Guerra, migración, memoria

El autor sabe jugar al suspenso en el ir develando el pasado, entre las máscaras y la verdad de los personajes.

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Luz Emilia Aguilar Z 20/02/2014 00:00
Guerra, migración, memoria

Las guerras dejan su estela de horror cuando llega la paz. Dan lugar a migraciones, desgarramientos familiares, personales, exilios, miseria, hambre, enfermedad, dolor, locura y muerte. Eso lo sabemos, pero no lo suficiente para evitar el estallido constante de enfrentamientos armados en nuestro planeta. El tema de Nuevas directrices para los tiempos de paz, del dramaturgo Bosco Brasil, bajo la dirección de Gabriel Figueroa Pacheco, que concluyó el fin de semana pasado su temporada en el Teatro Orientación, ocurre cuando un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial llega a un puerto en Brasil, donde es conducido a una oficina de migración. Como la guerra acaba de terminar y no se han dado las nuevas directrices para los tiempos de paz, no hay reglas. Al migrante lo recibe un hombre que tiene en sus manos, a su caprichoso arbitrio, la posibilidad de darle o no el salvoconducto de entrada al país. El empleado impone como condición al sobreviviente para concederle el paso, que le cuente algo de su historia en la guerra, algo tan conmovedor que lo haga llorar.

 Hemos escuchado, presenciado, leído una abrumadora cantidad de relatos sobre la Segunda Guerra Mundial y cuando pienso en ello me pregunto: ¿por qué otras guerras tan o más terribles parecieran no existir, apenas se mencionan en la prensa, apenas encuentran sus relatos en la literatura, el teatro, el cine y la televisión? Nuevas directrices para los tiempos de paz parte de un punto de vista poco usual. Una mirada desde América hacia la guerra europea. El autor sabe jugar al suspenso en el ir develando el pasado, entre las máscaras y la verdad de los personajes. Y en reflexionar sobre el sentido de la vida y del teatro.

En un punto límite de su existencia se encuentran un potencial verdugo llamado Segismundo y un actor polaco que quiere hacerse pasar por agricultor, que no tiene más equipaje que su deseo de vivir y sus memorias, y quien trae en el corazón clavado el monólogo extraordinario de Segismundo en La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca.

¿La libertad? ¿En qué consiste la libertad? La guerra, las situaciones extremas nos dan la oportunidad de horrorizarnos de nuestra propia naturaleza o reconocer nuestro valor en pequeños o grandes actos de congruencia y de bondad. Los sobrevivientes capaces de alguna consciencia, que han sido débiles en las disyuntivas extremas del destino, están expuestos a cargar con la punzante daga en el corazón del precio que hacen pagar a otros para salvarse. Y hay verdugos sin empatía ni conciencia, que sólo cargan para siempre con el devastador desprecio hacia sus semejantes.

El espacio escénico se marca con una luz blanca concentrada en los actores, un espacio constreñido, por momentos asfixiante. Una mesa, un par de sillas, una vieja máquina de escribir: lo indispensable para marcar un tiempo y un punto en la geografía del planeta, un suceso en matices, sin grandes contrastes, donde sólo el salvoconducto brilla por su blancura. La intención parece ser crear con lo mínimo un soporte realista y centrar la atención en el desarrollo del texto y el trabajo actoral. El movimiento de los personajes se ve minuciosamente cuidado en el aprovechamiento de distintas perspectivas en una danza de poder y violencia sin golpes, donde los personajes apenas se tocan, no se gritan: se emplazan y desplazan. Un código espacial de la esperanza, la voluntad, los prejuicios, el miedo a un futuro incierto y sobre todo el miedo a recordar.

El ajedrez físico —conservador en su tendencia a mantener el frente de los actores hacia la butaquería— resulta aquí más logrado que el trabajo expresivo, la elaboración interna de los personajes. A José Antonio Falconi y Julien Le Gargasson, en el papel de Segismundo y de Clausewitz, respectivamente, les hace falta fuerza, profundidad, contraste en la expresión emotiva. Hace falta vida a ese río interno de verdad que pide el estilo.

Un apoyo importante es el sonido a cargo de Dulce Mariel Gutiérrez Aceves, enfocado en dar la ambientación del puerto y en indagar los universos interiores de los personajes. El sonido incidental del barco es un recurso útil para las transiciones.

Guerra en el continente, el país, la ciudad, la propia casa, guerra de uno contra otro, guerra en el alma y la memoria. Nuevas directrices para los tiempos de paz es una invitación a pensar en el precio que pagan los migrantes, en las hondas e incurables huellas de la guerra que permanecen en tiempos de paz.

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