Luz, materia, ojo, mente, alma

La vida en la tierra sería imposible sin la luz.

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Luz Emilia Aguilar Z 02/01/2014 00:00
Luz, materia, ojo, mente, alma

La luz es un fenómeno por completo trascendente al que ponemos poca atención, fuera de algunos científicos, filósofos, teólogos y artistas que se han dedicado a estudiarla. La vida en la tierra sería imposible sin la luz. Es sinónimo de consciencia y sabiduría. Forma parte central de nuestra experiencia interior y externa. La conquista de lo que hoy sabemos de la luz ha tomado siglos de intuiciones, experimentos, debates y teorías. Y si bien nuestra comprensión de su comportamiento y la capacidad de desarrollar arte e industria con sus cualidades ha dado un gigantesco salto en los últimos tres siglos y muy especialmente en los 150 años
que nos preceden, la naturaleza de la luz aún resulta un misterio.

¿Qué fue primero, la luz o el ojo? En su libro Atrapando la luz, historia de la luz y de la mente (Andrés Bello, 1994) Arthur Zajonc responde: “La luz siempre activa creó el ojo. Esculpió un órgano adecuado para sí misma, como el agua del arroyo moldea las piedras sobre las que se desliza. Si la luz no hubiera visto al hombre, nunca habríamos visto la luz.” Y para enriquecer su argumento cita a Johann Wolfgang von Goethe: “El ojo debe su existencia a la luz. A partir de indiferenciados órganos animales, ésta produce un órgano que se corresponde consigo misma; y así el ojo está formado por la luz, para la luz, de modo que el ojo interior pueda encontrarse con el exterior”.

Científicos de distintas épocas han experimentado que al proyectar luz en el vacío de una cámara negra no se ve nada. Uno percibe objetos, partículas, gases, vapores, superficies, es decir la materia en contacto con la luz. Por sí misma la luz es invisible. En la exploración de la naturaleza el más evanescente de los fenómenos es la luz. Lo expone todo a nuestra visión, menos a ella misma. Cuando un ciego de nacimiento adquiere la posibilidad de ver después de la temprana infancia no puede percibir las mismas imágenes y colores que los demás. No basta tener ojos sanos para contar con la posibilidad interior, mental de imaginar, de configurar el sentido de lo que uno percibe. Ver es un aprendizaje. Nuestra facultad de ver está determinada de manera radical por nuestra cultura. “La luz de la naturaleza y de la mente se entrelazan en el ojo y suscitan la visión. Pero cada una de ellas por separado es misteriosa y oscura. Aún la luz más brillante puede escapar de nuestra vista (...) sin una luz interior, sin una imaginación visual y formativa, somos ciegos”, afirma Zajonc.

Las explicaciones y fabulaciones sobre la luz desde la Biblia, el Corán, los estudios de Empédocles, Aristóteles, Teofrasto y Platón, las ideas de Guillermo de Conches, los hallazgos sobre la perspectiva lineal, los descubrimientos de Galileo, Bacon, Newton, Fontenelle, Fresnel, Maxwell, Kelvin, Grosseteste, Faraday, Planck, Einstein, Bohr, Feynman, en el paso de las teorías basadas en la existencia del éter a la teoría cuántica, lo que hemos logrado, más que penetrar en la profunda verdad sobre la luz, es manifestar nuestros prejuicios y miedos, nuestra capacidad de invención y de ampliar los horizontes de nuestro conocimiento, el paradigma en el que nos movemos. En la antigua literatura griega, como lo notó Goethe, no hay mención del azul. Hablan del mar “vinoso”. Describen al cielo, pero jamás refieren el color azul, de modo que el color no es algo uniforme para todos. Se percibe a través de un proceso mental complejo y específico. Estudios comparativos entre culturas han arrojado que cada sociedad ve el mundo, aún en sus formas y colores, a través de estructuras imaginativas diferentes. Cada tiempo ha configurado los límites de su realidad sensorial. Dice Ernst Cassirer que “para la mente sólo es visible aquello que posee una forma definida, pero cada forma de la existencia tiene su origen en un modo especifico de ver”.

En su erudito viaje por las distintas aproximaciones a la luz, en las que se incluye al mundo árabe y el Oriente, Zajonc concluye de que es una limitación quedarnos con las explicaciones netamente científicas al margen de las espirituales y viceversa. En su recorrido se detiene en Rudolf Steiner, quien fue agredido y hasta perseguido por sus ideas sobre la luz y la divinidad.

En la  historia de Occidente ha sido característica la fragmentación del saber, la separación de lo físico, lo ético y espiritual. En su apasionado recorrido Sajonc hace un llamado a aproximar nuestra consciencia al fenómeno de la luz desde una visión unificadora y es insistente en recordarnos que el conocimiento tiene insoslayables implicaciones éticas.

Para terminar la reflexión en este segundo día de un año que comienza con esperanza para unos y temores para otros, cito un párrafo del Evangelio según San Mateo: “Los ojos son como una lámpara para el cuerpo; así que si tus ojos son buenos, todo tu cuerpo tendrá luz; pero si tus ojos son malos, todo tu cuerpo estará en la oscuridad. Y si la luz que hay en ti resulta ser oscuridad, ¡qué negra será la oscuridad misma!” Y una sabia recomendación de Lao-Tse: “Usa tu luz interior para recobrar la claridad natural de tu visión”.

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