¿Topless o no topless? Esa es la cuestión

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Lucero Solórzano 05/09/2014 00:00
¿Topless o no topless? Esa es la cuestión

Pasearse por los centros turísticos europeos sin la parte de arriba del bikini, se convirtió en los años cincuenta en toda una declaración de principios para el sexo femenino. Una mujer que exhibía despreocupadamente sus pechos, sin importar su forma, ubicación o tamaño, estaba gritando a los cuatro vientos que era libre, emancipada, dueña de su cuerpo, que no tenía que rendir cuentas a nadie, que el “qué dirán” la tenía sin cuidado, porque el puritanismo y las buenas costumbres no eran quien para imponerle cómo comportarse. Era una rebelde ante el sistema.

Hacia los sesentas una nueva moda causó furor y se ganó millones de seguidoras: el monokini, un traje de baño con tirantes que dejaba al descubierto los senos, y que se transformó en un simple panti o braga que dejaba flotar en completa libertad los pechos de la portadora. ¿Era eso ser libre?, ¿vanguardista?, ¿independiente?, ¿sin prejuicios?, ¿hacia más poderosa a una mujer?, ¿más entrona?, ¿más influyente? Para las mujeres de entonces, claro que sí. Nada más hay que recordar la quema de los brassieres en la hoguera, por parte de activistas y feministas, que rechazaban el yugo que implicaba de la prenda.

El escándalo no se hizo esperar: las mujeres en topless eran juzgadas como ligeras y fáciles. El Vaticano, que siempre le ha tenido mucho miedo a los avances de la humanidad en materia de sexo, en 1958 declaró oficialmente a la inquieta Brigitte Bardot, una de las pioneras del topless, como “la encarnación misma del pecado”; la pobre BB era el diablo en persona. La mujer que tratara de imitarla, y los hombres que se perdían en sueños húmedos obsesionados por su irresistible erotismo, correrían el mismo destino de los brassieres de las hippies: se quemarían en la hoguera, pero del infierno.

Hoy en día las playas nudistas siguen en boga en Saint Tropez, ciudad donde Brigitte Bardot vive un precario retiro a sus casi 80 años, acosada por la crueldad de los paparazzi y rodeada de 1000 animales abandonados, mientras hace desatinadas declaraciones en torno a la política y el racismo, pero desde hace años un rechazo ha marcado la moda topless, que muchas mujeres están prefiriendo dejar de practicar.

En las playas de San Sebastián, en el norte de España y a escasos kilómetros de Francia, las abuelas van por los nietos al cole, y con canasta y sombrilla se van a comer a la playa. Es una ciudad muy conservadora, pero a pesar de ello, estas abuelas, que pasan de los 55 o 60 años, no tienen ningún empacho en tomar el sol en topless. Las carnes de algunas todavía se mantienen obedientes y en su sitio, pero en la inmensa mayoría la firmeza de los cuerpos se ha perdido. Estas mujeres que han sido madres, que han amamantado, trabajado, engordado, adelgazado, y vuelto a engordar, ahora cuidan nietos, delante de los que no ven el problema para mostrar sus caídos, abundantes, escasos o desinflados pechos en las playas del Cantábrico. Esto sí hay que decirlo, a nadie le importa, nadie critica o se escandaliza, nadie se mueve a otros espacio de la playa. Hay absoluta libertad y respeto. Hay naturalidad.

Un estudio de 2013 arrojó datos interesantes en lo que se ha llamado la “regresión” en el topless en Francia. El 93% de las francesas afirman que llevan a la playa la parte superior del bikini, y para el 35% es impensable seguir mostrando los pechos.

Hay razones de peso: algunas temen la exposición al sol en relación con el cáncer de piel; otras rechazan el prejuicio de verse cosificadas porque traen dos buenas tetas pegadas al cuerpo y probablemente nada en el cerebro; muchas, ante los avances de la cirugía estética que hace perfectas a otras, prefieren guardar lo que ellas llaman “sus miserias”; una buena parte, ante la tecnología de las redes sociales, y el riesgo de que cualquier fotografía pueda ser subida clandestinamente a internet, prefieren no correr el peligro de ser exhibidas.

Hoy, en 2014, pasearse en topless ya no es una declaración de principios de mujeres empoderadas. Es simplemente la desnudez del cuerpo femenino, perfecto o imperfecto, cómodo o incómodo, natural, pero nada más. ¿A quién le importa?

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