Godzilla: lo mismo

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Lucero Solórzano 28/05/2014 00:00
Godzilla: lo mismo

Falta de creatividad e ideas nuevas. Con ello el regreso de viejas historias que sólo se ven reforzadas por la evolución de la tecnología digital, pero que argumentalmente aportan muy poco o nada.

Es el caso de la más reciente versión de Godzilla (Estados Unidos-Japón, 2014). Es el segundo largometraje del director estadunidense Gareth Edwards, cuya película anterior es Monstruos de 2010.

Esta nueva adaptación cinematográfica de la historia de Gojira (como se le llama al gigantesco reptil en Japón), tiene en efecto muy buen uso de los efectos especiales, de esas nuevas tecnologías que actualmente arrasan en el cine, y que en muchos casos seducen y llevan a sobrevalorar películas que no tienen mayor mérito.

La primera vez que Godzilla se apareció en la gran pantalla fue en el cine japonés, en 1954, dirigida por Ishiro Honda, coescrita por él junto con Shigeru Kayama,  sobre una historia suya, y Takeo Murata, a casi diez años del lanzamiento de las bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Japón es el único país que ha sufrido un ataque nuclear.

El infierno que se desató había dejado una herida profunda en la población y Godzilla-Gojira era una manera de representar a ese monstruo. Honda lo desarrolló en un principio como una metáfora o simbolismo del ataque nuclear, pero en las versiones subsecuentes el personaje fue teniendo alteraciones e incluso a su llegada a las salas norteamericanas se modificaron algunos aspectos para disociarlo de la imagen negativa del ataque infligido por Estados Unidos al pueblo japonés, y con el que se dio por terminada la Segunda Guerra Mundial.

El origen de Godzilla es incierto, pero se sugiere que está relacionado con los efectos de las radiaciones atómicas, que generaron mutaciones y cambios genéticos en una especie ficticia. El personaje se fue “reinventando” hasta convertirlo en un héroe que salva al Japón de otros monstruos.

En esta nueva versión de Gareth Edwards —paradójicamente coproducida por Estados Unidos y Japón—, se introducen varias licencias en relación con el original. Lo mejor son los primeros 40 minutos, y el inicio es atractivo, pero ni con la parafernalia de efectos visuales y de sonido, la película se recupera. Ahora bien, si la comparamos con la anterior que Roland Emmerich dirigió en 1998, es una verdadera joya, aunque adolece de muchas carencias. Visualmente es un gran espectáculo, sólo eso.

Su campaña de promoción fue muy efectiva. Eso de mostrar casi nada del monstruo, despierta el interés del público y lo invita a generar expectativas, que luego se ven defraudadas como sucede con esta cinta. Como buena película de desastre (y un poco desastrosa), Godzilla comienza con el típico científico, interpretado por un muy convincente Bryan Cranston (Malcolm in the Middle, Breaking Bad), que encuentra que una serie de extraños sismos que se suceden en una región de Japón, son el presagio de algo terrible que está por suceder. Desesperado quiere dar la voz de alarma pero, por supuesto, nadie le cree.

Tras un duro golpe se aísla del mundo, pero sigue con sus investigaciones y pasan varios años. Tiene una  distante relación con su único hijo que vive en San Francisco, y al que casi no ve; otro cliché. El científico medio traumatizado es el único que se da cuenta de la catástrofe que está por ocurrir y nadie lo escucha. Bueno, también hay un grupo de “sabios” medio en contubernio con el ejército que intuyen algo, pero andan muy pérdidos. Otros monstruos aparecen destrozando todo a su paso, pero el protagonista, con eso de mostrarlo poco, tiene pocos minutos en la pantalla y en secuencias muy oscuras,  considerando las dos horas de duración y a las que les podríamos eliminar casi 20 minutos.

Las fallas argumentales son graves. Probablemente la que más afecta la película es desaparecer demasiado pronto personajes que le dan una voz a la historia. Como espectadores nos desconectamos de la trama, y Godzilla se convierte en otro catálogo de la espectacularidad y el circo que produce la tecnología moderna, pero como película se desintegra.

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