El teatro en el tiempo

Valdés Kuri ha seguido un camino de incertidumbres y riesgos en busca de sentido, de congruente autenticidad.

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Luz Emilia Aguilar Z 27/03/2014 00:00
El teatro en el tiempo

¿Qué puede decir a la sociedad contemporánea un auto sacramental? ¿Cómo ser fiel a la dramaturgia clásica? ¿Recuperando la forma escénica en la que se presentó de origen? ¿Conservando la integridad absoluta del texto? ¿Practicando alguna intervención? ¿Cómo resignificar para el mundo de hoy el contenido densamente católico y evangelizador de esa forma teatral?

Desde hace casi dos décadas Claudio Valdés Kuri viene leyendo La vida es sueño, el auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca, con la idea de ponerlo en escena. Luego de ensayar en un intenso trabajo cotidiano durante cerca de 15 meses, el pasado fin de semana estrenó esta obra en el teatro Julio Jiménez Rueda, en el marco del Festival de México en el Centro Histórico. Los retos que asumió el director de De monstruos y prodigios, uno de los más celebrados entre los latinoamericanos en los festivales del mundo, no podían ser mayores. Congregó a un grupo de 14 actores, sólo hombres, una buena parte sin formación dancística ni musical y se propuso habilitarlos para tocar instrumentos, participar en coreografías y actuar en un drama simbólico de gran complejidad.

Claudio Valdés Kuri ha seguido un camino de incertidumbres y riesgos en busca de sentido, de plena y congruente autenticidad. Está convencido de que el teatro puede ser vía para transmitir un saber trascendente. En La vida es sueño vio la posibilidad de indagar en la sabiduría hermética, investigar en las claves de la geometría sagrada. La obra constituye un recorrido por la historia de la humanidad, desde una perspectiva divina. Nos muestra al hombre en su creación, caída y redención. En este auto el centro del universo es Dios, quien hace al hombre a su imagen y semejanza y lo coloca muy por encima del resto de sus criaturas.

Valdés Kuri toma el texto íntegro de la obra de Calderón, pero rechaza la espectacularidad visual del barroco. El espacio concebido por el propio director está ocupado por largas y simplísimas bancas al fondo del escenario. Los actores llevan ropa casual contemporánea y se van poniendo elementos de vestuario, por el que lleva crédito Ximena Fernández. Faldas largas de seda que se combinan con las camisetas de trabajo y giran al ritmo de danzas circulares, capas negras como de mago, cinturones con símbolos de la geometría sagrada, guayaberas, botines y algunos elementos de utilería. Destaca el énfasis en referentes mexicanos. Hay escenas en las que algunos actores bajan del escenario y ambulan entre la audiencia. Valdés Kuri contó con la participación de Ruby Tagle y Diego Piñón en la exploración corporal, de Leopoldo Novoa en la música y de Matías Gorlero en la iluminación.

La primera parte de la puesta en escena resulta larga, pesada en la entrega de un texto que si bien tiene poderosas imágenes, no pasan con fuerza al espectador. A lo largo de la representación se puede intuir algo muy importante y sabio en esa indagación por la batalla del hombre con su soberbia, albedrío, su relación con lo sagrado, algo que resulta sobrepasado por los insistentes “Bendecid al Señor”, “Gloria a Dios” y otras frases de ese estilo. Esa repetición coloca el significado de la obra en un contexto abrumadoramente católico o cuando menos cristiano, que ensombrece la potencialidad de otras lecturas.

El tono de esas alabanzas, aunado a la música mexicana barroca y el juego entre bien y mal característico de ese auto sacramental, acerca el tono a la pastorela. El trabajo me pareció aún en proceso hacia la consolidación de las coreografías, la actoralidad y la interpretación musical. El perfil ilustrativo del vestuario, próximo al lugar común, no ayuda a construir el universo ritual, a detonar la imaginación simbólica del espectador.

La reflexión construida luego del largo tiempo dedicado a los ensayos está ahí, pero no brilla. Admiré la entrega del equipo de trabajo, la franca audacia de la apuesta. La obra me parece que resultaría mucho más poderosa con ciertos cortes de texto y con una elaboración más provocadora en el universo visual.

La vida es sueño, con Teatro de Ciertos Habitantes, iniciará su temporada en el teatro El Galeón en los meses por venir. Luego de seguir de cerca a Valdés Kuri a lo largo de su extraordinaria trayectoria, puedo prever que nos brindará una feliz sorpresa con la evolución a la que llevará  esta puesta en escena.

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