¿Dónde quedó Macbeth?

Al llegar el público no recibe un asiento, sino una máscara veneciana que recuerda Ojos bien cerrados, de Kubrick.

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Luz Emilia Aguilar Z 24/04/2014 00:00
¿Dónde quedó Macbeth?

“Es una experiencia inolvidable”, escribió un espectador en su página de Facebook. “No se la pueden perder. Me hizo entrar a un mundo de evocaciones y horror que me ha quitado el sueño”. Otra voz en Twitter, por el contrario, pidió “que me devuelvan mi dinero. Esto es un fraude. Es la casita de los sustos más cara y pretenciosa que he visitado. No se entiende nada”. Sleep no more, de la compañía Punchdrunk, lleva presentándose alrededor de cuatro años en Chelsea, Nueva York, con localidades agotadas, a un costo de 90 dólares por boleto. Veinte dólares adicionales hay que pagar por el programa de mano, que tiene el formato de un libro con abundantes imágenes, la ficha técnica, las trayectorias de los participantes y una entrevista a Felix Barrett y Maxine Doyle, quienes llevan crédito de dirección. Ahí se explica que se trata de una paráfrasis de Macbeth, a través del cine negro.

La experiencia tiene como ejes la exploración de espacios no convencionales, el diseño de instalaciones, el estímulo de los sentidos del espectador con efectos sonoros y lumínicos, el acercamiento a un clásico y la propuesta al público de no permanecer sentado, de satisfacer su curiosidad desplazándose, subiendo y bajando escaleras.

Doyle, quien se encarga de las coreografías, especifica que además de Macbeth hay otras historias: “Tratamos de imaginar la acción que estaba sucediendo más allá de la página, lo que llamamos el texto “no visto” (...) La caída de Macbeth es el centro de Sleep no more, pero los demás personajes desarrollan narrativas igualmente importantes”. Cada ciclo de escenas de la obra se repite tres veces, así el espectador puede revistar lo que más le interese. Al llegar el público no recibe un asiento, sino una máscara veneciana que recuerda Ojos bien cerrados, de Kubrick.

Sleep no more sucede en un viejo hotel llamado McKittrick, que, según cuenta la leyenda, estaba planeado para ser el más lujoso de la ciudad. A causa de la Segunda Guerra Mundial no pudo ser inaugurado. La voluntad de romper con las convenciones comienza desde la compra de los boletos. Al llegar hay que hacer una fila. Cada 15 minutos un grupo de espectadores entra. Se le asigna a cada cual una carta de un juego de naipes y se le introduce en un bar. De ahí se le permite traspasar la puerta hacia las escaleras que llevan a los varios pisos del hotel, a las instalaciones, con iluminación que busca la máxima penumbra.

Están el laboratorio de un taxonomista, las salas de algo que parece un manicomio, habitaciones con aroma a viejo, un panteón, un bosque de pinos navideños (sin decoraciones) que de pronto se mueven, un salón de fiestas, entre otras. El ambiente se acerca a una evocativa recuperación de atmósferas decadentes de los años treinta del siglo pasado, donde se esconden misterios, historias contadas a medias, en el límite de convertirse en el castillito del terror dentro de un parque de diversiones. La promesa de que se puede ambular al arbitrio no se cumple.

Las coreografías son interesantes, sobre todo por la destreza de los bailarines para moverse en espacios muy reducidos, con desplantes violentos, en la cercanía del público y una fina capacidad para concentrarse en estados emotivos. Hay momentos en los que es preciso empujar, meterse a la fuerza entre los presentes para ver las escenas. Las instalaciones, la música a volumen alto, los efectos sonoros, el lenguaje corporal, las cartas manuscritas que se dejan en algún escritorio, los títulos de los libros, la mayoría catecismos o tratados de espionaje, apuntan a una dramaturgia sin diálogos, que se desarrolla en la exploración del espacio. Los actores jamás dicen una palabra. La interesante propuesta no logra sostener la expectación.

El conjunto me resultó fallido, sobre todo porque no percibí que los involucrados tuvieran algo qué decir. Luego de una hora de ambular por ese viejo hotel, la fascinación inicial hacia lo inesperado se fue convirtiendo en aburrimiento ante la simpleza efectista. En las abundantes ocurrencias, aproximaciones superficiales a la trama de Macbeth, ociosas derivaciones y algunas buenas secuencias de imágenes, no encontré ideas. La fuerza de La tragedia de Shakespeare se elude. Esta obra parece haber llegado para quedarse entre las múltiples diversiones que ofrece Nueva York. Como entretenimiento me pareció que no vale el altísimo precio por boleto.

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