De besos y de balas

Los actores de la obra ejecutan su trabajo ubicados entre el público.

COMPARTIR 
Luz Emilia Aguilar Z 06/03/2014 00:00
De besos y de balas

En algunas regiones de México las calles ocupadas por el Ejército son cotidianas. ¿Cómo llegamos a este punto? En su versión para la escena de El beso, de Antón Chéjov, Alonso Ruizpalacios nos recuerda esa inquietante realidad, pero su objetivo no es explicar estos tiempos violentos. Con su abordaje a la narrativa breve de Chéjov nos invita a reconocer la violencia y su contrapartida: el beso, la cercanía, en un ejercicio que explora la potencia participativa del público, de un modo que no invade, no agrede, no intimida al espectador.

Cada época fragua su estilo. Hoy, no sólo en México sino en el mundo, el teatro narrativo se ha impuesto de manera abrumadora, como también se ha impuesto el énfasis en la identidad de los actores por encima de los personajes, la presencia de lo “real” y la ruptura de la distancia entre el actor y el espectador, del espacio escénico y el correspondiente al público. En su versión de El beso, Ruizpalacios integra esas características, pero a diferencia de un buen número de intentos más o menos fallidos en este sentido, la manera en que las utiliza para resignificar el cuento de Chéjov tiene fuerza, ingenio y da lugar a una estimulante experiencia. En El beso, Ruizpalacios camina hacia una integración problematizada de la memoria.

Para la puesta en escena los espectadores quedan sentados en torno de una mesa alta, extensión de la cola de un piano. En esta organización del espacio, por la que llevan crédito las escenógrafas Atenea Chávez y Auda Caraza, actores y público comienzan la función codo a codo, en la expectativa de un banquete, que viene anunciado con dos sofisticadas opciones de menú en el programa de mano. El banquete es simbólico. Lo que sí se sirve es té de un samovar humeante. Si el espectador así lo quiere, a su taza le añaden una pequeña dosis de licor. La música, a cargo del pianista Pablo Chemor, es protagónica. Chopin se escucha y se siente vibrar en la madera del extendido piano que se toca en vivo. A la fiesta pueden entrar 25 personas, quizá un poco más. Los actores ejecutan su trabajo ubicados entre el público, frente, arriba y debajo de la mesa, en una exploración de sencillas e ingeniosas posibilidades lumínicas diseñadas por Ingrid Sac.

El cuento de Chéjov sobre el oficial militar que asiste a una reunión en casa de un general donde tiene un inesperado encuentro se va contando traducido al español con la participación de uno a otro actor y actrices que lo leen, en una narrativa escénica que interrumpe la lectura para explorar imágenes, significados, jugar con el tempo, el ritmo y la repetición. Se abren rendijas al presente que rompen la ficción chejoveana para dar lugar a otras ficciones. Sophie Alexander-Katz, Leonardo Ortizgris, Francia Castañeda, Raúl Briones Carmona y Pablo Chemor se interpretan a ellos mismos, brindan breves confesiones personales y pasan de uno a otro personaje de la historia. Explican lo que significa el beso en términos anatómicos, comparten su propia experiencia ante el fenómeno, ello entremezclado con preguntas sobre los soldados: ¿por qué alguien querría ser soldado? ¿Queremos al ejército en las calles?

En fidelidad a la circunstancia de Riabóvich oficial de artillería, protagonista del cuento de Chéjov, la historia va dejando el sedimento triste y angustioso de la marginalidad de aquellos seres que jamás brillarán ni serán amados. Los que se encuentran abajo en la pirámide del poder, ¿qué puede producir en su vida un beso? A Riabóvich le muestra una forma desconocida de alegría, de bienestar. ¿Algo a lo que el propio personaje se niega el derecho? El desempeño de los actores y actrices es brillante por momentos, lleno de energía, dinámico. Su intención no es ser los personajes, sino mostrarlos, desmenuzarlos en los referentes de su circunstancia personal y nuestro presente.

El beso, dirigida por Alonso Ruizpalacios —director de teatro y cine, quien ganó recién el premio Ópera Prima en la Berlinale, Alemania, por su filme Güeros—, podrá verse este fin de semana en el escenario del Cine Tonalá, en funciones de jueves y viernes y sábado, a las 21:30 y domingo a las 20:00 horas.

Comparte esta entrada

Comentarios