¿Involución o civilización?

Hoy lo que se llama irónicamente “progreso” industrial plantea un callejón sin salida.

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Luz Emilia Aguilar Z 27/02/2014 00:00
¿Involución o civilización?

La herencia milenaria de las creencias y valores, ritos y fiestas, la cohesión y la alegría de los pueblos rarámuri enclavados en los pliegues de la Sierra Madre Occidental, está amenazada. Los de pies ligeros, significado de rarámuri, han sobrevivido al hambre, la miseria, el abandono, las inclemencias del clima. Hoy se suma a sus depredadores la invasión del crimen organizado. El dolor, el miedo, la disolución de las comunidades quedan sepultados en las tolvaneras de información confusa, banal, manipuladora del enjambre mediático.

El fenómeno comenzado en Inglaterra a fines del siglo XVIII llamado Revolución Industrial, puso en marcha un proceso que despertó el terror de campesinos y artesanos de verse borrados por la llegada de las máquinas. ¿Cómo imaginar en ese tiempo el curso que este proceso, la llegada de este nuevo orden económico iba a tener para la humanidad?

Hoy lo que se llama irónicamente “progreso” industrial plantea un callejón sin salida, en el que se multiplican los signos de descomposición, no sólo de los equilibrios naturales, sino de los valores globales, con la imposición de un individualismo adicto al consumo y altamente depredador. Un progreso, un avance de la civilización que impone un sistema legal que legitima la injusticia y el desequilibrio, la indignidad de los marginados y la viabilidad de la vida, debería designarse de otra manera.

Consecuencias de ese proceso que va significando el deterioro de diversidades, humanas y biológicas en general, son las que ahora llevan a la zozobra a los rarámuri. El orden del mundo y de su organización comunitaria se ve invadido de muerte y horror por los comandos que entran, se llevan a los jóvenes, niños y niñas, que si sobreviven y vuelven a sus comunidades de origen, lo hacen destrozados en la dignidad de su cultura, con frecuencia transformados en sicarios.

Esta realidad es la que Camila Villegas quiere hacer visible en su obra Jacinto y Nicolasa, que ha iniciado temporada en el Teatro La Capilla, bajo la dirección de Alberto Lomniz. La obra dramática está planteada en la forma de dos monólogos, que pueden presentarse de manera separada o intercalados. La opción del director fue tejerlos en el tiempo y el espacio.

Jacinto confiesa que ha matado a un hombre del pueblo. Nicolasa suplica a los de “averiguaciones previas” que busquen a su hijo secuestrado. Las ausencias del juez impiden que Jacinto se entregue a la “justicia”. Un día cuando a esa justicia la da la gana, llega a imponer su condena al campesino. Para encontrar a su hijo los empleados locales piden dinero a Nicolasa. En esa agonía los personajes recorrerán grandes distancias. Si alguna esperanza es posible en ese mundo, no podrá venir sino de ellos mismos.

Estas historias se cuentan desde un escenario tan frugal como la vida en el campo, un banco, una silla, el cobijo de la luz para jugar con la imaginación y el peso real y simbólico de los vestuarios regionales. El crédito por escenografía e iluminación es para Martha Benítez. En el papel de Nicolasa, Olivia Lagunas confirma su talento nato para construir personajes, darles una fresca gestualidad, un barullo interior que se vuelve destello en los ojos, tristeza y rabia en el rostro, el código de una cultura en el movimiento de su cuerpo. Como Jacinto, Bernardo Velasco libra la pelea actoral desde una expresividad más contenida y tibia. La escenofonía de Rodolfo Sánchez Alvarado detona un evocador ambiente en el que se mezclan el miedo, la espera, los sueños y la riqueza del universo natural donde viven los personajes.

En el programa de mano, Villegas cuenta que tiene una comadre muy tenaz en la Sierra Tarahumara, que quisiera ir a verla, pero que ella le dice: “Las cosas allá se están poniendo muy feas. Y me cuenta sus historias. Y nos ponemos tristes: Y soñamos que un día, un sueño diferente, un sueño más justo se va a despertar allá donde crecen pinos y madroños”.

Parte de esas historias que la comadre le cuenta a Villegas son esta obra. Historias que hablan de la “justicia” en un país que legaliza la impunidad. A esta obra que tiene lugar los martes a las 20:00 horas en Madrid 13, en Coyoacán, y culminará la temporada el 25 de marzo; el público acude y llena la sala, aplaude y celebra. Si algo habría de objetar a la conmovedora experiencia es quizá que la puesta en escena resulta larga.

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