Teatro, exilio y universalidad

“Verde, que te quiero verde” se volvió una frase popular en Irán.

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Luz Emilia Aguilar Z 30/01/2014 01:01
Teatro, exilio y universalidad

Las migraciones desgarradoras, las dichosas, las voluntarias y las impuestas han significado con sus claroscuros un incesante enriquecimiento de la geografía imaginaria de la humanidad. Sin los hombres y mujeres venidos de fuera, sin el dar y recibir entre diversas cosmovisiones, nuestro teatro, y en general nuestro país, no tendrían la pluralidad y fuerza que los caracterizan.

Como un testimonio y celebración de las paradojas del exilio, de su capacidad para abrir caminos, reinventar identidades y sentidos y también su zozobra, violencia, orfandad y despojo, este sábado tuvo su primera de dos funciones en el teatro bar El Vicio, Verde sangre, fría plata, de Kaveh Parmas, quien escribió el texto, el que dirige, actúa y canta.

También participan Mehdi Molaei, extraordinario intérprete de los instrumentos de cuerdas clásicos de Irán, el setar y el shuranguiz, y el virtuoso en la guitarra barroca, Manuel Mejía Armijo; ambos, autores de la música original y adaptaciones para la puesta en escena.

El espectáculo conjuga el mundo imaginario de un poeta exiliado, que una noche solitaria en un bar evoca a Federico García Lorca, Dalí y Buñuel. Busca también sentido e identidad en Ahmad Shamlú, el reconocido escritor persa que tradujo al farsí la obra del granadino, además del Cantar de los cantares y poemas de Langston Hughes y Yannis Ritsos.

“Verde, que te quiero verde” se volvió una frase popular en Irán, porque el juego de palabras cobró poderosas implicaciones políticas. El espectáculo arma un sintético universo referencial, lúdico, inesperado y audaz, de fino sentido del humor, en el que no tienen cabida ni la solemnidad ni la declamación.

Las entreveradas presencias del poeta asesinado por el franquismo y Ahmad Shamlú, que fue como el escritor español víctima de represión política, trazan líneas breves y contundentes sobre los totalitarismos, el dolor, el erotismo y el gozo de la palabra y la música, y su posibilidad de transformar la desventura en fulgor creativo.

En esta obra Kaveh explora y reinventa su identidad en el encuentro de oriente y occidente.

Kaveh Parmas, quien vino a nuestro país por primera vez con De memoria, de Miguel Ángel Gaspar, en los 90, sabe de exilios: salió de su natal Irán a los siete años, cuando sus padres se divorciaron, una catástrofe para él que significó su destierro a Viena, a donde lo mandaron al cuidado de su abuelo, entonces embajador de su país en Austria.

Kaveh pasó por un internado de monjas, donde enfrentó el contraste de su universo originario islámico y el cristianismo. Aprendió a hablar el alemán mejor que los austriacos, además del francés y el inglés. Se encontró con la música de Mozart y de Schubert, que le fascinaron. Sin embargo, fue en el cante jondo donde vibró el eco europeo de su profunda identidad.

Cuando Parmas terminó los estudios medios superiores entró a la escuela de teatro Max Reinhardt. Ha recorrido un largo y fructífero viaje formativo con Peter Brook, Ariane Monouchkine, George Tabori y el Burgtheatre. Hoy es mexicano por naturalización y forma parte de la compañía Teatro de Ciertos Habitantes, que dirige Claudio Valdés Kuri, con la que ha colaborado en De monstruos y prodigios, Dónde estaré esta noche y El Gallo, y con la que estrenará en breve el auto sacramental La vida es sueño

Verde sangre, fría plata es resultado de un feliz proceso de experimentación. Manuel de Falla y blues adaptados al setar, el shuranguiz y la guitarra barroca, además del cante jondo, tejen una identidad emblemática de las migraciones de nuestro tiempo.

Sólo por la música ya valdría la pena asistir a esta experiencia, pero además está el notable trabajo actoral de Parmas, quien llena el escenario con su intuición, energía, creatividad, eclécticas técnicas expresivas y un registro de tonalidades y magnetismo que se encuentran rara vez. Parmas logra resignificar la poesía de García Lorca detonando ironía y humor escasamente reconocidos en el poeta asesinado por el franquismo. El trabajo de este conjunto de artistas es sorpresivo y fascinante.

Verde sangre, fría plata alcanza con inventiva, pasión necesidad de decir y un mínimo de producción, un acontecimiento musical y actoral lleno de frescura, rigor y gozo. Este sábado primero de febrero tendrá lugar la última función de esta propuesta memorable en su breve temporada en El Vicio, ubicado en Madrid 13, Coyoacán.

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