Teatro y ambiente

Los primitivos rituales son actos de humildad y obediencia ante el sol, la luna, la lluvia, el mar, la fertilidad.

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Luz Emilia Aguilar Z 06/02/2014 00:00
Teatro y ambiente

“Para dominar a la naturaleza, hay que obedecerla”.

                                                Francis Bacon

 

La consciencia de la humanidad acerca de los efectos de transgredir el orden de la naturaleza se ha manifestado desde las cosmovisiones antiguas. Los fenómenos naturales se expresan desde esos orígenes como un conjunto de fuerzas avasalladoras que reaccionan ante la arrogancia de los seres humanos. Los primitivos rituales son actos de humildad y obediencia ante el sol, la luna, la lluvia, el mar, la fertilidad, a los que se atribuyen identidades divinas. Recordemos la ira de Dios que provoca el diluvio universal. Pero si bien esa intuición es milenaria, imperativos económicos y políticos han llevado a distintas comunidades a no asumir ese saber.

La sociedad contemporánea se comporta como si tuviera al alcance el dominio sobre la naturaleza, sin obedecerla. Las pruebas de que pagaremos el precio de esa soberbia están por todos lados: en inundaciones que sumergen bajo el agua a poblaciones asentadas en lechos de ríos; en pueblos enteros sepultados bajo montañas que se desmoronan por la deforestación; en sequías que se prolongan más de lo acostumbrado; en desórdenes atmosféricos que hacen inviables cultivos antes fértiles en determinados terrenos. Los signos del cambio climático global se hacen cada vez más evidentes.

Los mitos han sido la base de distintas teatralidades. La transgresión de Edipo al matar a su padre y procrear con su madre tiene consecuencias, como lo describe al propio Edipo El Sacerdote, al inicio de la obra cumbre de Sófocles: “Tebas, como tú mismo lo estás viendo, se halla profundamente consternada por la desgracia; no puede levantar la cabeza del abismo mortífero en que está sumida. Los brotes fructíferos de la tierra se secan en los campos; perecen los rebaños que pacen en los pastizales...”. En esa tragedia el error cometido por Edipo, hybris, que se traduce como soberbia, produce la ira divina que se manifiesta en acción destructora de la naturaleza.

En el teatro moderno el tema de la relación del hombre con el entorno ha estado presente. Hay tres obras del siglo XIX que me van pareciendo más y más pertinentes: El jardín de los cerezos y El tío Vania, de Antón Chéjov, y El enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen. La tríada conjuga una imagen dinámica, en una perspectiva ética, de las representaciones que hace un siglo se tenían sobre la cuestión ambiental.

Chéjov, quien practicó la medicina, lleva al ámbito escénico su experiencia en ese campo. En El jardín de los cerezos el conflicto es la decadencia de una despilfarradora familia de terratenientes, a la que resulta inviable económicamente mantener su finca, donde hay un hermoso bosque de cerezos. Su desidia los lleva a vender esa herencia para que se convierta en un desarrollo turístico, lo que implica talar los árboles. En El tío Vania enfrentamos el agotamiento espiritual de una sociedad depredadora, que va devastando los bosques y provocando la reducción de la diversidad biológica, en un andar hacia ningún lado. La degradación del entorno es eco de la degradación de la sociedad. El tío Vania se estrenó en 1900 y El jardín de los cerezos en 1904.

Poco antes, en 1888, Henrik Ibsen había escrito Un enemigo del pueblo, en la que configura un mapa de las tensiones entre el desarrollo económico, los sectores político, empresarial, medios de comunicación, la voluntad de las mayorías y la ética. La obra trata sobre la posibilidad de un gran negocio colectivo para un pueblo, a partir de la apertura de un balneario que se anuncia como fuente de salud. El doctor de ese centro analiza las aguas y encuentra que están contaminadas. Ante la perspectiva de que se aplace el negocio y la inversión para ponerlo en marcha se incremente, el alcalde, hermano del doctor denunciante, el periódico de la región donde el galeno es colaborador, y los empresarios inician una persecución contra el denunciante para que se retracte. El médico pierde su trabajo, su casa y, contrario a lo que esperaba, el pueblo lo repudia también; lo acusa de ser su enemigo.

La representación, en una perspectiva ética, de una sociedad que en su decadencia devasta los bosques y produce contaminación, prefigura desde el teatro los errores que no se han podido contener en el último siglo y que hoy han colocado a la humanidad ante el riesgo de su propia aniquilación. ¿Qué nos dice la escena contemporánea al respecto?

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