Dickens y una mujer invisible

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Lucero Solórzano 18/06/2014 00:00
Dickens y una mujer invisible

En toda la tradición del romanticismo británico el actor inglés Ralph Fiennes protagoniza la que además es su segunda película como director, La mujer invisible (The Invisible Woman, Reino Unido 2013), basada en la novela homónima de Claire Tomalin.

Fiennes tiene una carrera impecable como actor. Ha estado nominado al Oscar dos veces, una por su interpretación de Amon Goeth, el brutal comandante de un campo de concentración para prisioneros judíos en la Segunda Guerra Mundial en La lista de Schindler, y otra más por su trabajo como el Conde Lazlo de Almás y en El paciente inglés. Posee un registro amplio que le permite ser convincente en el drama y pasarse a la comedia, como es el caso de la más reciente película de Wes Anderson, en la que el británico da vida al singular conserje de un hotel de prosapia en El gran hotel Budapest, cinta en la que dentro del clásico humor ácido y muy creativo del realizador estadunidense, Fiennes regala una actuación que está entre las más destacadas de este año.

Charles Dickens es uno de los principales proveedores de historias al cine y la televisión. Probablemente es el más cercano al número uno, su paisano William Shakespeare, de quien en The Internet Movie Data Base (imdb.com) se registran más de mil créditos, cuando de la obra de Charles Dickens se conocen un poco más de 340 adaptaciones.

El autor de Grandes esperanzas ha sido representado en numerosas ocasiones en el cine, la más lograda la de Derek Jacobi. En La mujer invisible Ralph Fiennes se pone en la piel del escritor para contar la historia, poco difundida, de la relación amorosa de Dickens con la actriz Nelly Ternan, muy bien interpretada por Felicity Jones, que en algunos momentos es más convincente que el propio Fiennes, quien se reserva para él la recreación del personaje central de la historia. No pude evitar recordar a Jones en Breathe In titulada en México Pasión inocente y que comentamos aquí recientemente y en la que la actriz es una jovencita inglesa que llega a vivir, en intercambio estudiantil, con una familia estadunidense ya inestable, y en la que su presencia desencadena un grave descontrol por parte del papá.

Dickens, que vivió entre 1812 y 1870, estaba casado y tenía diez hijos de su matrimonio. Conoció el éxito y la prosperidad en vida, al contrario de grandes talentos que no son reconocidos en su tiempo. Vivía bajo la severa presión de la sociedad victoriana de la época, y cualquier amorío significaba un estigma y el rechazo social. Según el argumento en La mujer invisible era un hombre carismático, divertido, ocurrente, y tendiente a la galantería cuando estaba rodeado de mujeres. Ternan se convirtió en su amante cuando tenía 18 años y él 47. El eje del relato es la propia Nelly, quien precisamente por esas presiones, puritanismo y doble moral, se limitó a vivir a la sombra del hombre que amaba, relegándose casi a un nivel de invisibilidad. Su relación se prolongó hasta la muerte del escritor.

Aunque la línea del relato y el estilo de Ralph Fiennes en la dirección recuerdan el mundo de las obras de Jane Austen, el realizador alcanza a desviarse del riesgo de ser melodramático o sentimental, pero es ese mismo tratamiento el que hace que por momentos nos alejemos emocionalmente de los personajes. Sin quedar muy definido si es un problema de falta de química entre Fiennes y Jones, o un exceso de perfeccionismo y elegancia para plasmar la época, los escenarios, la luz, los colores, el vestuario —que llegan a “enfriar” la recreación del drama—, como espectadores acabamos por no sentirnos involucrados en la tragedia de este amor que estuvo condenado a desarrollarse en las sombras.

La falta de erotismo y tensión sexual hacen que el arrebato de un hombre que se enamora de una mujer que puede ser su hija, y de una joven que se ve atraída por un creador genial que, en cierta forma, llena su necesidad de una figura paterna, no nos lleguen al alma ni nos permitan conectarnos con su dolor.

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