impunidad?

Esta recomendable puesta en escena se puede ver en el Teatro Santa Catarina de la UNAM, dentro del ciclo Dramaturgia Mexicana, en temporada del 3 de mayo al 1º de julio, con funciones de jueves a domingo.

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