La mirada del amor

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Lucero Solórzano 23/05/2014 00:00
La mirada del amor

Descansando en una premisa muy endeble y hasta descabellada, la historia en La mirada del amor (The face of love, Estados Unidos, 2013) arranca muy bien, especialmente por el enorme talento de los protagonistas Annette Bening y Ed Harris, pero en su desarrollo no se sostiene, y pudiendo ser un buen drama hasta con cierta línea de thriller sicológico, se desmorona hacia su parte final.

Le hago a usted, estimado lector, una pregunta: ¿Ha encontrado una vez en su vida, una sola vez, a dos personas casi idénticas que no tienen nada que ver una con la otra? Yo no, y además considero que es casi imposible.

En La mirada del amor, que podrá verse próximamente en México, el argumento, muy débil por cierto, está fundamentado en esa remota posibilidad, pero se ve favorecido con el trabajo de los actores, a los que se suma Robin Williams en un personaje muy distinto a lo que nos tiene acostumbrados a ver.

Segundo largometraje del director Arie Posin, la historia se inicia con Nikki, una mujer en sus 50 que no se ha recuperado de la muerte de su esposo al que adoraba, y con quien estuvo casada más de 30 años. En secuencias aisladas vamos conociendo la complicidad y el entendimiento amoroso que había entre ambos hasta la muerte accidental de él, Garrett, que está interpretado por Ed Harris.

Cinco años después esta mujer no ha podido rehacer su vida sentimental, a pesar de los avances de su vecino y amigo de la pareja durante años, encarnado por Robin Williams, y la distracción que le proporcionan las llamadas de su hija, en plena crisis de pareja.

La idea del “doble” se ha manejado muchas veces en el cine, de hecho estamos a la espera de la más reciente película de Denis Villeneuve El enemigo, que basado en una novela de José Saramago (El hombre duplicado), cuenta la historia de un individuo que descubre que existe un sujeto idéntico a él y se propone encontrarlo. El propio Hitchcock jugó de manera magistral con este concepto en Vértigo, cinta en la que James Stewart se obsesiona casi hasta la locura con una mujer exactamente igual (salvo ciertas diferencias en la caracterización) a otra de la que estuvo perdidamente enamorado, y además vio morir. La historia se resuelve con lógica y como solía hacerlo el “amo del suspenso”, juega con nosotros y sus personajes.

La primera media hora de La mirada del amor se presenta muy atractiva, con una Annette Bening instalada en una mujer fracturada, que ha tratado de superar el duelo, pero sigue extrañando a su esposo. Es una actriz muy cálida, con la que es fácil conectarse, tiene una sonrisa encantadora y un intenso brillo en los ojos.

Nikki visitaba museos y exposiciones con su marido, ya que compartían una gran afición por el arte. En años no había regresado a un lugar de esos, y cuando por fin se decide ocurre algo extraordinario: descubre un hombre idéntico a su esposo. De inmediato trata de entrar en contacto con él quien resulta llamarse Tom (obviamente es de nuevo Ed Harris) y es, además, pintor.

Empiezan a llevar una relación en la que ella siente que ha recuperado a su amado y puede ser feliz otra vez. La fantasía empieza a desbordarla iniciando un juego peligroso, pues él está muy enamorado, pero no sabe por qué ella lo abordó en un primer momento. Su posición es frágil e injusta.

Aquí hay un punto de quiebre en el relato que pudo aprovecharse mucho mejor. Convertir la película en un thriller sicológico, en el que la protagonista no supiera ya distinguir entre lo real y lo que imagina y quisiera que sucediera, hubiera sido mucho más audaz y atractivo, pero el director y coautor del guión Arie Posin, opta por la ambigüedad, en la que los personajes se van desdibujando poco a poco, llevándolos a un final muy poco creativo. Lástima por los excelentes actores con los que contó.

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