De la palabra a la imagen

El teatro no es sólo imagen en movimiento, es un complejo lenguaje de múltiples vertientes.

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Luz Emilia Aguilar Z 19/12/2013 04:19
De la palabra  a la imagen

Hace 16 años Giovanni Sartori publicó Homo videns, la sociedad teledirigida, ensayo en el que advirtió de la transformación del “homo sapiens, producto de la cultura escrita, al homo videns, para el cual la palabra está destronada por la imagen”.

En el prólogo a la tercera edición el politólogo afirmó: “Estoy más convencido que nunca de que nos encontramos en una mutación genética. (...) en la que el hombre tele-video formado se ha convertido en alguien incapaz de comprender abstracciones, de entender conceptos.”

¿Sólo el universo de las palabras es capaz de producir y transmitir saber? El pensador italiano avanza su respuesta: “Algunas palabras abstractas —no todas— son en cierto modo traducibles en imágenes, pero se trata siempre de (…) un sucedáneo infiel y empobrecido del concepto que intentan «visibilizar». (…) La imagen de un hombre sin trabajo no nos lleva a comprender en modo alguno la causa del desempleo y cómo resolverlo. (…) el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepciones mentales) que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos (…) La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender.”

Lo anterior plantea preguntas al arte de la escena, que durante el siglo XX se ha caracterizado en Occidente por el desplazamiento del texto y el avance de la imagen.

¿Significa esto que el teatro ha perdido capacidad de generar y transmitir conocimiento? La respuesta no es una, ni simple. El teatro no es sólo imagen en movimiento, es un complejo lenguaje de múltiples vertientes. Hay un teatro de texto que dice mucho, pero también lo hay que no dice nada. Y hay un teatro de la imagen, que al poner en marcha los referentes del espectador, en una inteligible densidad simbólica genera preguntas, crisis, perspectivas, saber y memoria.

Un ejemplo de teatro que privilegia la imagen es Trazos de fuego, escrita, dirigida y actuada por Irene Akiko Lida, con escenografía e iluminación de Sergio Ecatl y Esaú Corona.

En este ejercicio son protagónicos la música, la coreografía, el gesto, la plástica, con énfasis en el fabuloso vestuario y maquillaje. En Trazos de fuego la mitología, la caligrafía y las técnicas de expresión corporal japonesas son la base para explorar un universo abstracto, por momentos de extraña belleza.

Según se informa en el programa de mano trata la obra de un “bonzo” que por medio de la disciplina del “shodo” (arte de escribir ideogramas) evoca la presencia de las deidades elementales de Oriente.

Su escritura hace encarnar sus miedos y debilidades. Los personajes que aparecen son el agua, el fuego, el “Fujin”, el “Raijin”, el “Sumi” y el “Fude”. Participan sobre el escenario, además de la autora y directora, Arturo Tames, Yolox Medina, Alejandro Méndez, Nahoko Kobayashi y Tenoch Méndez, quienes interpretan música en vivo y ofrecen un desempeño corporal, energético, riguroso y convincente, con momentos interesantes en la exploración de lo grotesco.

Son escasas las palabras, unas cuantas caen de la boca de los intérpretes y las hay escritas en japonés durante la escena, ya con tinta sobre papel, ya con las combinaciones de los cuerpos desnudos que se vuelven paisaje, más que conceptos, porque el público mexicano difícilmente entiende los ideogramas.

Esta obra altamente críptica resulta memorable por algunas de sus escenas y también larga, en la medida en que el espectador no está familiarizado con el universo singular y sincrético de la autora y directora, y al no comprender lo que ve, se distrae y es tocado por el tedio. La experiencia me hizo pensar en la necesidad de un equilibrio entre lo nuevo, la primeridad y el lenguaje compartido. Lo que no se conoce puede sorprender y descolocar, pero también pasar desapercibido porque el espectador no tiene cómo asirlo. La obra que abordo me pareció a medio camino en estas posibilidades.

Trazos de fuego, de Irene Akiko Lida —apasionada de la escena, a quien hemos admirado en trabajos del Teatro de Ciertos Habitantes— se pudo ver hace unos meses en producción de la UNAM, en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, con sala llena, y también con abundante público el pasado fin de semana dentro de la Colección de Teatro Alternativo, del INBA, en El Galeón.

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